¡Oh, Señor! (II)
Oh Señor ayúdame a sentir como el océano, que aunque en la superficie sus olas se mueven con agitación por las tempestades, en el interior y en su base permanece sereno sujetándose a su propio eje, en paz, seguro de sí mismo y dueño de su equilibrio. Eso sólo yo lo consigo si creo que la paz que supera todo lo imaginado me la das tú y que en los momentos de prueba, cuando llega la tribulación, sale a relucir con la fuerza del Espíritu la serenidad que ahuyenta toda desesperación.
Oh, Señor, ayúdame a danzar como el viento, que se mueve con libertad buscando nuevos horizontes sin atarse a lugares ni dueños y que se goza con vivir sin apegos en contacto con el cielo. Ayúdame Señor a darme como el sol que sale para buenos y malos, que alumbra todo lo que encuentra a su paso sin distinguir clases sociales, culturas o nacionalidades y que deja por donde va iluminado su camino y resplandeciente su sendero.
Oh Señor, ayúdame a jugar como el cachorro que se complace con lo que tiene y ve el lado bueno de las cosas, haciendo en la existencia un espacio para el humor y la fiesta. Que me haga entonces como un niño que confía en tu providencia y puede reír al ver tu corazón de Padre amoroso que se complace en mi vulnerabilidad.