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Panamá ante la nueva realidad hemisférica


La reelección del presidente George W. Bush anticipa la profundización de una agenda internacional más conservadora de consecuencias devastadoras para América latina y para la salud del planeta. Los impactos mayores se sentirán en las zonas geográficas contiguas a Estados Unidos (EU) como son México, América Central, el Caribe, particularmente Cuba, la convulsionada Colombia y Venezuela.
"El presidente Bush continuará con su política agresiva. No dará marcha atrás. Continuará aplicando sus principios, sus políticas y sus creencias", dijo el todavía Secretario de Estado, Colin Powell, al diario londinense Finantial Times.
No hay duda de que la amenaza terrorista y la guerra preventiva de Estados Unidos forman parte de una simbiosis en la que una alimenta la otra. Washington se arroga la decisión de utilizar su poderío bélico, incluido el táctico nuclear, contra cualquier país sin que represente una amenaza real y sin tomar en cuenta las condiciones mínimas de legitimidad, legalidad o moralidad que exige el empleo de instrumentos militares en las relaciones internacionales. Bush se autoproclamó el presidente de la guerra. Sin guerras, Bush no sería Bush.
Aunque no está articulada del todo la doctrina subalterna de la guerra preventiva que se aplicará a la región, existen señales de que EU ha diseñado formas de combatir expresiones antisistema dentro de los países que pudieran generar violencia como para suponer un avance del terrorismo internacional. En la guerra contra las maras centroamericanas, Washington ha propiciado la eliminación de la barrera entre seguridad interna y la defensa externa. Eso ha llevado a borrar las divisiones entre las labores policiales, de los cuerpos de seguridad y las fuerzas armadas, lo cual incidirá directamente en la estabilidad democrática del área.
La vigilancia conjunta de fuerzas estadounidenses y mexicanas de los pozos petroleros en el Golfo de México, le da una dimensión militar y geopolítica al tema energético y a las relaciones económicas y comerciales regionales. El incremento de soldados estadounidenses y contratistas militares pagados por el Pentágono en Colombia, unido a los vuelos de espionaje sobre las fajas fronterizas que ese país comparte con Ecuador, Panamá y Venezuela, demuestran la escalada del conflicto.
En el caso de Panamá, existen presiones estadounidenses para que se apliquen mayores controles a posibles negocios de grupos terroristas internacionales en la Zona Libre de Colón (ZLC), y al lavado de dinero por el sistema bancario. Además de Canadá y México, el Canal de Panamá es la tercera frontera para EU. Panamá debe contribuir a reforzar las iniciativas políticas y diplomáticas de la región y acoger con entusiasmo, por ejemplo, la creación de la Unión Sudamericana. Sería un error estratégico dejar de aportar su visión frente al militarismo al que EU está empujando a América latina. En la remilitarización del continente, el Comando Sur y los diplomáticos que responden al Pentágono más que al Departamento de Estado, como es el caso de Panamá, tienen un peso desproporcionado en las relaciones bilaterales.
Panamá debe mostrar al continente que es un país democrático que comparte valores comunes y que, fortalecido desde adentro sin dudas ni vacilaciones, es un aliado consistente en las tareas para encauzar el progreso y el bienestar colectivo. Habrá que observar la posición que asumirá Panamá ahora que pertenece al Grupo de los Cuatro (G-4), junto con Colombia, México y Venezuela, cuando Bush recrudezca su política de aislamiento contra el presidente Hugo Chávez. En el caso de Cuba, pareciera haber una determinación a no dar señales que permitan el restablecimiento de relaciones diplomáticas. Además, no es ningún secreto que Argentina, Brasil, Ecuador y Uruguay y en menor grado Chile están en la mira de los ideólogos republicanos neoconservadores. Todos esos países pertenecen al Grupo de Río, en cual Panamá ha fortalecido su presencia.
El gobierno panameño no debe dejarse envolver en la batalla ideológica y militar que EU quiere imponer al continente y al mundo. Panamá no debe renunciar a su capacidad de acomodarse en un espacio propio frente al ejercicio crudo y unilateral del poder de EU. No debe dejarse domesticar fácilmente si quiere seguir manteniendo un vestigio de identidad nacional y de dignidad frente a los demás pueblos del continente.

101 años de Panamá América

 
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