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OEA despistada; Panamá, ídem


Este artículo también pudo llevar como título: "La Organización de los Estados Americanos, la OEA, sigue tan despistada como siempre".

Porque a ninguno de los países involucrados le convenía prolongar el conflicto político y diplomático provocado por la invasión del ejército colombiano del territorio ecuatoriano, los presidentes de Ecuador, Colombia y Venezuela no desaprovecharon la oportunidad que les ofreció la reciente Cumbre del Grupo de Río para, por lo menos, emparapetar la crisis, lo que, desde luego, no borra sus negativos efectos para la convivencia pacífica en la región ni resuelve nuestra particular situación.

A Colombia, para todos los efectos el país agresor, que conocía las consecuencias que acarrearía su acción, que bajo ningún punto de vista podía ser justificada con la peregrina tesis de "la legítima defensa", utilizada inicialmente por el gobierno de Uribe y sus representantes diplomáticos en el exterior, entre ellos su embajada en Panamá, la Cumbre de Río le cayó como maná del cielo. Y, consciente de que más importante era preservar el efecto interno del punto ganado con la muerte del segundo de las FARC, no dudó ni por un segundo, en pedir disculpas y estrecharse en un abrazo con Rafael Correa y Hugo Chávez.

Tanto a Ecuador como a Venezuela, aunque tuvieran fundadas razones para haber roto sus relaciones diplomáticas con Colombia, el primero como país agredido y, la segunda, para prevenir una incursión similar en su territorio, la salida que se gestó y materializó en República Dominicana, les evitó tener, especialmente en el caso de Venezuela, que justificar su presumible concesión de santuarios a las FARC. Pero, además, comprometieron a Uribe a abstenerse de repetir aventuras transfronterizas.

Luego de la reconciliación de Santo Domingo dos cosas han quedado patentes: la primera, es que la reunión de la OEA y su salomónica decisión de enviar una comisión para "investigar in situ" y rendir un informe a una reunión convocada para el próximo 17 de marzo, se ha quedado sin piso, por sustracción de materia; la segunda, es que nuestras autoridades parecen haberse olvidado, no solo de que somos, al igual que Ecuador y Venezuela, frontera de Colombia y, lo que es peor, que nuestros vecinos, frecuentemente y desde hace muchos años, violan nuestro territorio con incursiones de su ejército, de los paramilitares aliados de éste y de los miembros de las FARC.

¿Por qué Panamá no le exige al gobierno del señor Uribe que tome medidas efectivas, no retóricas, para evitar que el conflicto colombiano desborde los límites de su territorio? Nosotros no tenemos la capacidad militar ni los recursos, de los que sí dispone Colombia en abundancia, para defendernos de las incursiones transfronterizas y no debemos emprender una aventura militarista "para dizque salvaguardar nuestra integridad territorial". La coyuntura creada por la reciente confrontación entre unidades de la Policía Nacional y miembros de las FARC y por la incursión del ejército colombiano en Ecuador, han producido el escenario propicio para que Panamá consiga garantizar la seguridad de su frontera con Colombia, sin costo de vidas ni sacrificios económicos y, mucho menos, con escaladas militaristas de peligrosas consecuencias.

Antes de que nuestras autoridades sigan alardeando de su "vocación mediadora" en el conflicto entre Colombia, Ecuador y Venezuela, que en realidad no fue tal, es preferible que los esfuerzos de nuestra diplomacia se concentren en obtener, como lo hicieron Ecuador y Venezuela, seguridades de que el gobierno colombiano tomará medidas efectivas para evitar que nuestra zona fronteriza siga involucrada en el conflicto interno de Colombia.

101 años de Panamá América

 
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