¡Otra vez los escuadrones de la muerte!
DEL PRESIDENTE Bush, puedo creer de todo, inclusive que llegó a la Casa Blanca otra vez por fraude. Igual ocurre con su ministro de Defensa, Donald Rumsfeld, bajo cuya tutela se estableció una fábrica de mentiras para convencer al pueblo de Estados Unidos que Sadam Hussein estuvo detrás del ataque del 11 de septiembre del 2001.
Pero el reportaje que trajo la revista Newsweek el 9 de enero del año en curso me hizo pensar que estaba desvariando. Según la noticia, Rumsfeld está tan preocupado por la situación en Irak que está contemplando instalar, bajo la tutela de las Fuerzas Especiales, escuadrones de la muerte semejantes a los que el gobierno de Reagan apoyó secretamente en El Salvador en la década del 80.
Si al leer lo anterior Ud. pensó inmediatamente en el asesinato de Monseñor Oscar Romero y las monjitas Maryknoll, confieso que me pasó igual.
Dicen los reporteros Michael Hirsh and John Barry, que, al confrontar una guerra de guerrillas contra los rebeldes salvadoreños, el gobierno de Estados Unidos dio dinero o apoyó en otras formas a fuerzas supuestamente nacionalistas para que asesinaran a los rebeldes y sus simpatizantes, o sea los escuadrones de la muerte. Acota la revista que los conservadores en Washington consideraron que aquella política fue un gran éxito a pesar que dio lugar al escándalo Irán-Contra, el cual involucraba un canje de rehenes por armas y drogas, siendo dirigido desde la Casa Blanca. A esto añadimos que igualmente participó el narcodictador panameño Manuel A. Noriega.
Sirve para corroborar el avance noticioso sobre la instauración en Irak de los escuadrones de la muerte, el hecho de que cuando dichos escuadrones azotaban a El Salvador así como a Honduras, John Negroponte, el actual embajador de Estados Unidos en Irak, era el embajador de dicho país en Honduras.
De acuerdo con los informes, en el Pentágono se debate sobre si seguir el modelo salvadoreño, enviando a equipos de las Fuerzas Especiales a asesorar, apoyar posiblemente entrenar escuadras de iraquíes, probablemente luchadores del Peshmerga de los kurdos y miembros de la milicia chiita, para atacar a los insurgentes sunitas y a sus simpatizantes. No se sabe todavía si llevarían a cabo tanto asesinatos como operaciones de rapto en las cuales las víctimas serían llevadas a centros secretos para interrogarlos. No obstante, la idea es que las Fuerzas Especiales de Estados Unidos dirigirían las operaciones, por ejemplo en Siria, dejando a iraquíes paramilitares la misión de acosar a los sunitas.
En 1980, Monseñor Romero escribió al presidente Jimmy Carter implorándole que cesara la ayuda de Estados Unidos a los perseguidores del pueblo salvadoreño, ayuda que había consistido en más de mil millones de dólares diariamente a través de doce años. Más que inútil fue la gestión del prelado salvadoreño. Dos meses después de haber escrito la carta, fue asesinado.
Hoy, queda claro que, a pesar de su devoción fundamentalista y sus prolijas referencias a la Biblia, los dirigentes del gobierno de Bush son capaces de incurrir en la maldad más vil. Anteriormente fue la tortura en las cárceles de Abu Graib; próximamente los escuadrones de la muerte de Rumsfeld desenlazarían in Irak un genocidio.
Pero el reportaje que trajo la revista Newsweek el 9 de enero del año en curso me hizo pensar que estaba desvariando. Según la noticia, Rumsfeld está tan preocupado por la situación en Irak que está contemplando instalar, bajo la tutela de las Fuerzas Especiales, escuadrones de la muerte semejantes a los que el gobierno de Reagan apoyó secretamente en El Salvador en la década del 80.
Si al leer lo anterior Ud. pensó inmediatamente en el asesinato de Monseñor Oscar Romero y las monjitas Maryknoll, confieso que me pasó igual.
Dicen los reporteros Michael Hirsh and John Barry, que, al confrontar una guerra de guerrillas contra los rebeldes salvadoreños, el gobierno de Estados Unidos dio dinero o apoyó en otras formas a fuerzas supuestamente nacionalistas para que asesinaran a los rebeldes y sus simpatizantes, o sea los escuadrones de la muerte. Acota la revista que los conservadores en Washington consideraron que aquella política fue un gran éxito a pesar que dio lugar al escándalo Irán-Contra, el cual involucraba un canje de rehenes por armas y drogas, siendo dirigido desde la Casa Blanca. A esto añadimos que igualmente participó el narcodictador panameño Manuel A. Noriega.
Sirve para corroborar el avance noticioso sobre la instauración en Irak de los escuadrones de la muerte, el hecho de que cuando dichos escuadrones azotaban a El Salvador así como a Honduras, John Negroponte, el actual embajador de Estados Unidos en Irak, era el embajador de dicho país en Honduras.
De acuerdo con los informes, en el Pentágono se debate sobre si seguir el modelo salvadoreño, enviando a equipos de las Fuerzas Especiales a asesorar, apoyar posiblemente entrenar escuadras de iraquíes, probablemente luchadores del Peshmerga de los kurdos y miembros de la milicia chiita, para atacar a los insurgentes sunitas y a sus simpatizantes. No se sabe todavía si llevarían a cabo tanto asesinatos como operaciones de rapto en las cuales las víctimas serían llevadas a centros secretos para interrogarlos. No obstante, la idea es que las Fuerzas Especiales de Estados Unidos dirigirían las operaciones, por ejemplo en Siria, dejando a iraquíes paramilitares la misión de acosar a los sunitas.
En 1980, Monseñor Romero escribió al presidente Jimmy Carter implorándole que cesara la ayuda de Estados Unidos a los perseguidores del pueblo salvadoreño, ayuda que había consistido en más de mil millones de dólares diariamente a través de doce años. Más que inútil fue la gestión del prelado salvadoreño. Dos meses después de haber escrito la carta, fue asesinado.
Hoy, queda claro que, a pesar de su devoción fundamentalista y sus prolijas referencias a la Biblia, los dirigentes del gobierno de Bush son capaces de incurrir en la maldad más vil. Anteriormente fue la tortura en las cárceles de Abu Graib; próximamente los escuadrones de la muerte de Rumsfeld desenlazarían in Irak un genocidio.