Panamá callada y vacía
La diatriba política, más que un mal de nuestra nación, se ha convertido en su símbolo. El simbolismo que representa el esqueleto de una democracia vacía. Un país lleno de nada. Una democracia sin contenido, sin ideologías y sin ilusiones. Ante esta cruda realidad, los electores que el próximo 3 de mayo saldremos a votar, tendremos previamente que torturarnos el espíritu para poder elegir entre los candidatos actualmente en escena.
Y con ese panorama sólo nos queda la desilusión. Otro signo de nuestros tiempos. Esto ocurre porque, en tiempo de elecciones, nadie se ha preguntado qué es la democracia, cuánto cuesta y quién la paga. Las respuestas deben exigirse en voz alta. A gritos si es necesario. Especialmente cuando nos arremete el canibalismo electoral, pues, durante las elecciones sale lo peor de los políticos que ansían el poder. Y con la propaganda política, que permite casi cualquier obscenidad o mentira, el primitivismo político triunfa de manera lamentable. Son señales que se manifiestan en Panamá por el falso entendimiento que la democracia se defiende únicamente mediante el ejercicio del voto. Pero con eso no basta. No bastará para evitar que los políticos nos hundan con ellos en el lodo.
Un reciente programa de televisión, el de Julio Miller, logró conjugar todos los males del sistema cuando se enfrentaron -en inútil disputa y de la peor manera- la representante de Cambio democrático (CD), Alma Cortez, y la del PRD, Graciela Dixon. Emplearon todas las tácticas para hacerle estallar la paciencia a quienes intentábamos entender el incomprensible encuentro. La falta de educación, las pedanterías y el canibalismo político fue la tónica del programa. ¡Un horror! ¿Cómo es posible que en tales encuentros no se deje hablar al que adversa una opinión? Nadie exigía moderación. El moderador el que menos. El resto de los panelistas también callaba como patéticos penitentes escuchando su condena. Panamá entera callaba. Comparados con estos políticos, las murgas de carnaval me parecieron desfile de caballeros en Semana Santa. ¿Son culpables o víctimas de un sistema político podrido que se ha corrompido con su bastedad, su demagogia y su falta de ideas?
Los políticos panameños tienen un concepto más bien frívolo del poder, limitado a los usos de la silla presidencial. Nunca se enteran de las reacciones que producen en sus apariciones públicas, pues están rodeados de falsos aliados y los clásicos "yesman" que les mienten. Se acompañan de la risa y la superficialidad para darnos la falsa impresión que son civilizados entre ellos. Pero la mayor parte de las veces están malhumorados; gestos electorales con el que intentan justificar la ausencia de ideas y profundidad. Además, son intolerantes. Les falta una pisque auténticamente liberal. Después de todo, para aceptar y respetar a una persona, no se necesita en absoluto que esa persona piense igual que uno.
Lo preocupante es que lo ocurrido durante el programa de Miller, sigue dándose a diario en otros escenarios. Si seguimos así, algo grave sucederá. Por eso no me canso de repetir lo que decía Oriana Fallacci (refiriéndose a los políticos italianos): "La democracia hay que conquistarla. Para conquistarla hay que quererla. Para quererla hay que saber qué es". Aquí seguimos confundiendo elecciones con democracia, candidatos con políticos, votantes con pueblo, propaganda con libertad, verdad con cinismo y, así, un largo etcétera. A estas alturas de lo que sucede, ilusionarse pensando que las elecciones puedan cambiar las cosas es realmente una tontería.