Panamá, tierra de pícaros
Los promotores de uno de los formidables edificios que serán levantados en la avenida Balboa andan repartiendo sobres con dinero a los periodistas. Cuando se les preguntó por qué fomentaban la corrupción, contestaron algo así como que les salía más barato asestar el primer golpe, que esperar a que los reporteros les pidieran la coima.
Esa es Panamá: terca y pendenciera..., caprichosa y truhana.
No voy a lanzarme a las aguas sin fondo de una discusión moral, pero el episodio me sirve para intentar retratarnos de cuerpo entero.
Sabrá Dios de dónde nos viene tanta afición por lo torcido. Me imagino que ya en los tiempos de las ferias de Portobelo, en el siglo diecisiete, era común el timo, la trampa y ese regateo impetuoso que tanto se parece al duelo con puñales.
Hace unos días fui testigo cuando dos sujetos en un carro viejo se birlaron el extintor de una estación de combustible. Cuando llegué, uno de ellos estaba echando gasolina al carromato, mientras el otro se mantenía al volante. A la velocidad de la luz el tipo de afuera quitó el seguro al soporte donde estaba el cilindro, lo metió en el desvencijado vehículo, y se dieron a la fuga asfixiados por la risa. Habían pagado un dólar por el servicio.
"Panamá la terca", pensé.
Cuando supe lo de los sobres con dinero en el monumental edificio de avenida Balboa, no resistí pensar que algo malo ocultaban, y por eso la compra de reporteros. Luego vino la explicación de que, contra los periodistas, la mejor defensa es el ataque, y me sentí náufrago.
No sé por qué pensé que alguien de mi familia se estaba robando el extintor en medio de un incendio.
Esa es Panamá: terca y pendenciera..., caprichosa y truhana.
No voy a lanzarme a las aguas sin fondo de una discusión moral, pero el episodio me sirve para intentar retratarnos de cuerpo entero.
Sabrá Dios de dónde nos viene tanta afición por lo torcido. Me imagino que ya en los tiempos de las ferias de Portobelo, en el siglo diecisiete, era común el timo, la trampa y ese regateo impetuoso que tanto se parece al duelo con puñales.
Hace unos días fui testigo cuando dos sujetos en un carro viejo se birlaron el extintor de una estación de combustible. Cuando llegué, uno de ellos estaba echando gasolina al carromato, mientras el otro se mantenía al volante. A la velocidad de la luz el tipo de afuera quitó el seguro al soporte donde estaba el cilindro, lo metió en el desvencijado vehículo, y se dieron a la fuga asfixiados por la risa. Habían pagado un dólar por el servicio.
"Panamá la terca", pensé.
Cuando supe lo de los sobres con dinero en el monumental edificio de avenida Balboa, no resistí pensar que algo malo ocultaban, y por eso la compra de reporteros. Luego vino la explicación de que, contra los periodistas, la mejor defensa es el ataque, y me sentí náufrago.
No sé por qué pensé que alguien de mi familia se estaba robando el extintor en medio de un incendio.