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¡Panamá verde!


Esta exclamación de "Panamá la verde", tan espontánea y cargada de asombro y admiración, la manifestó el novelista español Vicente Blasco Ibáñez, a su paso por el Istmo de Panamá en la década del 20 del siglo XX. Los primeros exploradores del istmo se habían referido al verdor de Veraguas, cuyo matiz les llamó poderosamente la atención. Fue tal el impacto que motivó la frase del autor de novelas muy conocidas en el ámbito cultural panameño, como "Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis", "La Barraca", "Sangre y Arena", y tantas otras obras suyas que expresan un profundo respeto a la Naturaleza. Todavía para esa época, nuestro territorio se caracterizaba por un abundante y frondosa vegetación que se distribuía en verdes y copiosos bosques, en amplias y ricas llanuras que eran la delicia de los panameños que habían tenido la fortuna de haber nacido aquí, y así poder disfrutar de la generosidad de la Providencia, así como este regalo de la madre Naturaleza.

Pero, la maldad humana parece llevar la delantera en cuanto a ejecutar sus torvos y groseros designios; se han instalado y atrincherado en nuestro país fuerzas y grupos muy poderosos dispuestos a todo, incluso ir contra la salud y hasta la vida de los habitantes de Panamá, o si no, a sacar el máximo beneficio y el mayor provecho, mediante la explotación más irracional de estas tierras con sus grandes riquezas minerales, de sus bosques y sus praderas, arrasando con sus mejores y más productivos bosques, envenenando las aguas de ríos, quebradas, lagos y arroyuelos, en función de un supuesto progreso y que en el fondo implica el desalojo obligatorio de cientos de familias campesinas, y todo ellosin los más elementales escrúpulos morales. Es éste un asunto de no poca monta, y merece ser bien meditado. No es responsabilidad sólo del grupo gobernante y cuyas funciones en este problema es francamente desolador y con una gran carga de manifiesta irresponsabilidad que raya en el delito; es una cuestión que a todos los nacionales les corresponde considerar con mucha seriedad, sobre todo, porque va en ellos el destino y el porvenir de nuestra propia y vial existencia.

Con sólo considerar que grupos y corporaciones transnacionales -que no sienten afecto por nuestra nación-, están erosionando ya vastas extensiones de tierra del país con sus criminales proyectos "a cielo abierto", con embalses y represas sin considerar factores como estudios científicos de impacto ambiental. El progreso debe ser entendido e interpretado desde un estricto punto de vista humanista. Las transnacionales, operando sin Dios y sin Ley, son una amenaza causando daños ecológicos irreversibles; estos daños ecológicos significan escasez de agua potable, envenenamiento de ríos, quebradas y lagos, amén que la desaparición de cientos de especies vegetales y de animales. Asimismo, cuando hablamos aquí de los "daños irreversibles", nos estamos refiriendo a que los territorios que son hoy despojados de su verdor, sus aguas, sus mimas y sus gentes, ésos no volverán. ¿Qué dirían los primeros españoles que llegaron al istmo, admiradores del verdor veragüense, y Vicente Blasco Ibáñez, ante el tétrico espectáculo de ese Panamá la verde que él tanto embelesó?

101 años de Panamá América

 
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