Panamá 2009: Hoy desde ayer
El examen de las dos rupturas revolucionarias de nuestra historia republicana, en 1931 y 1968, permite afirmar que Harmodio Arias Madrid y Omar Torrijos Herrera son las dos personalidades de nuestra historia que mejor sintetizan en su labor de estadistas el esfuerzo heroico por transformar una república semicolonial en un Estado nacional digno de tal nombre. Desde esa perspectiva, la invasión de 1989 condujo a un reordenamiento del sistema político nacional con el fin de impedir la formación de alternativas populares que excedieran el marco de acción del populismo conservador arnulfista, y el populismo liberal torrijista.
Ese esquema tuvo un éxito notable como mecanismo de estabilización política en la década de 1990, y de promoción del desarrollo de nuevas fuerzas productivas de 1999 en adelante. No lo tuvo, en cambio, para estimular una transformación equivalente en las relaciones de producción, cada vez más atrasadas en relación a un capitalismo de vocación global cada vez más maduro. No extraña, entonces, el progresivo colapso del sistema estatal panameño, desde los poderes legislativo y judicial, hasta los servicios públicos y, por último, el mecanismo electoral.
Hoy el sistema político está en curso de regresión a sus formas más primitivas de pensamiento y gestión. En lo más visible, esa regresión se expresa en el hecho de que un nuevo populismo conservador, le dispute con éxito creciente su función y lugar tradicionales al viejo populismo arnulfista. El populismo liberal, por su parte, tiende también a regresar a sus formas de origen, (re) convirtiéndose en una cruda alianza entre el lumpen proletariado del arrabal y los sectores de capas medias y altas urbanas más vinculados al proceso de globalización.
¿Cuál es la alternativa? Encarar la crisis mediante la ampliación de los espacios de participación para los sectores populares, para crear las condiciones que permitan un efectivo control social de la gestión pública, en lo que hace a sus fines como a sus medios. Y esto, aquí, significa dos cosas. Una, fomentar la organización y la participación de todos los sectores sociales, mediante iniciativas que vayan desde estimular y promover el espíritu emprendedor de las capas medias, hasta eliminar todas las restricciones a la creación de organizaciones de trabajadores ??" desde los del campo hasta los de la banca y del Estado. Otra, eliminar todas las limitaciones a la participación ciudadana en la vida política, empezando por las que dificultan la formación de partidos populares y la postulación de candidatos independientes.
El gran problema que dejó pendiente la década de 1970 queda planteado: culminar la consolidación de la soberanía nacional a través de una revolución democrática. Ante un desafío de esta magnitud, conviene recordar que la política es siempre cultura en acto. Por eso es necesario encarar el hecho de que entre nosotros haya venido a predominar una cultura política que enmascara su oportunismo contumaz tras un maquiavelismo vulgar que proclama todos los días en todos sus actos la justificación de los medios por los fines.
La cultura que necesitamos es otra, que entienda que los medios determinan los fines, como tan claramente lo comprendieron Harmodio Arias y Omar Torrijos. Quienes creen en la democracia como medio de expresión de la soberanía popular, deben entender que los medios de sus adversarios conducen a los fines de esos adversarios. Lo importante, por lo mismo, es adelantar en la identificación de los propios fines, y de los medios adecuados para alcanzarlos. Todos los demás caminos conducen a callejones clausurados hace tiempo por la historia.