Panamá, centro de la integración
A partir de ahora no sólo seremos vitrina de los artículos que producen otros países, sino que los tratados de libre comercio nos lanzan al desafío de manufacturar lo propio y someterlo a la prueba máxima de las mercaderías: competir de igual a igual en un mercado ampliado sin privilegios arancelarios en el que el consumidor tiene la última palabra sobre la base de la calidad del producto. Los compromisos integracionistas que se inician con El Salvador, seguirán con los otros países de la comunidad centroamericana y tendrán su prueba máxima con el ALCA, constituyen un reto histórico que los agentes económicos deben asumir en forma insoslayable.
El gobierno formuló a los ministros del sector económico la consigna de concertar los tratados de libre comercio con los productores panameños para poder definir ventajas, desventajas y reservas. Si los ministros cumplieron la directiva de concertación o si los empresarios fueron diligentes o negligentes al llamado, lo sabremos cuando la integración sea un hecho cumplido. Pero, por encima de todo, debemos aceptar que ya caducó el tiempo de los mercados internos cautivos a base de privilegios arancelarios. Debemos competir con artículos foráneos similares dentro de nuestro territorio, pero igualmente se nos abre un nuevo escenario de otros mercados por conquistar. En otras palabras, si hemos estado produciendo para un mercado de dos millones de panameños, en adelante, sólo en el caso de El Salvador, produciremos para seis millones de salvadoreños. Y cuando se cierren las negociaciones, los productores panameños podrán accesar a un mercado de casi 30 millones de centroamericanos.
La gran pregunta es si los agentes económicos panameños se han preparado debidamente, en todos los segmentos, para aprovechar un mercado que significa dar un salto productivo de dos a 30 millones de consumidores, es decir quince veces más de lo que hacen en la actualidad. La gran pregunta es, en el plano financiero, si los bancos se están preparando para atender las solicitudes de crédito de los industriales y de los productores agropecuarios. La gran pregunta es si los industriales están planificando un crecimiento en la dimensión de los tratados y si se están involucrando en las certificaciones de calidad tipo ISO 9000. La gran pregunta es si los ganaderos seguirán esquivando la competencia de la exportación de carne de Nicaragua o de Honduras, o de lácteos de Costa Rica, refugiándose en la exclusión de sus productos en vez de salir a la conquista de los mercados de esos mismos países.
Fuimos los últimos en entrar en la OMC y somos también los últimos en firmar tratados de libre comercio con países de la región. Pero nos queda el consuelo bíblico de la palabra que asegura que los últimos pueden ser los primeros en el reino de Dios. Tenemos muchas ventajas, el dólar, un centro bancario internacional, el entrenamiento comercial en la Zona Libre de Colón, en fin cultura de modernismo indispensable en estos tiempos de interdependencia y globalización. Ya no hay tiempo para las dudas y vacilaciones. Manos a la obra de la integración.
El gobierno formuló a los ministros del sector económico la consigna de concertar los tratados de libre comercio con los productores panameños para poder definir ventajas, desventajas y reservas. Si los ministros cumplieron la directiva de concertación o si los empresarios fueron diligentes o negligentes al llamado, lo sabremos cuando la integración sea un hecho cumplido. Pero, por encima de todo, debemos aceptar que ya caducó el tiempo de los mercados internos cautivos a base de privilegios arancelarios. Debemos competir con artículos foráneos similares dentro de nuestro territorio, pero igualmente se nos abre un nuevo escenario de otros mercados por conquistar. En otras palabras, si hemos estado produciendo para un mercado de dos millones de panameños, en adelante, sólo en el caso de El Salvador, produciremos para seis millones de salvadoreños. Y cuando se cierren las negociaciones, los productores panameños podrán accesar a un mercado de casi 30 millones de centroamericanos.
La gran pregunta es si los agentes económicos panameños se han preparado debidamente, en todos los segmentos, para aprovechar un mercado que significa dar un salto productivo de dos a 30 millones de consumidores, es decir quince veces más de lo que hacen en la actualidad. La gran pregunta es, en el plano financiero, si los bancos se están preparando para atender las solicitudes de crédito de los industriales y de los productores agropecuarios. La gran pregunta es si los industriales están planificando un crecimiento en la dimensión de los tratados y si se están involucrando en las certificaciones de calidad tipo ISO 9000. La gran pregunta es si los ganaderos seguirán esquivando la competencia de la exportación de carne de Nicaragua o de Honduras, o de lácteos de Costa Rica, refugiándose en la exclusión de sus productos en vez de salir a la conquista de los mercados de esos mismos países.
Fuimos los últimos en entrar en la OMC y somos también los últimos en firmar tratados de libre comercio con países de la región. Pero nos queda el consuelo bíblico de la palabra que asegura que los últimos pueden ser los primeros en el reino de Dios. Tenemos muchas ventajas, el dólar, un centro bancario internacional, el entrenamiento comercial en la Zona Libre de Colón, en fin cultura de modernismo indispensable en estos tiempos de interdependencia y globalización. Ya no hay tiempo para las dudas y vacilaciones. Manos a la obra de la integración.