Pandillerismo nefasto
La sociedad se resiente cada vez más ante las acometidas que la delincuencia juvenil presenta, con su secuela de heridos, muertos, robos y violaciones carnales, de lo cual han hecho los magnates de las pandillas una especie de prueba de compromiso para insertarse en el grupo y demostrar capacidad para ejecutar cualquier acto delictivo.
Preocupante es que ante el insólito crecimiento de las pandillas, los padres de sus integrantes no disuadan a sus hijos para que abandonen esa conducta perjudicial, peligrosa y nefasta, que los conduce a un final triste, luego de someterlos al ostracismo social en que viven.
Censurable al más alto nivel es el hecho acontecido en la ciudad de Las Tablas, cuando sin freno moral de ninguna especie, sin temor al linchamiento y menos aún, sin preocupación por las consecuencias del acto, un menor de edad, miembro de una renombrada pandilla, dio muerte a otro no menos conocido en el mundo de la delincuencia juvenil.
El hecho como tal no es una novedad, ni habría tenido la trascendencia alcanzada, a no ser por el escenario escogido, la ocasión del evento celebrado y el acto riesgo en que se colocó a miles de inocentes concurrentes al lugar.
La fuga inexplicable de quien realiza semejante hazaña en un sitio tan poblado de personas de todo tipo, con miembros de la seguridad pública en el entorno, invita a la reflexión sobre la osadía de quienes hacen del crimen un modus vivendi.
Resulta inexplicable que estos mozalbetes hayan tenido cuentas pendientes, que a su corta edad, sólo es posible si responden a exigencias de quienes los explotan y los instruyen sobre el modo de proceder, con independencia de la justificación de lo que deben hacer.
Las amenazas proferidas por la progenitora del infortunado fallecido, ponen de relieve la decisión de ajustar cuentas a corto o mediano plazo, lo que de seguro agravará las rencillas existentes, al tiempo que pone en alerta al grupo contendor, que no descartará mecanismo propicio para demostrar su superioridad en el pandillerismo nefasto.
Quedan vigentes las advertencias tan publicitadas, que han llamado la atención de la sociedad entera, que recrimina el crimen, censura al delincuente y castiga a los protectores de criminales, pero que en estos instantes muestra la fragilidad de los procedimientos hasta ahora empleados en ésta tarea.
Al recurrir a la venganza directa, se desconoce la efectividad de la justicia y de la protección que deben brindar el estamento público a los ciudadanos.
No acudir a las autoridades y abrogarse la facultad de hacerse justicia por sí misma, ubica a la adolorida madre en un sitial de desconfianza y de impotencia al mismo tiempo.
Quizás con la seguridad de un castigo ejemplar y de su tranquilidad futura, se puede persuadir a las partes para deponer sus actitudes y convivir con el rescate de los valores cívicos y morales no sólo perdidos, sino desconocidos para muchos.
Preocupa realmente la tonalidad que vienen tomando las reclamaciones, las venganzas y los ajustes entre los pandilleros.
Urge una acción enérgica que desaliente la creciente incursión en el pandillerismo, para lo cual es imprescindible revisar el Código de la Familia y del Menor, para encontrar mayor capacidad de respuesta en lo legal, a las acciones delictivas, hasta ahora impunes, en las que participan los menores de edad, erróneamente protegidos por una legislación desfasada, que parece regular conductas de los primeros años del pasado siglo, cuando la autoridad paterna, educativa, religiosa y policiva, gozaban del respeto y obediencia pública.
Los tiempos han cambiado y la minoría de edad penetra en actos peligrosos, que ni los propios adultos osarían realizar.
En Panamá seamos conscientes de la responsabilidad que nos corresponde ante la gravedad de los hechos analizados en este artículo, porque solamentelo de esta forma, pondremos un freno al pandillerismo nefasto que cobra fuerzas entre nuestros adolescentes.
Preocupante es que ante el insólito crecimiento de las pandillas, los padres de sus integrantes no disuadan a sus hijos para que abandonen esa conducta perjudicial, peligrosa y nefasta, que los conduce a un final triste, luego de someterlos al ostracismo social en que viven.
Censurable al más alto nivel es el hecho acontecido en la ciudad de Las Tablas, cuando sin freno moral de ninguna especie, sin temor al linchamiento y menos aún, sin preocupación por las consecuencias del acto, un menor de edad, miembro de una renombrada pandilla, dio muerte a otro no menos conocido en el mundo de la delincuencia juvenil.
El hecho como tal no es una novedad, ni habría tenido la trascendencia alcanzada, a no ser por el escenario escogido, la ocasión del evento celebrado y el acto riesgo en que se colocó a miles de inocentes concurrentes al lugar.
La fuga inexplicable de quien realiza semejante hazaña en un sitio tan poblado de personas de todo tipo, con miembros de la seguridad pública en el entorno, invita a la reflexión sobre la osadía de quienes hacen del crimen un modus vivendi.
Resulta inexplicable que estos mozalbetes hayan tenido cuentas pendientes, que a su corta edad, sólo es posible si responden a exigencias de quienes los explotan y los instruyen sobre el modo de proceder, con independencia de la justificación de lo que deben hacer.
Las amenazas proferidas por la progenitora del infortunado fallecido, ponen de relieve la decisión de ajustar cuentas a corto o mediano plazo, lo que de seguro agravará las rencillas existentes, al tiempo que pone en alerta al grupo contendor, que no descartará mecanismo propicio para demostrar su superioridad en el pandillerismo nefasto.
Quedan vigentes las advertencias tan publicitadas, que han llamado la atención de la sociedad entera, que recrimina el crimen, censura al delincuente y castiga a los protectores de criminales, pero que en estos instantes muestra la fragilidad de los procedimientos hasta ahora empleados en ésta tarea.
Al recurrir a la venganza directa, se desconoce la efectividad de la justicia y de la protección que deben brindar el estamento público a los ciudadanos.
No acudir a las autoridades y abrogarse la facultad de hacerse justicia por sí misma, ubica a la adolorida madre en un sitial de desconfianza y de impotencia al mismo tiempo.
Quizás con la seguridad de un castigo ejemplar y de su tranquilidad futura, se puede persuadir a las partes para deponer sus actitudes y convivir con el rescate de los valores cívicos y morales no sólo perdidos, sino desconocidos para muchos.
Preocupa realmente la tonalidad que vienen tomando las reclamaciones, las venganzas y los ajustes entre los pandilleros.
Urge una acción enérgica que desaliente la creciente incursión en el pandillerismo, para lo cual es imprescindible revisar el Código de la Familia y del Menor, para encontrar mayor capacidad de respuesta en lo legal, a las acciones delictivas, hasta ahora impunes, en las que participan los menores de edad, erróneamente protegidos por una legislación desfasada, que parece regular conductas de los primeros años del pasado siglo, cuando la autoridad paterna, educativa, religiosa y policiva, gozaban del respeto y obediencia pública.
Los tiempos han cambiado y la minoría de edad penetra en actos peligrosos, que ni los propios adultos osarían realizar.
En Panamá seamos conscientes de la responsabilidad que nos corresponde ante la gravedad de los hechos analizados en este artículo, porque solamentelo de esta forma, pondremos un freno al pandillerismo nefasto que cobra fuerzas entre nuestros adolescentes.