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Paraíso perdido


La crisis financiera logró que por poco tiempo varios millones de familias estadounidenses pobres e insolventes pudiesen tener una residencia sin que se les requiriera empleo, ingresos y activos. Un logro de beneficencia social que sólo pudo ser destruido por la ideología de Alan Greenspan.  

Por razones ideológicas, Greenspan decidió asegurar la estabilidad monetaria en vez del desarrollo económico. Por eso eliminó progresivamente la súper liquidez que alimentaba la expansión crediticia e inmobiliaria. Este mercado que incluye el segmento subprime, aseguraba tres cosas: la transferencia de riqueza gratuita a los insolventes, la transferencia de un inmenso poder de compra al consumidor solvente mediante el endeudamiento barato; y una multiplicación descomunal del crédito interbancario mundial mediante la circulación de los paquetes de títulos derivados.  

En otras palabras, el hechizo que ejerció la codicia inmoderada, el amor apasionado al alto riesgo y el disfrute incontrolado de la libertad de contratación, como tres fundamentos típicos del capitalismo, intensificaron en Estados Unidos y en el mundo el crecimiento del empleo, del consumo, del crédito y de la producción. Lamentablemente, este sistema no instaló barreras de protección contra la estupidez y la corrupción; y esta abstención definió la crisis. Nadie notó que la existencia de la burbuja inmobiliaria no era el problema. Porque sólo después de su destrucción deliberada fue que se dieron cuenta que habían desatado la catástrofe.  

Hoy tampoco se nota que el sistema habría podido funcionar indefinidamente si se hubiesen asegurado la libertad de contratación, el dinero barato, el crecimiento económico, aún a pesar de la inflación y el castigo ejemplar de la estupidez y la corrupción. Una vez más, el proteccionismo empuja a Estados Unidos y Europa hacia la negación de sus fundamentos capitalistas; mediante la afectación de los derechos y libertades económicos; sin garantizar la remoción y el castigo de la corrupción y de la estupidez.

Para mí fueron buenas y elegantes las complejas finanzas que se inventaron para acrecentar el mercado inmobiliario estadounidense; porque habrían podido elevar gratuitamente a su pueblo pobre por encima de sus propias limitaciones y porque hicieron posible, además, una prosperidad mundial sin precedentes. Quizá fue este tipo de paraíso perdido lo que vio aquel patrón que dijo a su fiel escudero: "Uno de los mas preciosos dones que a los hombre dieron los cielos es la libertad, Sancho".

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