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Opinión pública dividida en torno a Bush


La inconsistencia e incoherencia de la política hacia Irak ha comenzado a erosionar seriamente las pretensiones del gobierno del presidente George W. Bush de unificar la opinión pública del país.
Cada día, las noticias y las columnas de opinión destacan las contradicciones y la falta de veracidad que opacan la imagen de franqueza y nitidez con el que el equipo de Bush trató de impresionar al público.
En los programas de radio, las encuestas telefónicas de punta a punta del país que antes cosechaban más de un 75 por ciento de opiniones favorables al mandatario estadounidense, ahora apenas registran un 47 a su favor. Pero lo más notable es el cambio de tono de algunos de los periódicos más serios del país.
Paul Krugman, un destacado economista que escribe una columna sobre política internacional para el New York Times, es uno de los primeros en reconocer este abrupto cambio que refleja la desilusión no sólo sobre el curso de la guerra de Irak, sino una generalizada reacción negativa al tema y tono de los magros mensajes presidenciales,
"Pensamos que el país está más dividido que nunca, pero los medios en su afán de no querer aparecer demasiado críticos al gobierno están descuidando su obligación de dar expresión a esta realidad", observa Bill Kovach, uno de los directores del Pew.
Asimismo, Stanley Hoffman, el prestigioso especialista europeo de la Universidad de Harvard, se expresó "muy asombrado" ante "el nivel de incompetencia y confusión" que ha demostrado el gobierno de Bush. En un programa televisado, el historiador condenó la "suave e incompleta" cobertura de la prensa estadounidense en política exterior y del "mal manejo" que ha tenido con el gobierno de Bush.
Hoffman encuentra que desde el comienzo de su gobierno, la política exterior de Bush se caracteriza por el impulso de omnipotencia y de querer cambiar el mundo, haciendo caso omiso a la realidad. "Esto es una noción casi infantil", medita el historiador.
En las palabras del senador demócrata John Kerry, "esperaban encontrarse con lo mejor cuando debieron haberse preparado para lo peor".
La poco convincente defensa que la Casa Blanca ha montado en el caso de Irak de ninguna manera ha logrado detener la caída que Bush sufrió en las encuestas de opinión pública. Tampoco la explicación de que "un par de soldados" fue responsable de los excesos perpetrados contra los prisioneros iraquíes, logró convencer a muchos.
Esa erosión en el sentimiento público tuvo como efecto en que varios congresistas claves que apoyaban a la política de Bush cambiaran su orientación y votaron para formar una comisión independiente para investigar a fondo los cargos de que desde el comienzo de la guerra de Irak la tortura se constituyó en un instrumento cotidiano.
Lo que estos días quedó claro es que las órdenes dictadas por el Pentágono sobre el trato de prisioneros fue "obtener las informaciones de los terroristas lo más rápido posible" para evitar "futuros atentados terroristas contra civiles estadounidenses".
En este sentido, las autoridades del Pentágono y de la Casa Blanca llevaron a tal grado su pragmatismo que, desecharon como "pasadas de modas" las reglas que la Convención de Ginebra impone a los países sobre el tratamiento de prisioneros.
Los altos comandos recomendaron en este sentido que tanto en Irak como en Afganistán, Bush debería hacer caso omiso de la Convención "para mantener su flexibilidad". De otra manera, los soldados estadounidenses podrían ser juzgados por violación de derechos humanos.
Este, precisamente, es el trasfondo que llevó a Washington a insistir ante Panamá y los países de Centroamérica que firmen convenios en los que se comprometen a no enjuiciar a soldados de Estados Unidos que estén en servicio activo en sus naciones.

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