Panamá está enferma
Y el consuelo no está en decir que otros países también lo están. En el camino hacia el centenario como República nos quedamos sin saber salir de las encrucijadas y, lejos de aprovechar las oportunidades surgidas para ser capaces de empinarnos por encima de la mediocridad, los principales responsables de las organizaciones -partidistas o no-, optaron por desatender la enseñanza del caudillo santeño: "La Ley de la democracia es la renovación y el cambio".
Panamá vive bajo un equilibrio político débil y confuso. Panamá es, en realidad, un sistema político cada día más corrompido y caótico que tiene sólo aspecto exterior de democracia. De una democracia que no tiene nada de representativa y menos de participativa, pero ello no le impide a los gobernantes (de ayer y de hoy) los aeróbicos verbales para hacernos creer que son demócratas. La mayoría de los panameños sabemos más o menos cuán grande e inmenso es el desprecio por la voluntad popular solamente comparable con las ganancias ilícitas.
La situación amerita una mayor dedicación ciudadana pero ésta no se da. Se pregunta uno -al analizar a la luz de Reich o Fromm- la naturaleza de la situación: ¿Es una neurosis colectiva que no logra curarse del régimen totalitario que imperó por 21 años? ¿Es un mecanismo de fuga de origen sadomasoquista?
El Organo Legislativo está realmente desacreditado y las últimas noticias sobre el "botellerío" en contratos por más de diez millones de balboas lo desprestigia más. Sin embargo, por nada del mundo se despojan de los crecientes privilegios que disfrutan los principales y suplentes.
El Organo Judicial y el Ministerio Público se deterioran tanto por el mal que hacen como por el mal que ocultan. Los ciudadanos privados de protecciones políticas son víctimas de una injusticia patente. ¡Mirad las cárceles!!! ¿Qué hogar panameño no ha pasado o pasa por las secuelas de la violación cotidiana del debido proceso o de la presunción de inocencia?
El Organo Ejecutivo abanderó la corrupción durante los últimos cinco años y las disputas, los altercados, las difamaciones que apadrinó, reflejan sólo el estado de explosiva putrefacción de la vida pública y social. Su creciente degradación no parece que mejorará por muchas frases "pegajosas" a las que recurra.
Los males de la vida política han atacado a todas las instituciones. Los partidos políticos han suplantado y corrompido los servicios públicos bajo la premisa de que "el fin justifica los medios". Los funcionarios, en su gran mayoría, satisfacen sólo los apetitos de los politiqueros para quienes todo es posible y por ello actúan con total impunidad. La administración satisface las pretensiones más ilicítas. La depravación y la corrupción han creado una situación intolerable.
El interés general, el destino colectivo de la Patria y la búsqueda de un porvenir mejor para la nación son consideraciones abiertamente ignoradas. El Estado en lugar de servir al pueblo se ha convertido en un instrumento al servicio del feudalismo partidista. El caso del Seguro Social es una referencia obligada: los trabajadores del país y los patronos responsables pagan cuotas para recibir cada día un servicio más deplorable, porque los recursos, según se nos dice, no alcanzan. Decenas de miles de adultos mayores jubilados reciben ridículas jubilaciones o pensiones con las que no pueden vivir sino sobrevivir.
En Panamá, más de 300 mil hogares tienen ingresos familiares inferiores a los 250 balboas mensuales. Más de la mitad de ellos tiene un ingreso familiar inferior a cien balboas mensuales y dentro de estos 150 mil, ¡más del 10% son "hogares" integrados por diez personas o más!
El déficit fiscal -nos confiesan los del nuevo gobierno-, es inmenso. Pero nada nos dicen de unos cuantos empresarios que reciben CATS, subsidios, exoneraciones y cuanto beneficio se les haya ocurrido en los cien años de República. El pueblo paga impuestos por todo lo que compra y ya se nos previene que habrá que pagar más impuestos. Pero también más por las comida, más por las medicinas, más por la educación, más por la gasolina, más por la electricidad, más por los teléfonos. Más por todo... pero también más por menos. Menos cantidad, menos calidad, menos eficiencia, menos eficacia, menos democracia.
Así las cosas, los clásicos pescadores en río revuelto rechazan la necesidad de una Asamblea Nacional Constituyente, el antídoto más democrático, más pacífico, más participativo para nuestra enfermedad.
Panamá vive bajo un equilibrio político débil y confuso. Panamá es, en realidad, un sistema político cada día más corrompido y caótico que tiene sólo aspecto exterior de democracia. De una democracia que no tiene nada de representativa y menos de participativa, pero ello no le impide a los gobernantes (de ayer y de hoy) los aeróbicos verbales para hacernos creer que son demócratas. La mayoría de los panameños sabemos más o menos cuán grande e inmenso es el desprecio por la voluntad popular solamente comparable con las ganancias ilícitas.
La situación amerita una mayor dedicación ciudadana pero ésta no se da. Se pregunta uno -al analizar a la luz de Reich o Fromm- la naturaleza de la situación: ¿Es una neurosis colectiva que no logra curarse del régimen totalitario que imperó por 21 años? ¿Es un mecanismo de fuga de origen sadomasoquista?
El Organo Legislativo está realmente desacreditado y las últimas noticias sobre el "botellerío" en contratos por más de diez millones de balboas lo desprestigia más. Sin embargo, por nada del mundo se despojan de los crecientes privilegios que disfrutan los principales y suplentes.
El Organo Judicial y el Ministerio Público se deterioran tanto por el mal que hacen como por el mal que ocultan. Los ciudadanos privados de protecciones políticas son víctimas de una injusticia patente. ¡Mirad las cárceles!!! ¿Qué hogar panameño no ha pasado o pasa por las secuelas de la violación cotidiana del debido proceso o de la presunción de inocencia?
El Organo Ejecutivo abanderó la corrupción durante los últimos cinco años y las disputas, los altercados, las difamaciones que apadrinó, reflejan sólo el estado de explosiva putrefacción de la vida pública y social. Su creciente degradación no parece que mejorará por muchas frases "pegajosas" a las que recurra.
Los males de la vida política han atacado a todas las instituciones. Los partidos políticos han suplantado y corrompido los servicios públicos bajo la premisa de que "el fin justifica los medios". Los funcionarios, en su gran mayoría, satisfacen sólo los apetitos de los politiqueros para quienes todo es posible y por ello actúan con total impunidad. La administración satisface las pretensiones más ilicítas. La depravación y la corrupción han creado una situación intolerable.
El interés general, el destino colectivo de la Patria y la búsqueda de un porvenir mejor para la nación son consideraciones abiertamente ignoradas. El Estado en lugar de servir al pueblo se ha convertido en un instrumento al servicio del feudalismo partidista. El caso del Seguro Social es una referencia obligada: los trabajadores del país y los patronos responsables pagan cuotas para recibir cada día un servicio más deplorable, porque los recursos, según se nos dice, no alcanzan. Decenas de miles de adultos mayores jubilados reciben ridículas jubilaciones o pensiones con las que no pueden vivir sino sobrevivir.
En Panamá, más de 300 mil hogares tienen ingresos familiares inferiores a los 250 balboas mensuales. Más de la mitad de ellos tiene un ingreso familiar inferior a cien balboas mensuales y dentro de estos 150 mil, ¡más del 10% son "hogares" integrados por diez personas o más!
El déficit fiscal -nos confiesan los del nuevo gobierno-, es inmenso. Pero nada nos dicen de unos cuantos empresarios que reciben CATS, subsidios, exoneraciones y cuanto beneficio se les haya ocurrido en los cien años de República. El pueblo paga impuestos por todo lo que compra y ya se nos previene que habrá que pagar más impuestos. Pero también más por las comida, más por las medicinas, más por la educación, más por la gasolina, más por la electricidad, más por los teléfonos. Más por todo... pero también más por menos. Menos cantidad, menos calidad, menos eficiencia, menos eficacia, menos democracia.
Así las cosas, los clásicos pescadores en río revuelto rechazan la necesidad de una Asamblea Nacional Constituyente, el antídoto más democrático, más pacífico, más participativo para nuestra enfermedad.