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País político vs país nacional


El pueblo panameño lleva más de una década contemplando una serie de hechos que perturban su serenidad y no le permiten salir de su desconcierto. Las preguntas se acumulan a la par de los problemas sin resolver. La transición de un régimen autocrático a un régimen democrático no termina de darse y podríamos afirmar que, formalmente, no ha empezado, puesto que no se ha dado lo que en términos schmittianos se llamaría "destrucción" de la legalidad totalitaria. Prueba de lo anterior, es la aguerrida defensa que hacen los voceros del "país político" de la - todavía vigente- constitución militarista de 1972.
Los acontecimientos de 1989 y 1990, tanto a nivel mundial como a nivel local, podemos afirmar que fueron más que el final de una era. El mundo, al tiempo que ponía término a un tipo de historia, daba inicio a otro tipo de historia. En nuestros días, se multiplican los escritos y análisis que intentan contribuir a la narración y a la interpretación científica de dichos acontecimientos, que están muy lejos de marcar "el final de la historia" como pretendía Francis Fukuyama. Sin embargo, para la clase política local resulta más cómodo darle la espalda a la historia para no darse cuenta que todo está cambiando. Así se liberan de construir el futuro y seguir refugiados en su pasado, que les permite olvidar que cuando peligra lo fundamental - que es la libertad- se impone la solidaridad en defensa de lo que es patrimonio de todos.
El espíritu de ánimo de muchos sectores del "país nacional" refleja una desilusión, desencanto e impotencia ante las fuerzas políticas que, desde la invasión hasta ahora, se han sucedido en el poder. Es totalmente válida la preocupación popular imperante del "¿hacia dónde vamos?", cuando constatamos desde hace dos lustros la pasividad de los gobernantes en la obligante modernización y reactivación del país, su actitud frente a los problemas irresueltos (desempleo, miseria, violencia, educación, salud) y ante la protección de los derechos y libertades de la población.
El pueblo panameño se convenció masivamente, a finales de la década de los ochenta, de la necesidad de alcanzar un cambio. La palabra alcanzó entonces el valor de un reto y de una esperanza. Se retó, con valor, a la dictadura y sus cómplices con pitos, pailas y pañuelos; con paros y marchas que coreaban: ¡Democracia, Justicia y Libertad!. Se alimentó la esperanza poder alcanzar mejores días. La invasión no le impidió al país sentirse ilusionado de poder colmar las aspiraciones acumuladas y no realizadas. Sin embargo, muy pronto los denominados políticos, le dieron la espalda a los intereses populares, a los problemas nacionales y se acomodaron ellos y los suyos para mantener la concentración del poder, valiéndose igual que la dictadura militar, de "hombres de inteligencia con almas de secretario". Ello los llevó a mantener y defender también la constitución militarista y sus fetiches, con lo cual el país político se divorciaba una vez más del país nacional.
El camino se vio así facilitado para llevar a muchos a creer en la fórmula mágica de "el pueblo al poder", planteada como "la única oportunidad" que facilitó la jugada habilidosa del retorno al poder de los epígonos de la dictadura. El pueblo volvió a sufrir los embates del engaño que creyó superado. La arrolladora victoria del NO, el 30 de agosto de 1998, fue posible gracias a las fuerzas renovadoras del pueblo panameño que, no sólo se "desquitó", sino que también relumbró las llamas de su ardiente esperanza de cambio, de poder reemprender el camino truncado con nuevos protagonistas que fuesen capaces de mutilar la arrogancia, la corrupción, el nepotismo, la impunidad; principales obstáculos para la democratización tan anhelada por los más.
El país nacional vivió durante la campaña electoral del 99, una nueva batalla contra la anestesia que le inoculaba el país político. Ante sus graves problemas sociales y económicos de la vida cotidiana, al país nacional no le quedó más remedio que creer en el cambio que le ofrecía un sector del país político. Después de todo ya una de las otras dos ofertas había fracasado y la otra lo había traicionado. Desde entonces, muchos de los que han logrado detentar físicamente el poder a partir del 1" de septiembre pasado, han conocido muy pronto "las sensualidades del mando, las ventajas y los placeres del poder. Han formado el círculo de los que adulan, de los contratistas, de los amigos con intenciones ilícitas de ganancias..."
Ante las situaciones creadas por la rapiña y el chantaje de los legisladrones, la partidocracia, la torpeza de los magistrados contra la Universidad y la Defensoría del Pueblo, las mordazas y persecuciones del Ministerio Público; entones ¡Ahora le toca al pueblo!. Ahora le toca al pueblo, al país nacional que no se ha dejado anestesiar, hacerle frente en forma decidida al país político de la burocracia, de los legisladrones, de las partidas circuitales, de las leyes mordazas, del fondo fiduciario, de los pactos de la Pintada y de la canallada. Ahora le toca al pueblo redimirse y no someterse al delito y plantear sin titubeos la exigencia de una Asamblea Nacional Constituyente.

101 años de Panamá América

 
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