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Paraguay: liberalizar o perecer


Asunción (AIPE) - "Las naciones del continente latinoamericano -decíamos en 1994- parecen compartir un trágico destino: Tocar fondo, para después iniciar las reformas y ajustes económicos". Y nos preguntábamos, sin muchas ilusiones: "¿Podrá el Paraguay escapar a ello?".
Hoy sabemos que no. El país continúa anclado en el estatismo que lo condenó al atraso durante décadas y esperará caer en la más profunda miseria para comenzar a liberalizar sus mercados. La economía atraviesa hoy una de las peores crisis de su historia, pero sus políticos aún no han decidido achicar el aparato estatal ni privatizar las empresas estatales. Por el contrario, han dispuesto un aumento del salario de los cientos de miles de funcionarios públicos, a pesar de que sólo para el pago de salarios del sector público ya se gasta más del 14% del PIB y el déficit fiscal para el 2000 podría trepar a 7% del PIB.
El Paraguay está en ruinas. La industria está paralizada. La desinversión es crítica. No se recupera la producción ni el empleo rural, a causa de la inseguridad jurídica y las invasiones de tierras. Miles de empresas y empleos se han destruido en cuatro años de recesión. El centro comercial de Ciudad del Este, que hasta unos años atrás figuraba entre los diez más grandes del mundo, junto a Hong Kong y Miami, está desapareciendo. Pero aún no se ha tocado fondo.
Para conseguirlo, los dirigentes políticos, sindicales y campesinos tienen previsto realizar huelgas generales, cierres de rutas y puentes, masivas invasiones de tierras y manifestaciones multitudinarias en los próximos días. Pero si la pobreza y el infortunio no parecen tener fin, la resignación de la gente para sufrir el inmovilismo, el despilfarro y la corrupción de los gobernantes que se enriquecen a expensas de su desgracia, sí tiene un límite. Más tarde o más temprano, si no se realizan las reformas y ajustes que se requieren urgentemente, y no se establece un duro plan de austeridad en el gobierno, el país sufrirá una explosión social con derivaciones imprevisibles para su democracia, sus libertades y el estado de derecho. Entonces habrá llegado al fondo.
La Argentina "tocó fondo" en 1989 con Alfonsín, que no quiso realizar las reformas y privatizaciones que el país precisaba. La economía era un caos. La inflación llegó al 200% mensual. La moneda fue sustituida por el trueque. Y se generalizaron el estancamiento, la inseguridad y el desempleo. No se podía invertir, producir, compra o vender. Se llegó a las ollas populares en las calles, a los asaltos masivos de tiendas y el robo de supermercados. Un espectáculo bochornoso para un país que alguna vez estuvo entre los diez países más ricos del mundo. Otro tanto ocurrió en Chile con Salvador Allende, en el Perú con Alan García y en Bolivia con Siles Zuazo.
Hoy, el gobierno de Luís González Macchi enfrenta una alternativa de hierro: o liberaliza la economía o desaparece. En todo caso, la liberalización es inevitable. O lo hace su gobierno, o lo hará algún otro.

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