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Panamá en Seattle


Superado el efecto inicial del estrepitoso fracaso de la pasada cumbre ministerial de Seattle, en Estados Unidos, la Organización Mundial de Comercio procura sanar las heridas de lo que fue una verdadera batalla campal en las calles, tan intensa como la verificada entre los delegados de las distintas naciones en la mesa de discusión. Y como suele ocurrir a todo ejército perdedor, la OMC buscó su chivo expiatorio, sugiriendo a las autoridades locales la destitución del jefe de policía de la ciudad, que tuvo la responsabilidad de enfrentar tumultuosas manifestaciones que virtualmente sitiaron por tres días el edificio de la conferencia.
Seiscientas personas fueron detenidas, para ser finalmente liberadas a exigencia de diversas organizaciones ecologistas y liberales, pro derechos humanos, que se dieron a la tarea de petardear el acontecimiento y lo lograron. Tan pronto se comunicó el colapso de la conferencia, los encarcelados estallaron en euforia, que compartieron con decenas de miles de compañeros que montaban guardia a la salida de las rejas. ¿Qué peleaban?
En esencia, los grupos opositores critican a la OMC por abusar de su condición de árbitro supremo del actual sistema global de comercio que ha acentuado las desigualdades, aplastado a las naciones pobres, deteriorado el medio ambiente y menoscabado los derechos laborales. En su opinión, el sistema carece de contrapesos al preconizar las reglas de la libre competencia, la eficiencia a cualquier costo y el predominio a ultranza de los más fuertes. No se prevé mecanismos de salvaguarda de los recursos naturales, la seguridad laboral, las jornadas de trabajo, la explotación de los niños y los derechos humanos.
Panamá, representada por el ministro de Comercio, Joaquín Jácome y su viceministro de Comercio Exterior, Roberto Henríquez, fue testigo de aquel desastre, al que se sumó la profundización de las diferencias entre los gigantes industriales que mandan en el organismo. Japón se cansó de exigir a EU el levantamiento de las medidas antidumping que bloquean sus exportaciones de acero a ese país. EU por su parte, predicó en vano contra los subsidios agrícolas europeos y las barreras erigidas por éstos a sus alimentos transgénicos y carne con hormonas; las pobres naciones bananeras encontraron oídos sordos a sus reclamos contra el proteccionismo de la Comunidad Europea; y en general, Panamá vio cómo quienes más pregonan e imponen el libre comercio, son los primeros en desconocerlo cuando no les conviene. En lo concreto, nuestro banano sigue parcialmente bloqueado en Europa, nuestros servicios financieros y marítimos discriminados, la producción nacional de textiles continúa sujeta a restricciones que el sistema prevé prohibidas y el azúcar se quedará sin su próxima zafra a causa del dumping. En fin, la OMC sufrió un duro traspié, pero lo intentará nuevamente a mediados del año próximo. Y la esperanza de resolver las muchas diferencias existentes y de llevar algo de equidad al único sistema regulador del comercio mundial quedará hasta tanto pospuesta.


101 años de Panamá América

 
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