Panamá en tiempos del megaterrorismo
La humanidad se ha asomado de nuevo en estos días al abismo de la repugnante criminalidad política. Los horrores de los atentados contra cuatro trenes cargados de pasajeros en Madrid no son producto de una ficción cinematográfica. Pero conforman el guión del megaterrorismo de este siglo, un anticipo de lo que le espera a las sociedades, en cualquier latitud, si no se revierte el enfoque para abordar el problema.
Un congreso de filósofos políticos reunidos en Potsdam a comienzos de marzo concluyó que el verdadero peligro no es el terrorismo, sino la guerra contra el terrorismo. Los Estados se arrogan el derecho de ejercer una opresión casi fascista dentro de sus fronteras y fuera de ellas con el pretexto de combatir al terrorismo. Eso resulta contraproducente y exacerba los odios y el repudio hacia sistemas políticos que recortan las libertades a sus ciudadanos.
La intolerancia racial, religiosa, cultural o social, en nada contribuye. Humberto Eco dijo que cuando la intolerancia se convierte en teoría, ya es demasiado tarde para derrotarla, y quienes deberían domesticarla ya se han convertido en sus víctimas privilegiadas.
Los terroristas no responden a normas racionales, porque el terrorismo es intrínsecamente irracional. No subyace sobre normas de ética por la responsabilidad humana hacia los semejantes. Lo único que vale es su propio grupo de pertenencia. Eso los diferencia del resto de la especie humana.
El género humano se identifica con el sufrimiento ajeno, porque le es común. Los seres humanos reconocen el hambre, el abandono, la soledad y la incomprensión. Las luchas contra las arbitrariedades de los más fuertes y el autoritarismo, las guerras de liberación y por la soberanía, las batallas contra el coloniaje y toda forma de dominación, son proyectos que encuentran resonancia en el conjunto de la humanidad.
Estudiosos del comportamiento humano y filósofos coinciden en que la crisis de valores en las sociedades contemporáneas, principalmente las occidentales, es el mejor aliado del terrorismo y su secuela de carnicerías descontroladas. La profunda desorientación moral, la crisis espiritual, que golpea por igual a ricos y pobres, pero que en estos últimos es más dramática por el agotador ejercicio diario de luchar por la sobrevivencia, está dejando sin sustancia al ser humano.
En la recta final de una prolongada campaña electoral y en el ocaso de un gobierno desgasto por el ejercicio del poder, pareciera imponerse en Panamá la insensibilidad social y el cinismo político. Mareados por las ambiciones políticas, la mayoría de los candidatos desconoce la virtud de la ética, mucho menos el valor de la convivencia social, dentro del cual sobresale el debate de las ideas sin descalificar ni tratar de anular al adversario.
El Estado panameño ha logrado integrar su territorio con la recuperación del canal y sus áreas adyacentes, se han sucedido tres gobiernos civiles en el poder, pero la población requiere la reconstrucción de un horizonte de valores, afianzar la sensibilidad colectiva, fortalecer la idea de pertenencia y darle carácter de homogeneidad a la nación. La tarea de forjar una visión compartida del país, capaz de cobijar a todos los panameños en igualdad de condiciones, no es solamente de los políticos, sino de la sociedad en su conjunto.
Sin embargo, además de tratar de denigrar la política, sin ocultar que en ciertos casos sus protagonistas se cobijan con la cultura del engaño, muchos de los que se arrogan algún grado de liderazgo social tampoco son exponentes de una agenda en la que sobresale el bien común.
Las señales que da el surgimiento del megaterrorismo, es un llamado a rescatar la nobleza y la razón del ser humano. Nacer, crecer, reproducirse y ahogarse en el consumo, el materialismo y el exhibicionismo, en un país donde la mitad de la población no tiene solucionados sus problemas fundamentales, no satisface el destino de los panameños.
En tiempos de elecciones es un buen momento para que los candidatos y la sociedad panameña se reencuentren con la meta de contribuir a arraigar y extender la comprensión de la democracia.
La democracia se consolida con ciudadanos demócratas. La tolerancia, el espíritu crítico y la vocación solidaria, es lo que marca la separación entre un conjunto de seres insensibles, cual muertos que caminan, y un país integrado por prójimos que comparten convicciones vitales e ideales comunes.
Un congreso de filósofos políticos reunidos en Potsdam a comienzos de marzo concluyó que el verdadero peligro no es el terrorismo, sino la guerra contra el terrorismo. Los Estados se arrogan el derecho de ejercer una opresión casi fascista dentro de sus fronteras y fuera de ellas con el pretexto de combatir al terrorismo. Eso resulta contraproducente y exacerba los odios y el repudio hacia sistemas políticos que recortan las libertades a sus ciudadanos.
La intolerancia racial, religiosa, cultural o social, en nada contribuye. Humberto Eco dijo que cuando la intolerancia se convierte en teoría, ya es demasiado tarde para derrotarla, y quienes deberían domesticarla ya se han convertido en sus víctimas privilegiadas.
Los terroristas no responden a normas racionales, porque el terrorismo es intrínsecamente irracional. No subyace sobre normas de ética por la responsabilidad humana hacia los semejantes. Lo único que vale es su propio grupo de pertenencia. Eso los diferencia del resto de la especie humana.
El género humano se identifica con el sufrimiento ajeno, porque le es común. Los seres humanos reconocen el hambre, el abandono, la soledad y la incomprensión. Las luchas contra las arbitrariedades de los más fuertes y el autoritarismo, las guerras de liberación y por la soberanía, las batallas contra el coloniaje y toda forma de dominación, son proyectos que encuentran resonancia en el conjunto de la humanidad.
Estudiosos del comportamiento humano y filósofos coinciden en que la crisis de valores en las sociedades contemporáneas, principalmente las occidentales, es el mejor aliado del terrorismo y su secuela de carnicerías descontroladas. La profunda desorientación moral, la crisis espiritual, que golpea por igual a ricos y pobres, pero que en estos últimos es más dramática por el agotador ejercicio diario de luchar por la sobrevivencia, está dejando sin sustancia al ser humano.
En la recta final de una prolongada campaña electoral y en el ocaso de un gobierno desgasto por el ejercicio del poder, pareciera imponerse en Panamá la insensibilidad social y el cinismo político. Mareados por las ambiciones políticas, la mayoría de los candidatos desconoce la virtud de la ética, mucho menos el valor de la convivencia social, dentro del cual sobresale el debate de las ideas sin descalificar ni tratar de anular al adversario.
El Estado panameño ha logrado integrar su territorio con la recuperación del canal y sus áreas adyacentes, se han sucedido tres gobiernos civiles en el poder, pero la población requiere la reconstrucción de un horizonte de valores, afianzar la sensibilidad colectiva, fortalecer la idea de pertenencia y darle carácter de homogeneidad a la nación. La tarea de forjar una visión compartida del país, capaz de cobijar a todos los panameños en igualdad de condiciones, no es solamente de los políticos, sino de la sociedad en su conjunto.
Sin embargo, además de tratar de denigrar la política, sin ocultar que en ciertos casos sus protagonistas se cobijan con la cultura del engaño, muchos de los que se arrogan algún grado de liderazgo social tampoco son exponentes de una agenda en la que sobresale el bien común.
Las señales que da el surgimiento del megaterrorismo, es un llamado a rescatar la nobleza y la razón del ser humano. Nacer, crecer, reproducirse y ahogarse en el consumo, el materialismo y el exhibicionismo, en un país donde la mitad de la población no tiene solucionados sus problemas fundamentales, no satisface el destino de los panameños.
En tiempos de elecciones es un buen momento para que los candidatos y la sociedad panameña se reencuentren con la meta de contribuir a arraigar y extender la comprensión de la democracia.
La democracia se consolida con ciudadanos demócratas. La tolerancia, el espíritu crítico y la vocación solidaria, es lo que marca la separación entre un conjunto de seres insensibles, cual muertos que caminan, y un país integrado por prójimos que comparten convicciones vitales e ideales comunes.