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Octava del Santo


El domingo pasado mencionamos la fiesta del Santo Patrono San Ignacio de Loyola y resulta que durante la semana también se fueron celebrando otros santos y famosos fundadores de comunidades religiosas, San Alfonso María de Ligorio, fundador de los Redentoristas, cuya labor es muy apreciada en la capital y en Las Tablas, y en estos días, celebramos a Santo Domingo de Guzmán, otro gran fundador y nada menos que de los Dominicos, la Orden de Predicadores que tanto servicio ha dado a la Iglesia Católica y a la historia del Episcopologio de Panamá.
Cuando hablo de Octava, me estoy moviendo en términos litúrgicos solamente aplicables a las fiestas grandes del Señor, hoy lo hago con ciertas licencias literarias. La fiesta de S. Ignacio ni la de ningún santo tiene octavas. Lo hago para seguir compartiendo ideas de la Compañía de Jesús en nuestros tiempos, ya que la fiesta de San Ignacio de Loyola, la celebramos en un nivel de intimidad que casi los interesados no nos dimos cuenta. Todo fue enmarcado en márgenes muy austeros.
Volviendo al tema de los laicos y la acción de los jesuitas en estos tiempos, voy a entresacar algunos párrafos de una intervención del actual Padre General en la celebración del centenario del Colegio de Chamartín, Madrid, España. "Esta es una reunión de familia, la familia de los compañeros de Jesús, pues todos los que aquí nos encontramos hemos sido invitados a participar de un mismo proyecto que no es propiedad de ninguna persona, ni siquiera de ninguna institución, sino del mismo Jesús enviado por el Padre para realizar el designio divino de reunir todas las cosas por la fuerza del Espíritu, en torno a su reino de justicia y bondad". "El peregrino Ignacio tuvo una vivencia muy fuerte de gratitud hacia todas aquellas buenas personas que al borde los muchos caminos de su vida, le dieron toda suerte de ayuda y apoyos".
"Sin vosotros, sin vuestra cooperación, nuestros apostolados no podrían ofrecer un servicio efectivo a la Iglesia, al Pueblo de Dios". "La Compañía reconoce como una gracia de nuestro tiempo y una esperanza para el futuro, el que los laicos tomen parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en este momento decisivo de la historia". "Pero quizás convenga disipar desde el principio una duda que se plantea desde la frontera del realismo y con una cierta sonrisa maliciosa cuando se habla de la Iglesia del siguiente milenio será la Iglesia del laicado". ¿Es esta una afirmación convencida y sincera?. ¿No será que la Iglesia y en su tanto la Compañía de Jesús, se van encontrando con menos recursos de personas y por eso se lanza resignada a buscar entre los laicos gentes que le ayuden a seguir llevando sus obras?. ¿No será un piadoso "hacer de la necesidad virtud"?.
"Siendo esto tal vez verdad, al menos para algunos no es menos verdad que la Iglesia lanzó su llamada a los laicos en la "Lumen gentium", en pleno Vaticano segundo, en 1965. Entonces la Iglesia y la Compañía no sufrían la escasez vocacional de nuestros días2. El impulso del movimiento laical en la Iglesia no brotó de la angustia cuantitativa de sus números decrecientes, sino de la alegría cualitativa y teológica de descubrir la hondura de la llamada a la santidad y a la misión que nace de la condición de bautizado.
"El Concilio Vaticano II, inspirado por la visión neotestamentaria del Pueblo de Dios, ha profundizado en la vocación y la misión de cuantos por la fe y el bautismo, participan de la vida y de la comunidad cristiana. Todos son responsables de la edificación de la Iglesia y del anuncio del Evangelio a todas las gentes. De ahí las palabras vigorosas con que el Santo Padre Juan Pablo II, invita a los laicos en su Exhortación "Los Cristianos Laicos" a responder generosamente a la llamada del Señor para trabajar con El en el amplio campo del mundo, donde se decide la suerte eterna de los hombres y mujeres, nuestros hermanos y hermanas.
"Sin duda el mismo Espíritu del Señor ha llevado a la Iglesia a descubrir en los signos de los tiempos, este papel esencial de los laicos en la comunidad cristiana. De hecho es evidente la creciente presencia y actuación de los laicos en todos los sectores de la vida eclesial. El empeño apostólico de la iglesia en este final del milenio recae, en gran parte, sobre personas laicas. Por eso una Iglesia que mire al futuro tendrá siempre ante los ojos y en su corazón la vocación y la misión del laico cristiano, tanto en el ámbito intraeclesial como en la transformación evangélica de la sociedad".
"Vosotros y nosotros debemos ayudarnos para construir una cultura alternativa a la predominante en nuestras sociedades occidentales, trabajar con ahínco por crear una cultura cuyo criterio fundamental en la toma de decisiones personales y públicas sea el bien común, la solidaridad con los más débiles y el respeto a la diversidad: una cultura que rompa la tendencia deshumanizadora de ese afán desmedido de ganancias y la sed de poder que esta contagiando a gran parte de nuestros contemporáneos y quizás también a nosotros mismos, convirtiendo nuestra sociedad en un ghetto cerrado, sobre sí mismo, competitivo e individualista...". Hasta aquí baste la famosa cita que incompleta nos da una remota idea de por dónde andamos y hacia dónde apuntamos.

101 años de Panamá América

 
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