OMC y la "ley del embudo"
La ley de mayor vigencia en el seno de la Organización Mundial de Comercio (OMC) es la del embudo, "lo ancho para mí, lo angosto para ti". Cuando Estados Unidos negocia sus tratados de libre comercio, procura siempre lograr la entrada de sus productos agrícolas en el mercado de su contraparte. Simultáneamente, se asegura de erigir una barrera sanitaria de obstáculos para bloquear la entrada a su mercado de los productos de su contraparte.
En la reciente conferencia de la OMC, celebrada en Hong Kong, el mundo desarrollado, dividido en dos bloques, la Unión Europea y Estados Unidos (EU), defendió a capa y espada sus subsidios agrícolas, que impiden que los productos agropecuarios de los países menos desarrollados entren a sus mercados, al tiempo que venden los propios a precios por debajo del costo.
Los subsidios suman $16 mil millones en el caso de Europa y $21 mil millones, en el caso de EU. Ambos bloques, distanciados en algunos rubros comerciales, hicieron causa común para defender sus subsidios. Panamá junto con Brasil y otros, plantearon infructuosamente su eliminación.
De los dos bloques que defienden los subsidios, se destaca la postura de Francia, por lo firme y categórica. Con el mayor desparpajo ha dicho que no cederá a la exigencia de eliminar subsidio alguno a sus agricultores, no importa cómo se vote.
¿Injusto? Posiblemente sí; pero más que eso es realista. La visión de EU y Europa, frente a su producción agrícola, es la de considerarla como un sector social estratégico, a preservar a toda costa. Es, al mismo tiempo, instrumento de dominación y cuestión de seguridad alimenticia. Y si no, pregúntenselo a Cuba, luchando por comprar los alimentos, con el poco efectivo que tiene. Los desarrollados cuentan con costosa tecnología que les permite producir más, con semillas, animales y genes patentados, resistentes a las enfermedades y con características preferidas entre los consumidores. Y no están dispuestos a sacrificar ese sector por nada, para no depender de nadie. Una forma de aliviar el enorme costo de sostener esa producción de punta y su tecnología es subsidiar y exportar a precio inferior. Y quienes sufren el golpe son nuestros países que no pueden ni tienen subsidios similares para sus productos.
¿Qué nos toca hacer? No seguirles el juego, ni renunciar a nuestra relativa seguridad alimentaria.
En la reciente conferencia de la OMC, celebrada en Hong Kong, el mundo desarrollado, dividido en dos bloques, la Unión Europea y Estados Unidos (EU), defendió a capa y espada sus subsidios agrícolas, que impiden que los productos agropecuarios de los países menos desarrollados entren a sus mercados, al tiempo que venden los propios a precios por debajo del costo.
Los subsidios suman $16 mil millones en el caso de Europa y $21 mil millones, en el caso de EU. Ambos bloques, distanciados en algunos rubros comerciales, hicieron causa común para defender sus subsidios. Panamá junto con Brasil y otros, plantearon infructuosamente su eliminación.
De los dos bloques que defienden los subsidios, se destaca la postura de Francia, por lo firme y categórica. Con el mayor desparpajo ha dicho que no cederá a la exigencia de eliminar subsidio alguno a sus agricultores, no importa cómo se vote.
¿Injusto? Posiblemente sí; pero más que eso es realista. La visión de EU y Europa, frente a su producción agrícola, es la de considerarla como un sector social estratégico, a preservar a toda costa. Es, al mismo tiempo, instrumento de dominación y cuestión de seguridad alimenticia. Y si no, pregúntenselo a Cuba, luchando por comprar los alimentos, con el poco efectivo que tiene. Los desarrollados cuentan con costosa tecnología que les permite producir más, con semillas, animales y genes patentados, resistentes a las enfermedades y con características preferidas entre los consumidores. Y no están dispuestos a sacrificar ese sector por nada, para no depender de nadie. Una forma de aliviar el enorme costo de sostener esa producción de punta y su tecnología es subsidiar y exportar a precio inferior. Y quienes sufren el golpe son nuestros países que no pueden ni tienen subsidios similares para sus productos.
¿Qué nos toca hacer? No seguirles el juego, ni renunciar a nuestra relativa seguridad alimentaria.