default

Oigo la voz del silencio


El silencio es manejable; tiene poder; sólo hay que saber utilizarlo. A mí me inunda un silencio desesperante cuando observo ciertas actitudes. Quisiera gritar entonces, pero no puedo; el eco rebota y se queda en mí. Hoy quiero desahogarme, aunque sea por escrito, porque lo oigo fuertemente y deseo que otros también lo oigan.
Oigo la voz del silencio cuando veo a los niños del campo, caminando descalzos hacia sus maltrechas escuelas, cruzando puentes colgantes que ya están casi arrastrándose en la tierra.
Oigo la voz del silencio cuando hay niños que se levantan a las 5 AM para poder llegar a su colegio temprano y recibir sus clases sentados, no de pie.
Oigo la voz del silencio cuando los Legisladores del circuito 8-8 no cumplen lo que prometieron. Un parquecito en la Ave. 22D Norte, Villa de las Fuentes No. 1, con su acera de unos 35 metros. Ese lote pertenece a la Junta Comunal. La hierba ha crecido unos siete pies y por ahí se han metido los ladrones en dos ocasiones, saltando como liebre de patio en patio. Así perdí un televisor, que estuvo en mi terraza por varios años.
Oigo la voz del silencio cuando observo a los desempleados encadenarse. La oigo también cuando en siete meses el Municipio de Panamá no ha limpiado la ciudad.
Oigo la voz del silencio cuando veo develar placas con el nombre de la Doña y su barbudo Ministro de Obras Públicas, en producciones del gobierno anterior. Ej. la carretera que une a Chiriquí con Bocas del Toro. Esta administración apenas ejecutó unos cuántos kilómetros que terminaban el proyecto.
Oigo la voz del silencio cuando veo a ancianos y madres con niños formando fila a las 4 AM para poder, con suerte, obtener una cita en la CSS.
Oigo la voz del silencio cuando en Bocas del Toro, con las primeras lluvias, se siente el revolotear de los cayucos y canaletes, porque el muro de retención ya no es ni lo primero ni lo segundo. El actual gobierno fue, prometió arreglarlo, y ahí quedo todo. No han regresado. (P/A 4.16.00).
Oigo la voz del silencio cuando no se siente acción en la apertura total de Colón Puerto Libre. También la oigo cuando se discriminan a los negros y a los indígenas; cuando en las solicitudes de trabajo se solicita un retrato del aspirante. Aquí no se considera lo que la persona es, sino lo que aparenta.
Oigo la voz del silencio; oigo la voz de la brisa del mar cuando voy a Colón y noto que aquellas casas de las avenidas Herrera y Amador Guerrero, aquellas por donde yo transitaba en mi juventud ya no son casas, sino escombros. Si yo soy de la Tercera Edad, ellas ya son de la octava edad.
Oigo la voz del silencio cuando al Dr. Italo Antinori lo tratan de esquizofrénico, cuando se solicita junta de abogados y doctores para determinar su condición anímica, porque está luchando por los más pobres, por los que necesitan un trabajo. Son gritos de desesperanza que el Dr. Antinori escucha como lo hago yo, con la diferencia que él puede mover la marioneta y yo, aunque quisiera, NO PUEDO! ¡Qué acústica tan terriblemente mala, Dios de todos!.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América