¡Oh, Señor!(I)
Oh, Señor, ayúdame a encontrarte. Sé que eres el grande, el único, el infinitamente misericordioso, bueno, sabio, fuerte. No tiene medida tu amor y no tienes principio ni fin. Estás en todas partes y superas todo lo que existe, siendo la fuente de la vida y la que la sostiene.
Eres el Gran Misterio de Tres Personas y un solo Dios y todo lo quieres acoger y envolver en un abrazo eterno.
Para eso enviaste a tu Hijo que al encarnarse y hacerse hombre, con su pasión, muerte y resurrección empezó a recapitular, a reunir, a recoger el universo entero con el ser humano a la cabeza y reintegrarlo en el seno misericordioso de tu paternidad.
Es que el pecado nos había dividido y separado de ti, de los demás, de la naturaleza y de uno mismo. Todo había entrado en rebeldía.
El pecado había logrado la ruptura de la comunicación y de la comunión. El pecado nos había hecho creer que éramos islas sin más comunicación con los demás que la necesaria para sobrevivir. Pero ahora comprendemos lo que somos: tus hijos y miembros de la gran familia reunida en torno a Cristo y que como Cuerpo suyo vamos hacia el Reino construyendo un mundo de paz y armonía.
Ahora Dios mío quiero orar inspirado en tu naturaleza. ¡Oh Señor!, cuando contemplo la maravilla de tu creación te pido que sepa pensar como las montañas, que ven venir las borrascas y azotar los vientos, caer la nieve y salir el sol y permanecen serenas porque saben que están sostenidas en su base por sólidas piedras de miles de años y que vencerán cualquier situación.
Que yo sepa Señor que tú eres la roca eterna, fuerte sin limitación y que sostenido en ti podré resistir lo que venga y cómo venga, porque contigo todo es posible y no hay quien pueda.