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Omar y Martín Torrijos


En el calor de la campaña política, que se inició prematuramente, a pesar de que varios de los protagonistas no lo buscaron, se ha querido vincular a Martín Torrijos al legado de su padre Omar. Sus amigos y co-partidarios lo han hecho, con la clara intención de beneficiarlo, destacando los aspectos positivos de la vida pública de Omar Torrijos. Sus adversarios, por su parte, le endilgan lo malo que él hizo. Ninguno, pienso, tiene la razón. Las virtudes y pecados de los padres son patrimonio exclusivo de ellos. Los hijos pueden venerar su memoria, pero bajo ninguna circunstancia pretender ser los beneficiados de sus pasadas acciones. Tampoco tienen por qué sentirse responsables de sus errores. Cada cual es dueño de sus propios actos.
En el caso particular de Martín, él era muy niño cuando su padre, el entonces Coronel Torrijos, junto con el Coronel Martínez, dieron el golpe de Estado en 1968. Aunque lo hubieran querido su padre y el propio Martín, su cortísima edad le impidió estar a su lado en esos momentos y mucho menos compartir con él sus responsabilidades. No tuvo, en consecuencia, ninguna inherencia en lo bueno o lo malo que Omar Torrijos hiciera en esos años. Ahora, si Martín equivocadamente se quiere cubrir con el manto de los éxitos logrados por su padre, va a tener que cargar entonces con el lastre de sus errores. Es mejor que apele a sus propios méritos y no le dé la oportunidad a que adversarios de Omar Torrijos Herrera, muy justificadamente, lo ataquen en período electoral, que es el menos indicado para analizar la obra de su padre.
A Omar Torrijos lo conocí cuando ambos éramos muy jóvenes. El era un teniente de la Guardia Nacional y yo trabajaba como jefe de Relaciones Públicas en el entonces Instituto de Fomento Económico. El visitaba con frecuencia a uno de sus hermanos que compartía una oficina conmigo. Luego, en el curso de nuestras vidas, mantuvimos una cordial relación personal, aunque a cierta distancia. El seguía escalando posiciones en el Instituto Armado, y yo me agitaba en la empresa privada dedicándome por entero a la Cervecería Nacional, donde llegué en 1970 a ocupar la Gerencia General. A Omar Torrijos lo veía ocasionalmente en las casas de mi hermano Gabriel Lewis en Panamá y en Contadora. Ellos mantuvieron una larga y estrecha relación -Gabriel fue uno de sus principales colaboradores en sus luchas por las reivindicaciones nacionales. El esfuerzo conjunto de ellos culminó exitosamente con la firma del Tratado Torrijos-Carter.
Pocas semanas antes de su muerte tuve oportunidad de hablar largamente a solas con él y noté que había evolucionado mucho. Me dijo y lo recuerdo perfectamente: "Hay que procurarle trabajo a tanto desempleado existente. A un panameño con hambre y el estómago vacío, no se le puede hablar de nacionalismo y mucho menos de democracia".
No me cabe la menor duda que se proponía devolverle al país las libertades públicas que le había conculcado en 1968. Me habló mucho de las próximas elecciones que serían libres y pensaba que su partido podía ganarlas si se hacían realidad varios macros proyectos que acariciaba con genuino entusiasmo. No le noté en esa conversación, que se caracterizó por su franqueza, aspiración personal alguna de permanecer en el poder, más bien me dio la impresión de que buscaba retirarse de la vida pública. Había logrado lo que para él era su obra cumbre, la firma del Tratado con Estados Unidos que lleva su nombre.
Recuerdo que años después, en 1990, dije en relación con la gestión de Omar Torrijos que "hasta ahora sólo se han escrito apologías exageradas y críticas muy duras sobre él y su obra. Con el correr de los tiempos se tendrá que analizar con la imparcialidad que hoy día la pasión lo impide, el legado que Omar Torrijos le dejó a Panamá". Todavía, pienso, que no ha llegado ese momento. Aún las pasiones políticas siguen en el 2003 muy encendidas.
Omar Torrijos está muerto. No puede, por lo tanto, defenderse; pero allí quedan sus obras para que sus seguidores las destaquen, como también están presentes sus desaciertos en la memoria de quienes fueron afectados por él. Omar Torrijos estuvo al frente de los destinos del país en un momento crucial de su historia. Esta generación no puede tapar la verdad, sus virtudes, ni agigantar sus pecados.
Los elogios desmedidos de hoy, al igual que las críticas injustas, sólo servirán de material de referencia para quienes mañana les toque la tarea de exponer con total objetividad la vida y obra de Torrijos.
A Martín Torrijos Espino lo pueden combatir sus adversarios -y debe estar preparado para ello- por lo que fue, lo que es hoy día y lo que se propone hacer...y nada más.
El pasado de su padre no le pertenece; es el activo y el pasivo de su vida lo que los historiadores, con absoluta objetividad, tendrán que evaluar en su momento para darnos una biografía del verdadero Omar Torrijos Herrera y su efecto en el presente y futuro del país.

101 años de Panamá América

 
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