Papá, la tierra es humana
Todos los sábados acostumbro a limpiar el patio de mi casa. Mi hijo de seis años, decidió ayudarme aquel día. Con rastrillo en mano, y él con una escobita que le compramos mi compañera y yo, empezamos a recoger hojas de diferentes tipos, para luego embolsarlas y llevarlas a la basura. Después de recoger las hojas, descubrimos un cúmulo de tierra seca que el verano fue creando, dándole al patio, características no muy deseables. Decidimos barrer la tierra para hermosear más, ese pequeño pedazo de naturaleza que tenemos detrás de nuestro hogar.
Ambos barríamos la tierra, de repente surgió la primera pregunta: ¿Papá, es cierto que cuando uno se muere, se transforma en tierra?. No fue una pregunta de sorpresa para mí, inmediatamente le contesté que sí. Seguimos barriendo, y él con mucho cuidado limpiaba de forma pareja y uniforme, la tierra. La segunda pregunta, fue también, una respuesta que él se hacía... ¿Aquí, entonces, hay muchos hombres?. Al escucharle sentí, la orientación de sus palabras. La lógica que desarrollaba era muy interesante, conociendo su temprana formación. De repente surgió una tercera idea que me dejó perplejo y pensativo, hasta ahora, que escribo estas palabras. Papá, la tierra es humana.
El mensaje profundo que me enseñó mi hijo aquel día, hizo renacer en mí el humanismo que día a día perdemos. Pero también nos dio un mensaje para valorar la tierra, el ecosistema y la vida. Cuánta verdad en dos palabras. Una lógica profunda y de reflexión; un estremecimiento a todo aquel depredador que no le da valor a la naturaleza. Un mensaje de un niño que todavía no comprueba vivencialmente lo que está ocurriendo a su alrededor. Pero razona mejor, en contraposición a la gran mayoría de hombres que por sus acciones de antinaturaleza, se cuestiona su racionalidad humana y antihumana.
La tierra es humana, qué verdad tan grande y tan real. En ese pedacito de tierra... mi hijo, corroboró lo global. Seguimos barriendo, y desde aquel sábado no dejo de pensar, en cada momento, cuánta razón tiene mi hijo.
Ambos barríamos la tierra, de repente surgió la primera pregunta: ¿Papá, es cierto que cuando uno se muere, se transforma en tierra?. No fue una pregunta de sorpresa para mí, inmediatamente le contesté que sí. Seguimos barriendo, y él con mucho cuidado limpiaba de forma pareja y uniforme, la tierra. La segunda pregunta, fue también, una respuesta que él se hacía... ¿Aquí, entonces, hay muchos hombres?. Al escucharle sentí, la orientación de sus palabras. La lógica que desarrollaba era muy interesante, conociendo su temprana formación. De repente surgió una tercera idea que me dejó perplejo y pensativo, hasta ahora, que escribo estas palabras. Papá, la tierra es humana.
El mensaje profundo que me enseñó mi hijo aquel día, hizo renacer en mí el humanismo que día a día perdemos. Pero también nos dio un mensaje para valorar la tierra, el ecosistema y la vida. Cuánta verdad en dos palabras. Una lógica profunda y de reflexión; un estremecimiento a todo aquel depredador que no le da valor a la naturaleza. Un mensaje de un niño que todavía no comprueba vivencialmente lo que está ocurriendo a su alrededor. Pero razona mejor, en contraposición a la gran mayoría de hombres que por sus acciones de antinaturaleza, se cuestiona su racionalidad humana y antihumana.
La tierra es humana, qué verdad tan grande y tan real. En ese pedacito de tierra... mi hijo, corroboró lo global. Seguimos barriendo, y desde aquel sábado no dejo de pensar, en cada momento, cuánta razón tiene mi hijo.