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Participación ciudadana y virtudes cívicas


En términos generales, el concepto de participación ciudadana puede ser entendido de manera clara y precisa: se refiere al libre intercambio de ideas, al igual que la acción conjunta voluntaria de los ciudadanos en pos de una democracia. De acuerdo a esta definición, la noción de participación ciudadana implica dos factores esenciales. Por una parte, el libre intercambio de ideas indica información y diálogo razonado entre los ciudadanos. Por otra parte, la acción conjunta voluntaria, implica el uso de varios medios o mecanismos por los cuales la participación ciudadana se hace efectiva y eficiente para la consolidación y desarrollo de la democracia.
En nuestros tiempos, el papel que desempeñan los ciudadanos en una democracia adquiere fundamental importancia y urgencia. Esta importancia radica en que los ciudadanos son, en última instancia, los verdaderos elementos de una sociedad democrática. Sin ellos ésta no tendría sentido ni existencia. La urgencia de la función que juegan los ciudadanos es también fundamental; nuestras actuales sociedades denominadas democráticas se hallan en profunda crisis.
La participación ciudadana tiene como principal objetivo el evitar los particulares males que afectan a nuestras democracias. Entre ellos, encontramos el autoritarismo burocrático, el clientelismo político, el nepotismo, la malversación de fondos públicos, la incompetencia de los gobiernos, el abstencionismo electoral, la apatía con relación a los problemas públicos y la propia falta de participación ciudadana en los temas que nos afectan. En resumen, la participación ciudadana tiene como uno de sus fines el combatir la corrupción política en sus más variadas formas. Por supuesto, para transformar positivamente una sociedad se requieren más que leyes, exhortaciones, u argumentaciones. En primer lugar, se necesita de cualidades morales que caractericen a los ciudadanos como entes responsables entre sí y para sí. En este sentido, es indispensable rescatar las virtudes cívicas de los ciudadanos.
Sin embargo, las virtudes cívicas no son exigibles a todos por igual. Las inmensas brechas sociales que existen en nuestro medio exigen que los que más tienen, deben encontrarse en mejores condiciones de practicar la virtud cívica. No podemos esperar la misma moral social de quien carece de un trabajo o un sueldo digno, en comparación con quien ostenta un alto cargo público o privado, de generosa - o excesiva- remuneración. El pobre y débil social -cuando no excluído -no se halla en igualdad de condiciones para realizar una "vida buena" de la misma manera en que el rico y poderoso puede. Esto significa que la responsabilidad de practicar las virtudes cívicas recaerá en mayor medida en los que, en términos económicos y sociales, mejor se encuentran. Esto, claro está, sin menoscabar la responsabilidad cívico-moral de quienes se hallan en una desventajosa posición socioeconómica.
Sin las virtudes cívicas, la pura ley, la entusiasta exhortación, y la concienzuda argumentación vienen a ser sólo "palabras arrojadas al viento" o mera "tinta y papel". "La moral ha de ser asumida desde dentro" nos dice la catedrática complutense Adela Cortina; esto significa que las leyes, exhortaciones, y argumentaciones en pos de la democracia no deben ser simplemente conocidas y recitadas de memoria, sino también deben ser asumidas a lo interno de la ciudadanía. De esto tratan las virtudes cívicas. Sin este requisito, la democracia es imposible.
Así, pues, traer a colación las virtudes cívicas en torno a la participación ciudadana, lejos de ser considerado como un acto de ingenuidad, se debe reconocer como una "necesidad práctica" de la democracia. La participación ciudadana exige como su primera condición la apelación a las virtudes cívicas de los ciudadanos.
*El autor es funcionario de la Defensoría del Pueblo

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