Otro Adviento: "Ven, Señor Jesús"
Transcurridas las fiestas del Centenario, que ya quedan para la historia, luego de devolver la documentación existente sobre nuestros orígenes y de afirmar y negar esto y aquello, volviendo de nuevo a los debates diarios sobre legitimidad de ciertas decisiones y de oír nuevas propuestas y de recolectar firmas para una quinta papeleta, o para convocar una nueva constituyente o para iniciar algunos cambios sustanciales en la Carga Magna que se hacen necesarios, una cosa queda clara y es que nos estamos inundando con tanto aguacero y derrumbes, como signos de los tiempos.
Dejadas atrás estas consideraciones y volviéndonos a los predios litúrgicos, nos encontramos en el último mes del año 2003, en el nuevo año litúrgico 2004, que se inaugura con el Adviento, tiempo que precede a la celebración de la Navidad. De entrada, hay que salir al paso de un malentendido frecuente: no llega el Adviento "porque toca", sino porque Dios es como es y porque nosotros estamos como estamos. Es decir, porque Dios desde siempre se ha acreditado como alguien que busca al hombre y viene a su encuentro, y porque nosotros una y otra vez erramos el camino, nos desorientamos en nuestros pasos y estamos necesitando de un Salvador.
Uno de los rasgos del hombre moderno es su instalación en el presente: cada día nos interesa menos el pasado y nos da más respeto enfrentarnos al futuro. Nos hemos acostumbrado a vivir al día. El viejo aforismo de "carpe diem" ha hecho fortuna entre nosotros y hoy es norma y criterio de la mayoría de la gente.
Tratamos de justificarnos diciendo que el pasado no interesa demasiado porque poco o nada se puede esperar de él ante las nuevas situaciones que hoy vivimos. Y las promesas que nos hablan del futuro sólo suscitan en nosotros recelo o evocan voces electoralistas. Por eso la verdad que hoy prevalece es aquella de "más vale pájaro en mano". Y así, para una inmensa mayoría no hay más que lo que cada día traemos entre manos. Se podría decir, usando la imagen y las palabras de Jesús en el evangelio, que el presente ha caído sobre nosotros como un lazo que tiene atrapados a todos los habitantes de la tierra.
Ante esta situación, hoy nos llega una palabra que puede liberarnos: "Mirad que llegan días..." Al hacer este anuncio Jeremías era consciente de la situación de sus oyentes, por cierto no muy distinta de la nuestra: sabía que estaban desencantados, que el exilio les había obligado a abandonar los sueños y centrarse en la lucha por la supervivencia diaria, que estaban de vuelta en casi todo...No importa, a pesar de todo, él se hace vocero de este anuncio esperanzador: viene el Señor y de su mano llegarán días luminosos y pacíficos. En la vieja viña de Israel: "brotará un vástago... cuyo nombre es Señor, nuestra justicia".
En el mismo mensaje que nos trae a nosotros el Adviento: hoy también viene el Señor. Y es la carga de futuro que hay tras este anuncio que para el que lo crea y lo tome en serio, el presente se vuelve irrelevante ante la grandeza de lo que está por venir.
Jesús en el evangelio no pretende describir cómo será el final. En el lenguaje propio de una cultura muy distinta, la nuestra llama la atención sobre una serie de signos que alerta sobre la necesidad y la inminencia de la "venida del Señor". Estos signos son, para los que saben "levantar la cabeza", como la aurora de la esperada liberación que hará efectiva la llegada del Hijo del Hombre.
Existe un cuadro real de nuestra gente hoy día, de gente angustiada, porque para ellos la vida no es disfrute, sino carga pesada, están también los enloquecidos, los enajenados por el ritmo frenético y deshumanizador que a veces toma la vida, y no faltan los que están sin aliento, los desalentados y amedrentados ante lo que se les viene encima. Desde esta realidad y ante las promesas del Señor coge fuerza y contenido un grito. "Ven, ven, Señor a salvarnos".
Y a este grito responde la Palabra afirmando que el Señor viene y con El llegarán "el derecho y la justicia" y los hombres vivirán tranquilos. Por eso el evangelio dice: "alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación". Por cierto, no se trata de un anuncio vago, genérico, inconcreto, como cuando decimos "ya vendrán tiempos mejores". La Palabra hace un anuncio preciso: la liberación llegará de la mano de Jesucristo, que viene a nuestro encuentro como enviado de Dios.
Pero se nos advierte que hay que preparar el camino al Señor, por eso el Bautista con cinco verbos nos presenta el programa: Allanar los senderos, es decir recuperar una fidelidad sin baches ni agujeros. Elevar los valles, salir de las simas de los vacíos y sin sentido, dejar los barrancos del desaliento y desconfianza, a bajar montes y colinas, rebajar ambiciones, apearse de autosuficiencias y arrogancias.
Enderezar lo torcido, salir de una vez de las antigüedades en las que nos movemos cada día. Igualar lo escabroso, nivelar con justicia las escandalosas desigualdades de nuestro mundo. Este programa tan concreto se cierra con una afirmación contundente: "Y todos verán la salvación de Dios".
De los dos hermanos Arias Madrid, que ocuparon la presidencia durante este período e impactaron al país fuertemente, Arnulfo Arias llegó a ser mucho más que su hermano un líder popular carismático de una gran efectividad como candidato de oposición. Pero Harmodio Arias demostró mayores dotes de estadista en el ejercicio del poder público. Aunque sólo fue electo presidente una sola vez gobernó más tiempo que su hermano menor, electo presidente tres veces y tres veces derrocado.
De haber terminado su carrera política el 11 de octubre de 1968 el juicio histórico sobre la misma debería ser probablemente deficitario, a pesar de sus contribuciones sociales en su primera presidencia, en particular la creación de la Caja de Seguro Social.
Harmodio encaminó la República hacia el proyecto de desarrollar el estado nacional. Arnulfo le infundió al país en esa etapa un nacionalismo popular que era indispensable, pero al mismo tiempo contribuyó a hacer imposible la conjunción de los dos componentes básicos del estado nacional, el social y el estatal, manteniendo desde su liderazgo político social un conflicto permanente con la Guardia que exacerbaba la propensión militarista de ésta en vez de lograr integrarla dentro de un desarrollo institucional civilista.
Como paradoja, fueron sus adversarios, los militares, los que le dieron la oportunidad de trascender sus propias limitaciones históricas, con un nuevo papel, el de caudillo mártir. Bajo la dictadura la figura del Dr. Arnulfo Arias se convirtió en el símbolo vivo de la democracia que no teníamos y que ansiábamos tener, al mismo tiempo que de la justicia por la que clamábamos y también de la integridad de la que carecíamos en las más altas instancias del Estado y por extensión en amplios sectores de la sociedad. De estos tres valores el caudillo gobernante real que fue el Dr. Arnulfo Arias se destacó probablemente sólo en uno de estos valores, a saber la justicia en su dimensión social. Mantuvo viva en la conciencia de la población la esperanza de que los valores del estado de derecho democrático se podían realizar en Panamá y por la vía política pacífica. Ratificó y completó su significación en nuestra historia republicana como el gran rebelde, a quien se le atribuía preferir cualquier sacrificio antes que transigir con sus convicciones. Ese fue su último servicio al país, como símbolo, que fue sin duda el más valioso de sus servicios. De alguna manera ese símbolo reproducía también la situación de la República ella misma, haciéndole frente a la primera potencia del mundo en su rebeldía contra una relación contractual neocolonial y a favor de una relación cónsona con las exigencias de la soberanía y por ello de la justicia social internacional.
(Continuará la próxima semana).
Dejadas atrás estas consideraciones y volviéndonos a los predios litúrgicos, nos encontramos en el último mes del año 2003, en el nuevo año litúrgico 2004, que se inaugura con el Adviento, tiempo que precede a la celebración de la Navidad. De entrada, hay que salir al paso de un malentendido frecuente: no llega el Adviento "porque toca", sino porque Dios es como es y porque nosotros estamos como estamos. Es decir, porque Dios desde siempre se ha acreditado como alguien que busca al hombre y viene a su encuentro, y porque nosotros una y otra vez erramos el camino, nos desorientamos en nuestros pasos y estamos necesitando de un Salvador.
Uno de los rasgos del hombre moderno es su instalación en el presente: cada día nos interesa menos el pasado y nos da más respeto enfrentarnos al futuro. Nos hemos acostumbrado a vivir al día. El viejo aforismo de "carpe diem" ha hecho fortuna entre nosotros y hoy es norma y criterio de la mayoría de la gente.
Tratamos de justificarnos diciendo que el pasado no interesa demasiado porque poco o nada se puede esperar de él ante las nuevas situaciones que hoy vivimos. Y las promesas que nos hablan del futuro sólo suscitan en nosotros recelo o evocan voces electoralistas. Por eso la verdad que hoy prevalece es aquella de "más vale pájaro en mano". Y así, para una inmensa mayoría no hay más que lo que cada día traemos entre manos. Se podría decir, usando la imagen y las palabras de Jesús en el evangelio, que el presente ha caído sobre nosotros como un lazo que tiene atrapados a todos los habitantes de la tierra.
Ante esta situación, hoy nos llega una palabra que puede liberarnos: "Mirad que llegan días..." Al hacer este anuncio Jeremías era consciente de la situación de sus oyentes, por cierto no muy distinta de la nuestra: sabía que estaban desencantados, que el exilio les había obligado a abandonar los sueños y centrarse en la lucha por la supervivencia diaria, que estaban de vuelta en casi todo...No importa, a pesar de todo, él se hace vocero de este anuncio esperanzador: viene el Señor y de su mano llegarán días luminosos y pacíficos. En la vieja viña de Israel: "brotará un vástago... cuyo nombre es Señor, nuestra justicia".
En el mismo mensaje que nos trae a nosotros el Adviento: hoy también viene el Señor. Y es la carga de futuro que hay tras este anuncio que para el que lo crea y lo tome en serio, el presente se vuelve irrelevante ante la grandeza de lo que está por venir.
Jesús en el evangelio no pretende describir cómo será el final. En el lenguaje propio de una cultura muy distinta, la nuestra llama la atención sobre una serie de signos que alerta sobre la necesidad y la inminencia de la "venida del Señor". Estos signos son, para los que saben "levantar la cabeza", como la aurora de la esperada liberación que hará efectiva la llegada del Hijo del Hombre.
Existe un cuadro real de nuestra gente hoy día, de gente angustiada, porque para ellos la vida no es disfrute, sino carga pesada, están también los enloquecidos, los enajenados por el ritmo frenético y deshumanizador que a veces toma la vida, y no faltan los que están sin aliento, los desalentados y amedrentados ante lo que se les viene encima. Desde esta realidad y ante las promesas del Señor coge fuerza y contenido un grito. "Ven, ven, Señor a salvarnos".
Y a este grito responde la Palabra afirmando que el Señor viene y con El llegarán "el derecho y la justicia" y los hombres vivirán tranquilos. Por eso el evangelio dice: "alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación". Por cierto, no se trata de un anuncio vago, genérico, inconcreto, como cuando decimos "ya vendrán tiempos mejores". La Palabra hace un anuncio preciso: la liberación llegará de la mano de Jesucristo, que viene a nuestro encuentro como enviado de Dios.
Pero se nos advierte que hay que preparar el camino al Señor, por eso el Bautista con cinco verbos nos presenta el programa: Allanar los senderos, es decir recuperar una fidelidad sin baches ni agujeros. Elevar los valles, salir de las simas de los vacíos y sin sentido, dejar los barrancos del desaliento y desconfianza, a bajar montes y colinas, rebajar ambiciones, apearse de autosuficiencias y arrogancias.
Enderezar lo torcido, salir de una vez de las antigüedades en las que nos movemos cada día. Igualar lo escabroso, nivelar con justicia las escandalosas desigualdades de nuestro mundo. Este programa tan concreto se cierra con una afirmación contundente: "Y todos verán la salvación de Dios".
De los dos hermanos Arias Madrid, que ocuparon la presidencia durante este período e impactaron al país fuertemente, Arnulfo Arias llegó a ser mucho más que su hermano un líder popular carismático de una gran efectividad como candidato de oposición. Pero Harmodio Arias demostró mayores dotes de estadista en el ejercicio del poder público. Aunque sólo fue electo presidente una sola vez gobernó más tiempo que su hermano menor, electo presidente tres veces y tres veces derrocado.
De haber terminado su carrera política el 11 de octubre de 1968 el juicio histórico sobre la misma debería ser probablemente deficitario, a pesar de sus contribuciones sociales en su primera presidencia, en particular la creación de la Caja de Seguro Social.
Harmodio encaminó la República hacia el proyecto de desarrollar el estado nacional. Arnulfo le infundió al país en esa etapa un nacionalismo popular que era indispensable, pero al mismo tiempo contribuyó a hacer imposible la conjunción de los dos componentes básicos del estado nacional, el social y el estatal, manteniendo desde su liderazgo político social un conflicto permanente con la Guardia que exacerbaba la propensión militarista de ésta en vez de lograr integrarla dentro de un desarrollo institucional civilista.
Como paradoja, fueron sus adversarios, los militares, los que le dieron la oportunidad de trascender sus propias limitaciones históricas, con un nuevo papel, el de caudillo mártir. Bajo la dictadura la figura del Dr. Arnulfo Arias se convirtió en el símbolo vivo de la democracia que no teníamos y que ansiábamos tener, al mismo tiempo que de la justicia por la que clamábamos y también de la integridad de la que carecíamos en las más altas instancias del Estado y por extensión en amplios sectores de la sociedad. De estos tres valores el caudillo gobernante real que fue el Dr. Arnulfo Arias se destacó probablemente sólo en uno de estos valores, a saber la justicia en su dimensión social. Mantuvo viva en la conciencia de la población la esperanza de que los valores del estado de derecho democrático se podían realizar en Panamá y por la vía política pacífica. Ratificó y completó su significación en nuestra historia republicana como el gran rebelde, a quien se le atribuía preferir cualquier sacrificio antes que transigir con sus convicciones. Ese fue su último servicio al país, como símbolo, que fue sin duda el más valioso de sus servicios. De alguna manera ese símbolo reproducía también la situación de la República ella misma, haciéndole frente a la primera potencia del mundo en su rebeldía contra una relación contractual neocolonial y a favor de una relación cónsona con las exigencias de la soberanía y por ello de la justicia social internacional.
(Continuará la próxima semana).