Ortega, Nicaragua y la democracia
Desde julio de 1979, Nicaragua vive un largo y penoso camino que ha tenido a una facción del sandinismo como protagonista clave. Es una de las naciones más pobres de Centroamérica, y tal vez porque las formas de lucha y de protesta de sectores de su sociedad parecen señalar a las armas como único camino, y a algunos de sus gobernantes como portadores de la más letal cultura antidemocrática. A nombre de una revolución que 31 años después sigue dejando dudas, el gobierno de Daniel Ortega parece interesado en repetir en Managua, al ya longevo régimen de Cuba o al del megalómano de Venezuela. Y como cualquier excusa es buena, porque “el fin justifica los medios”, mediante el llamado “decretazo” Ortega trata de anular toda posibilidad opositora, incluyendo la que le hacen en el parlamento. Lo peligroso es que sus seguidores han tenido la indecencia de reemplazar la discusión política por la agresión paramilitar, con el claro propósito de amedrentar a sus críticos, y en última instancia de anular cualquier acción de poder que no sea coherente con su presidencia. Es ese tipo de conducta la que pone en duda las supuestas intenciones democráticas de la izquierda en América Latina. No sólo son incapaces de resolver los problemas de sus sociedades sino que impiden que otros lo hagan, y si, por alguna razón, los electores amenazan con retirarles el apoyo, entonces recurren a la fuerza, a la agresión y a la intimidación. Ortega no es ningún demócrata sino un simple oportunista.