Panamá y sus aguas inseguras (II)
La falta de seguridad en ciertas instalaciones que tienen piscinas, es la nota característica.
En un escrito anterior, publicado el pasado domingo, mencionamos la inseguridad de nuestras aguas recreativas de playas, que son las más peligrosas por la ausencia de políticas efectivas de vigilancia en las mismas, mucho más al inicio de cada año cuando hay un desplazamiento masivo de turistas locales a estos lugares. Pero si en las playas llueve, en las piscinas no escampa.
¿Qué tienen en común María Luisa Hurtado, Luz Gabriela Ortiz y José María Villar, entre otros? Además de que no se conocieron, ni estuvieron relacionados de alguna manera, estos niños son víctimas fatales de la ausencia de medidas de seguridad, tales como proveer y procurar la presencia de personas entrenadas en salvamento acuático en los balnearios de piscina de todo el país.
María Luisa Hurtado falleció iniciando las vacaciones de medio año del 2003 en una piscina de un centro en Chilibre, sin que hubiese guardavidas para auxiliarla. Dos meses después, lo mismo ocurrió a Luz Gabriela Ortiz, en Las Cumbres.
Hace unos pocos meses atrás murió una niña en un balneario en Arraiján, y más recientemente el niño José María Villar se ahogó en Cerro Azul.
La falta de seguridad en ciertas instalaciones que poseen piscinas, sobre todo en los hoteles, es la nota característica.
El Decreto No. 382 de 1964, en su artículo 16, indica que en las piscinas debe haber alguien encargado de la seguridad de los bañistas. Cómo es posible que de 35 hoteles de la ciudad capital que tienen piscinas, sólo siete tienen guardavidas, y no todos están equipados adecuadamente.
Esto no solo se da en las piscinas privadas, también en las administradas por el Estado, donde el personal que se encuentran en ellas no tienen la acreditación, por ende, no poseen el entrenamiento como guardavidas, y en las pocas que sí los tienen, éstos carecen de los equipos básicos para dar un servicio acorde.
A ello adicionamos la mala calidad del agua encontrada en algunas piscinas, en las que no se les da el tratamiento químico adecuado o donde las máquinas que hacen el trabajo de filtrado y limpieza no funcionan. Estos hechos, pueden terminar en infecciones de la piel, de los ojos o posibles afecciones digestivas.
Hay quienes toman la medida, una o dos veces a la semana, ante el desperfecto de las máquinas para su limpieza, de vaciar un poco la piscina, vuelven a llenarla y le echan algunos químicos. Esto no es garantía de que el agua cumpla con el mínimo de salubridad.
Si usted visita los lugares donde no se ve claramente el fondo de la piscina, ya sea que desde la superficie el agua se vea turbia, verdosa o lechosa, las paredes tienen el mismo aspecto verdoso, no hay nadie identificado y acreditado como guardavidas que vele por su seguridad, y le cobran por entrar, usted tiene todo el derecho de verificar y reclamar por ello o retirarse; pero, más que todo, tiene el deber de denunciar la inseguridad o insalubridad de la instalación para que otros no se vean afectados.
Uno de los principales problemas que existe y persiste en nuestro país es que para todo hay leyes, pero no hay quienes las hagan cumplir.
El Gobierno, bajo ninguna administración, ha mostrado mucha inquietud en asuntos como éste, y esas instalaciones se mofan de nuestra preocupación.
Está comprobado que tienen que pasar incidentes como los del autobús que se incendió el 23 de octubre de 2006, para que entonces la casta gobernante decida tomar medidas de urgencia y ver cómo "aparentan" resolver una situación que pudo ser prevenida, más que todo cuando se hacen denuncias como la presente.
Gandhi dijo: "Lo más atroz de lo malo de la gente mala es el silencio de la gente buena". No podemos quedarnos callarnos y seguir viendo cómo se hacen mal las cosas, cómo hay quienes se lucran a costa de la inseguridad e insalubridad de las instalaciones; pero mientras no haya argumento legal que sustente la labor de los guardavidas seguirá Panamá con sus aguas inseguras.
(*) Presidente Ejecutivo, Asociación de Guardavidas de Panamá.
En un escrito anterior, publicado el pasado domingo, mencionamos la inseguridad de nuestras aguas recreativas de playas, que son las más peligrosas por la ausencia de políticas efectivas de vigilancia en las mismas, mucho más al inicio de cada año cuando hay un desplazamiento masivo de turistas locales a estos lugares. Pero si en las playas llueve, en las piscinas no escampa.
¿Qué tienen en común María Luisa Hurtado, Luz Gabriela Ortiz y José María Villar, entre otros? Además de que no se conocieron, ni estuvieron relacionados de alguna manera, estos niños son víctimas fatales de la ausencia de medidas de seguridad, tales como proveer y procurar la presencia de personas entrenadas en salvamento acuático en los balnearios de piscina de todo el país.
María Luisa Hurtado falleció iniciando las vacaciones de medio año del 2003 en una piscina de un centro en Chilibre, sin que hubiese guardavidas para auxiliarla. Dos meses después, lo mismo ocurrió a Luz Gabriela Ortiz, en Las Cumbres.
Hace unos pocos meses atrás murió una niña en un balneario en Arraiján, y más recientemente el niño José María Villar se ahogó en Cerro Azul.
La falta de seguridad en ciertas instalaciones que poseen piscinas, sobre todo en los hoteles, es la nota característica.
El Decreto No. 382 de 1964, en su artículo 16, indica que en las piscinas debe haber alguien encargado de la seguridad de los bañistas. Cómo es posible que de 35 hoteles de la ciudad capital que tienen piscinas, sólo siete tienen guardavidas, y no todos están equipados adecuadamente.
Esto no solo se da en las piscinas privadas, también en las administradas por el Estado, donde el personal que se encuentran en ellas no tienen la acreditación, por ende, no poseen el entrenamiento como guardavidas, y en las pocas que sí los tienen, éstos carecen de los equipos básicos para dar un servicio acorde.
A ello adicionamos la mala calidad del agua encontrada en algunas piscinas, en las que no se les da el tratamiento químico adecuado o donde las máquinas que hacen el trabajo de filtrado y limpieza no funcionan. Estos hechos, pueden terminar en infecciones de la piel, de los ojos o posibles afecciones digestivas.
Hay quienes toman la medida, una o dos veces a la semana, ante el desperfecto de las máquinas para su limpieza, de vaciar un poco la piscina, vuelven a llenarla y le echan algunos químicos. Esto no es garantía de que el agua cumpla con el mínimo de salubridad.
Si usted visita los lugares donde no se ve claramente el fondo de la piscina, ya sea que desde la superficie el agua se vea turbia, verdosa o lechosa, las paredes tienen el mismo aspecto verdoso, no hay nadie identificado y acreditado como guardavidas que vele por su seguridad, y le cobran por entrar, usted tiene todo el derecho de verificar y reclamar por ello o retirarse; pero, más que todo, tiene el deber de denunciar la inseguridad o insalubridad de la instalación para que otros no se vean afectados.
Uno de los principales problemas que existe y persiste en nuestro país es que para todo hay leyes, pero no hay quienes las hagan cumplir.
El Gobierno, bajo ninguna administración, ha mostrado mucha inquietud en asuntos como éste, y esas instalaciones se mofan de nuestra preocupación.
Está comprobado que tienen que pasar incidentes como los del autobús que se incendió el 23 de octubre de 2006, para que entonces la casta gobernante decida tomar medidas de urgencia y ver cómo "aparentan" resolver una situación que pudo ser prevenida, más que todo cuando se hacen denuncias como la presente.
Gandhi dijo: "Lo más atroz de lo malo de la gente mala es el silencio de la gente buena". No podemos quedarnos callarnos y seguir viendo cómo se hacen mal las cosas, cómo hay quienes se lucran a costa de la inseguridad e insalubridad de las instalaciones; pero mientras no haya argumento legal que sustente la labor de los guardavidas seguirá Panamá con sus aguas inseguras.
(*) Presidente Ejecutivo, Asociación de Guardavidas de Panamá.