Otra vez las zonificaciones
Aunque una nueva regulación impulsada por el Ministerio de Vivienda, perseguía llevar algo de orden a la industria de la construcción, en la que siempre ha imperado la anarquía; el esfuerzo ha sido en vano. Ahora, en pleno auge, como nunca antes, cual inmensa aplanadora, la actividad florece por doquier, pasando por encima de las más elementales normas de urbanismo, disciplina que procura poner la construcción al servicio del ser humano y no a la inversa, proveyéndole de un entorno de armonía con los demás y con el medioambiente, dentro de un marco de belleza funcional.
Pero nada. Un anuncio, como muchos otros, promueve en estos momentos la venta de dos rascacielos en San Francisco y Coco del Mar, poniendo irónicamente, como principal atractivo, el estar situado en un "tranquilo barrio residencial". Aquello es atroz a más de disparatado. Es una descarada confesión de cómo se destruye un vecindario de casas unifamiliares y se le incrusta de pronto uno de esos monstruos de acero, concreto y cristal, que dispara por los cielos la densidad, no solo de personas respecto al área disponible, sino de vehículos, a más de la sobrecarga sobre la pobre y añeja infraestructura de servicios públicos (agua, alcantarillado, calles, aceras y áreas de jardín).
En otro caso, unos vecinos de Playa Coronado, publican recientemente un comunicado, quejándose de la construcción de otro complejo de rascacielos. Alegan los mismos reparos, y añaden otro de contundencia, la sobrecarga de aguas negras provenientes de aquellas moles, vertiendo todo aquella miasma hacia la playa, sin contar con adecuados sistemas de percolación y tratamiento. ¿Quién habló de turismo?
Con semejante desorden, vamos a matar la gallina de los huevos de oro, al destruir el entorno natural y demográfico, que constituye el principal atractivo del auge de la industria, al degradarlo y convertirlo en un infierno del que, al final, todos querremos escapar, incluyendo los extranjeros que ahora se vuelven locos con lo que nuestro país les ofrece.
Pero nada. Un anuncio, como muchos otros, promueve en estos momentos la venta de dos rascacielos en San Francisco y Coco del Mar, poniendo irónicamente, como principal atractivo, el estar situado en un "tranquilo barrio residencial". Aquello es atroz a más de disparatado. Es una descarada confesión de cómo se destruye un vecindario de casas unifamiliares y se le incrusta de pronto uno de esos monstruos de acero, concreto y cristal, que dispara por los cielos la densidad, no solo de personas respecto al área disponible, sino de vehículos, a más de la sobrecarga sobre la pobre y añeja infraestructura de servicios públicos (agua, alcantarillado, calles, aceras y áreas de jardín).
En otro caso, unos vecinos de Playa Coronado, publican recientemente un comunicado, quejándose de la construcción de otro complejo de rascacielos. Alegan los mismos reparos, y añaden otro de contundencia, la sobrecarga de aguas negras provenientes de aquellas moles, vertiendo todo aquella miasma hacia la playa, sin contar con adecuados sistemas de percolación y tratamiento. ¿Quién habló de turismo?
Con semejante desorden, vamos a matar la gallina de los huevos de oro, al destruir el entorno natural y demográfico, que constituye el principal atractivo del auge de la industria, al degradarlo y convertirlo en un infierno del que, al final, todos querremos escapar, incluyendo los extranjeros que ahora se vuelven locos con lo que nuestro país les ofrece.