Panorama 2014: Primeras escaramuzas
Con la instalación de la Comisión de Reformas Electorales, se inició el nuevo “curso político” que culminará con las elecciones del 2014. Sus “deliberaciones”, un círculo vicioso que se repite cada cinco años, supuestamente, “contribuirán a fortalecer” nuestra democracia mediante la revisión del Código Electoral.
Ha trascendido que entre los temas que se abordarán están la reducción de 10 a 5 años de la veda para la reelección presidencial; la celebración en fechas distintas de las elecciones presidenciales y de diputados; y la introducción de la doble vuelta para la elección presidencial.
Los dos primeros son materia constitucional y la comisión carece de competencia para decidir sobre ellos; la doble vuelta podría ser discutida en la comisión, pero no es estrictamente necesario.
Los medios dan cuenta de que en las primeras escaramuzas, cuando tocaba aprobar el reglamento para las sesiones, los partidos impusieron sus criterios sesgados para asegurarse ventajas en el desarrollo de los debates. De poco valieron las protestas de los representantes de los sectores no partidarios. Los voceros de los partidos, con el silencio cómplice del Tribunal, dejaron en claro, y para que no se alienten ilusiones, que ellos tienen la sartén por el mango y ninguna intención de soltarla.
No aliento esperanzas de que los interminables debates de la comisión produzcan algo concreto y positivo para mejorar sustancialmente nuestra renqueante democracia. Mientras los partidos, con la complicidad del TE, controlen y decidan qué se reforma, difícilmente se llegará a fondo. Aspectos esenciales, como la financiación transparente de las campañas, los multimillonarios y absurdos subsidios electorales o el sistema de elección de diputados por residuos, seguirán siendo manoseados pero nunca atacados con intenciones serias de cambiarlos.
Otra de las aberraciones que se ha entronizado en el sainete de las reformas es el control, de hecho, que sobre los tiempos y los contenidos ha asumido el Tribunal Electoral, en abierta extralimitación de sus funciones, y que llega hasta el absurdo de haberse atribuido derecho a voto. Y alarma que esto ocurre con la anuencia de las representaciones partidarias que, por conveniencia, parecen haber acordado que solamente la comisión tiene el derecho de proponer cambios al régimen electoral.
Aunque se hable de 50 propuestas que debatirá la comisión, las sustantivas, las que de verdad importan, son unas cuantas. Algunas de ellas, plenamente identificadas, podrían adoptarse sin necesidad de interminables debates que, por lo que se vislumbra, se prolongarán por varios años.
La doble vuelta, que no requiere una reforma constitucional, puede adoptarse por una ley que desarrolle el Artículo 177 de la Constitución. Este dice que el presidente será elegido por “la mayoría de votos”. La ley sólo tendría que aclarar, de manera muy escueta, que “la mayoría” es la mitad más uno de los votos válidos y que, si ninguno de los candidatos la alcanza, habrá una “segunda vuelta” en la que participarán los dos candidatos más votados en la primera vuelta.
La doble vuelta existe en casi todos los países latinoamericanos y, por tanto, no es necesario inventar el agua tibia; basta emular los textos adoptados por ellos.
Si el presidente Martinelli, que dice favorecer la doble vuelta, y su coalición gobernante quieren aprobarla, pueden hacerlo en una semana.