Panamá, el país de las maravillas
Panamá es un país ideal para "esconder" fortunas, las legítimas y las de orígenes tremebundos. Lo fatal es que el sistema impide distinguir el dólar sano del que viene contaminado con cocaína, por ejemplo. En el intrincado laberinto del centro bancario y el velo corporativo, están mezcladas las cuentas millonarias de gente trabajadora con las de sanguinarios narcotraficantes que saben muy bien que en el país del canal la ceguera administrativa es proverbial.
Con eso claro, Pablo Rayo Montaño entró al territorio panameño. Llegó en un barco que traía sus bodegas repletas de dólares en billetes pequeños, producto de la venta de droga en Estados Unidos y Europa.
Con semejante caudal, le fue fácil la compra de bienes y voluntades. En pocos años, tenía varias mansiones en diferentes playas, lujosos apartamentos, vehículos de todo tipo (hasta unos blindados que terminó regalando a amigos, a quienes consiguió fácil entre la clase política, según investigaciones que todavía están abiertas), islas y decenas de sociedades anónimas, que ocultaban su raíz maligna bajo una convincente capa de maquillaje empresarial.
¡Ah, y por supuesto, abrió casi un centenar de cuentas bancarias! Ninguna luz roja se encendió cuando el dinero empezó a correr a raudales. Jamás se detuvo la embestida millonaria. Todo lo contrario, el más peligroso y escurridizo narcotraficante del momento terminó hasta con una cédula panameña, porque Panamá es el país de las maravillas.
Me pregunto si toda esa gente que se benefició con dinero o bienes de Pablo Rayo se siente responsable de alguna manera por los jóvenes muertos. Muertos por el consumo de drogas y por el sicariato. Dios no quiera que las próximas víctimas sean sus hijos o sus nietos. Tal vez, entonces, comprendan que es mejor cambiar las leyes blandas que tenemos en esta narcosociedad llamada Panamá.
Con eso claro, Pablo Rayo Montaño entró al territorio panameño. Llegó en un barco que traía sus bodegas repletas de dólares en billetes pequeños, producto de la venta de droga en Estados Unidos y Europa.
Con semejante caudal, le fue fácil la compra de bienes y voluntades. En pocos años, tenía varias mansiones en diferentes playas, lujosos apartamentos, vehículos de todo tipo (hasta unos blindados que terminó regalando a amigos, a quienes consiguió fácil entre la clase política, según investigaciones que todavía están abiertas), islas y decenas de sociedades anónimas, que ocultaban su raíz maligna bajo una convincente capa de maquillaje empresarial.
¡Ah, y por supuesto, abrió casi un centenar de cuentas bancarias! Ninguna luz roja se encendió cuando el dinero empezó a correr a raudales. Jamás se detuvo la embestida millonaria. Todo lo contrario, el más peligroso y escurridizo narcotraficante del momento terminó hasta con una cédula panameña, porque Panamá es el país de las maravillas.
Me pregunto si toda esa gente que se benefició con dinero o bienes de Pablo Rayo se siente responsable de alguna manera por los jóvenes muertos. Muertos por el consumo de drogas y por el sicariato. Dios no quiera que las próximas víctimas sean sus hijos o sus nietos. Tal vez, entonces, comprendan que es mejor cambiar las leyes blandas que tenemos en esta narcosociedad llamada Panamá.