Panamá 2001
El primer día del Tercer Milenio es una fecha propicia para hacer el intento de examinar objetivamente la situación general del país. A partir del 31 de diciembre de 1999, todos los panameños y panameñas coincidimos en el sueño de un mañana que sería mejor. Las razones para soñar no eran infundadas. Todo lo contrario. Existían auténticos motivos para permitirnos abrigar la esperanza de mejores días por venir, y de que esos promisorios días se traducirían en hechos tangibles y visibles.
Esperábamos un dinamismo de la economía que derivara en un aumento en las áreas urbanas y rurales de las oportunidades de empleo, en la optimización de la productividad, en el mejoramiento de la calidad de vida tanto en el trabajo como en la educación, la salud, la vivienda y la alimentación. Esperábamos también que una vez que Panamá le mostraba al mundo que había recuperado su plena soberanía y su integridad territorial, se produciría una serie de metabolismos internos que harían más lozana, más fuerte y más orgullosa la imagen de la nación panameña ante nosotros mismos y ante el exterior. Esto es así, porque las reivindicaciones logradas en los Tratados Torrijos-Carter jerarquizaron inmensamente al proceso de definición de nuestra conciencia nacional.
Al amanecer del 1° de enero del año pasado, nuestro país se iluminó con la cristalización de las aspiraciones nacionales plasmadas en la efectiva soberanía y jurisdicción de la República de Panamá sobre todo su territorio, así como en el absoluto control del Canal, en la recuperación de nuestros puertos en ambos océanos y en el pleno disfrute tanto de las áreas revertidas como de nuestros recursos naturales, que estamos comprometidos a administrar en beneficio de la población de todas las provincias y comarcas del país.
Sin embargo, es fácil observar que la Administración del Canal y el Ejecutivo Nacional ponen un mayor empeño en cultivar la productividad comercial del Canal y en cortejar a sus usuarios foráneos con planes apresurados de expansión del Canal y de su cuenca hidrográfica, sin el adecuado estudio de impacto ambiental, dejando de otorgar la prioridad que le corresponde a la función que tiene el Canal de contribuir al desarrollo socioeconómico del país y de los 3 millones de panameños que mantienen vivas las esperanzas, las ilusiones y las convicciones que alimentaron tras largos años de luchas generacionales.
He abogado y sigo abogando por un gran proyecto nacional que evidentemente tiene que ser el resultado de la consulta, de la concertación y de la coordinación del gobierno, la empresa privada y la sociedad civil. Un proyecto nacional, impulsado por la armónica colaboración del sector público y del sector privado, que abarque la integración del Canal Interoceánico, de los puertos, los aeropuertos, los ferrocarriles, las carreteras transístmicas, los oleoductos y las comunicaciones en todo el territorio nacional, será la vitrina que mostrará al mundo el emporio de riquezas concentrado en el Istmo panameño.
La transferencia del Canal ofrecía suficientes razones para esperar que el desarrollo económico y social iba prontamente a reflejarse en una disminución de la pobreza que azota a una cuota importante de nuestro pueblo en las ciudades y en el campo.
La situación del país, la situación que se ve y se siente en la actualidad, pone en evidencia que la realidad es y ha sido cruel con aquellos sueños, con aquellas esperanzas.
Esta decepción que, da vueltas por el país entero, tiene además una secuela de desorientación, de desasosiego, de incertidumbre, porque al pueblo panameño no se le ha ofrecido un esquema coherente, planes y programas consistentes que le indiquen la seguridad de que las esperanzas, aunque postergadas, serán debidamente satisfechas.
No quiero emplear la palabra "falla", en la acepción que se le da en Colombia y Chile, porque es dura. Pero sin apartarme de la verdad, de la realidad, y sin ánimo de irritar a nadie, debo emplear por lo menos la palabra dificultad. Panamá está pasando por dificultades concretas y no hay que ser idealista para preguntarse por qué esas dificultades inquietan y preocupan.
Más que un balance de los errores cometidos, de los compromisos no cumplidos, de las esperanzas no satisfechas, el momento invita a hacer un balance de las dificultades y de las posibilidades de superarlas.
Una cosa es describir el contorno de una situación difícil y otra cosa es prever cómo superar esa situación. Es con este propósito que debo expresar que los personeros políticos, los dirigentes políticos, no pueden permitirse la libertad de dejar de situarse a la altura de la misión que sobre ellos recae y que consiste en hacer realidad las esperanzas del pueblo y resolver a conciencia sus problemas.
Debo recordar, animado del mismo propósito, que Panamá es un país con una importancia en el mundo que tiene más relación con su posición geográfica, con su situación de enlace, que con su tamaño, su población y sus recursos naturales. Quienes ejercen el liderazgo nacional deben responder a la necesidad de rehabilitar la idea de que Panamá cada vez está mejor preparada para cumplir con su papel en el mundo y que esa preparación no puede quedar a merced de improvisaciones o de un complejo de minusvalía, o de una pasividad cómplice ante acontecimientos externos que pudieran ser lesivos al interés nacional.
Debemos insistir en la importancia que tiene la formación de una conciencia nacional de nuestros problemas. Debe haber siempre voces advertidas para advertir. Podemos decir, a manera de ejemplo, que estamos obligados, gobernantes y gobernados, a seguir con atención la formación y las actividades del nuevo gobierno republicano de los Estados Unidos encabezado por el ex-gobernador de Texas, Sr. George W. Bush; no sólo por la importancia que tienen para Panamá y la América Latina las relaciones armónicas y la solución de los problemas pendientes con ese gran país, sino por el antecedente ominoso de que la invasión norteamericana del 20 de diciembre de 1989, fue dirigida desde la Casa Blanca por el padre del nuevo Presidente con el concurso del entonces Secretario de Defensa y actual Vicepresidente de la Unión Norteamericana, Dick Cheney, y del General Colin Powell, entonces Jefe de Estado Mayor Conjunto y ahora designado Secretario de Estado.
Sobra decir que ahora como nunca el gobierno de Panamá está obligado a mantener el más alto grado de participación y de representación en la Organización de las Naciones Unidas, en la Organización de los Estados Americanos, en la Cumbre del Grupo de Río, en la Cumbre Iberoamericana, en la Asociación de Estados del Caribe, en el Grupo de los 77 y en todos los foros internacionales.
Es urgente comprometerse a un debate sobre los fines y los medios de nuestra política interior y de nuestra política exterior. Es urgente estar preparados para conjurar los grandes peligros: los que resultan de la situación en Colombia, los que resultan de la no preservación de los grandes equilibrios humanos y naturales, los que resultan de la persistencia de desigualdades insoportables, los que resultan de la globalización, los que resultan de las nuevas formas hegemónicas y neocolonialistas, las que resultan de una complejidad creciente de la vida que no puede ser afrontada con fórmulas simples ni con mentalidad de campanario.
Esta preparación, además, debe ir paralela al hecho de que dentro de 2 años estaremos celebrando el primer centenario de nuestra consagración como República y de que los panameños y panameñas, sin distinción alguna, deseamos que en el 2003 Panamá supere, con éxito, todos los desafíos a los que nos enfrentaremos por obra del destino.
Esperábamos un dinamismo de la economía que derivara en un aumento en las áreas urbanas y rurales de las oportunidades de empleo, en la optimización de la productividad, en el mejoramiento de la calidad de vida tanto en el trabajo como en la educación, la salud, la vivienda y la alimentación. Esperábamos también que una vez que Panamá le mostraba al mundo que había recuperado su plena soberanía y su integridad territorial, se produciría una serie de metabolismos internos que harían más lozana, más fuerte y más orgullosa la imagen de la nación panameña ante nosotros mismos y ante el exterior. Esto es así, porque las reivindicaciones logradas en los Tratados Torrijos-Carter jerarquizaron inmensamente al proceso de definición de nuestra conciencia nacional.
Al amanecer del 1° de enero del año pasado, nuestro país se iluminó con la cristalización de las aspiraciones nacionales plasmadas en la efectiva soberanía y jurisdicción de la República de Panamá sobre todo su territorio, así como en el absoluto control del Canal, en la recuperación de nuestros puertos en ambos océanos y en el pleno disfrute tanto de las áreas revertidas como de nuestros recursos naturales, que estamos comprometidos a administrar en beneficio de la población de todas las provincias y comarcas del país.
Sin embargo, es fácil observar que la Administración del Canal y el Ejecutivo Nacional ponen un mayor empeño en cultivar la productividad comercial del Canal y en cortejar a sus usuarios foráneos con planes apresurados de expansión del Canal y de su cuenca hidrográfica, sin el adecuado estudio de impacto ambiental, dejando de otorgar la prioridad que le corresponde a la función que tiene el Canal de contribuir al desarrollo socioeconómico del país y de los 3 millones de panameños que mantienen vivas las esperanzas, las ilusiones y las convicciones que alimentaron tras largos años de luchas generacionales.
He abogado y sigo abogando por un gran proyecto nacional que evidentemente tiene que ser el resultado de la consulta, de la concertación y de la coordinación del gobierno, la empresa privada y la sociedad civil. Un proyecto nacional, impulsado por la armónica colaboración del sector público y del sector privado, que abarque la integración del Canal Interoceánico, de los puertos, los aeropuertos, los ferrocarriles, las carreteras transístmicas, los oleoductos y las comunicaciones en todo el territorio nacional, será la vitrina que mostrará al mundo el emporio de riquezas concentrado en el Istmo panameño.
La transferencia del Canal ofrecía suficientes razones para esperar que el desarrollo económico y social iba prontamente a reflejarse en una disminución de la pobreza que azota a una cuota importante de nuestro pueblo en las ciudades y en el campo.
La situación del país, la situación que se ve y se siente en la actualidad, pone en evidencia que la realidad es y ha sido cruel con aquellos sueños, con aquellas esperanzas.
Esta decepción que, da vueltas por el país entero, tiene además una secuela de desorientación, de desasosiego, de incertidumbre, porque al pueblo panameño no se le ha ofrecido un esquema coherente, planes y programas consistentes que le indiquen la seguridad de que las esperanzas, aunque postergadas, serán debidamente satisfechas.
No quiero emplear la palabra "falla", en la acepción que se le da en Colombia y Chile, porque es dura. Pero sin apartarme de la verdad, de la realidad, y sin ánimo de irritar a nadie, debo emplear por lo menos la palabra dificultad. Panamá está pasando por dificultades concretas y no hay que ser idealista para preguntarse por qué esas dificultades inquietan y preocupan.
Más que un balance de los errores cometidos, de los compromisos no cumplidos, de las esperanzas no satisfechas, el momento invita a hacer un balance de las dificultades y de las posibilidades de superarlas.
Una cosa es describir el contorno de una situación difícil y otra cosa es prever cómo superar esa situación. Es con este propósito que debo expresar que los personeros políticos, los dirigentes políticos, no pueden permitirse la libertad de dejar de situarse a la altura de la misión que sobre ellos recae y que consiste en hacer realidad las esperanzas del pueblo y resolver a conciencia sus problemas.
Debo recordar, animado del mismo propósito, que Panamá es un país con una importancia en el mundo que tiene más relación con su posición geográfica, con su situación de enlace, que con su tamaño, su población y sus recursos naturales. Quienes ejercen el liderazgo nacional deben responder a la necesidad de rehabilitar la idea de que Panamá cada vez está mejor preparada para cumplir con su papel en el mundo y que esa preparación no puede quedar a merced de improvisaciones o de un complejo de minusvalía, o de una pasividad cómplice ante acontecimientos externos que pudieran ser lesivos al interés nacional.
Debemos insistir en la importancia que tiene la formación de una conciencia nacional de nuestros problemas. Debe haber siempre voces advertidas para advertir. Podemos decir, a manera de ejemplo, que estamos obligados, gobernantes y gobernados, a seguir con atención la formación y las actividades del nuevo gobierno republicano de los Estados Unidos encabezado por el ex-gobernador de Texas, Sr. George W. Bush; no sólo por la importancia que tienen para Panamá y la América Latina las relaciones armónicas y la solución de los problemas pendientes con ese gran país, sino por el antecedente ominoso de que la invasión norteamericana del 20 de diciembre de 1989, fue dirigida desde la Casa Blanca por el padre del nuevo Presidente con el concurso del entonces Secretario de Defensa y actual Vicepresidente de la Unión Norteamericana, Dick Cheney, y del General Colin Powell, entonces Jefe de Estado Mayor Conjunto y ahora designado Secretario de Estado.
Sobra decir que ahora como nunca el gobierno de Panamá está obligado a mantener el más alto grado de participación y de representación en la Organización de las Naciones Unidas, en la Organización de los Estados Americanos, en la Cumbre del Grupo de Río, en la Cumbre Iberoamericana, en la Asociación de Estados del Caribe, en el Grupo de los 77 y en todos los foros internacionales.
Es urgente comprometerse a un debate sobre los fines y los medios de nuestra política interior y de nuestra política exterior. Es urgente estar preparados para conjurar los grandes peligros: los que resultan de la situación en Colombia, los que resultan de la no preservación de los grandes equilibrios humanos y naturales, los que resultan de la persistencia de desigualdades insoportables, los que resultan de la globalización, los que resultan de las nuevas formas hegemónicas y neocolonialistas, las que resultan de una complejidad creciente de la vida que no puede ser afrontada con fórmulas simples ni con mentalidad de campanario.
Esta preparación, además, debe ir paralela al hecho de que dentro de 2 años estaremos celebrando el primer centenario de nuestra consagración como República y de que los panameños y panameñas, sin distinción alguna, deseamos que en el 2003 Panamá supere, con éxito, todos los desafíos a los que nos enfrentaremos por obra del destino.