¿Oportunidad o reparto de riqueza?
En varias ocasiones hemos criticado la expresión "distribución de la riqueza", que sugiere repartirse lo ajeno, arrebatar a otro su supuesto exceso para darlo a los demás. Ni siquiera es distribuir lo que es común o la res derelicta romana, abandonada o que no es de nadie. No es el principio de la propina común de los restaurantes y hoteles, donde los dependientes hacen una "vaca" o caja común para repartirla entre todos al final del día. Es quitar al que más tiene para darlo al que menos. Pues no estamos de acuerdo.
La máxima social de "a cada quien según sus necesidades", que pretende ser justa y equitativa, es en el fondo un atraco, una suprema bellaquería cuando lo que se persigue es quitar lo bien ganado, trabajado y ahorrado por otro para repartirlo, no a los pobres y abandonados de la fortuna, sino a los haraganes e irresponsables, que se cruzan de brazos, que prefieren el "jugar vivo" al sacrificio y trabajo duro, y que gustan de vivir y pelechar del sudor ajeno.
Pues no, la fórmula justa es "a cada quien según su trabajo, esfuerzo e iniciativa". Cierto, hay perdedores del sistema. Aquellos que de buena fe se esfuerzan sin hallar justa retribución. Hacia ellos ha de dirigirse la iniciativa del Estado para suplir sus deficiencias, procurando lo necesario para que lo hagan y les resulte mejor, pero no para mantenerlos sin que nada o poco aporten. Para eso son los impuestos, no para robárselos, ni malgastarlos.
Así las cosas, hablar de distribución de la riqueza es sugerir un abuso que paraliza el crecimiento, desalienta el progreso y la iniciativa de quienes más trabajan y arriesgan. El antiguo mundo soviético recibió muy dura y tarde la lección, contrario a la China de hoy. Cada quien debe recibir según su esfuerzo y éxito. Basta de sandeces tales como "distribuir la riqueza" cual si fuera pastel común que nadie forjó con su sudor. Hablemos, más bien, de "oportunidad de riqueza", de dar a cada ciudadano accesibilidad cierta, fácil y viable de educarse y ganar el sustento honradamente, de proveer a sus necesidades y a su realización.
La máxima social de "a cada quien según sus necesidades", que pretende ser justa y equitativa, es en el fondo un atraco, una suprema bellaquería cuando lo que se persigue es quitar lo bien ganado, trabajado y ahorrado por otro para repartirlo, no a los pobres y abandonados de la fortuna, sino a los haraganes e irresponsables, que se cruzan de brazos, que prefieren el "jugar vivo" al sacrificio y trabajo duro, y que gustan de vivir y pelechar del sudor ajeno.
Pues no, la fórmula justa es "a cada quien según su trabajo, esfuerzo e iniciativa". Cierto, hay perdedores del sistema. Aquellos que de buena fe se esfuerzan sin hallar justa retribución. Hacia ellos ha de dirigirse la iniciativa del Estado para suplir sus deficiencias, procurando lo necesario para que lo hagan y les resulte mejor, pero no para mantenerlos sin que nada o poco aporten. Para eso son los impuestos, no para robárselos, ni malgastarlos.
Así las cosas, hablar de distribución de la riqueza es sugerir un abuso que paraliza el crecimiento, desalienta el progreso y la iniciativa de quienes más trabajan y arriesgan. El antiguo mundo soviético recibió muy dura y tarde la lección, contrario a la China de hoy. Cada quien debe recibir según su esfuerzo y éxito. Basta de sandeces tales como "distribuir la riqueza" cual si fuera pastel común que nadie forjó con su sudor. Hablemos, más bien, de "oportunidad de riqueza", de dar a cada ciudadano accesibilidad cierta, fácil y viable de educarse y ganar el sustento honradamente, de proveer a sus necesidades y a su realización.