Pasar de la Patria Vieja a la Patria Nueva
EL PRESIDENTE Martín Torrijos recibió un Estado anémico, debilitado en sus lazos de convivencia y solidaridad, con una crisis de representatividad política, una ruptura del sistema de pactos sociales y un acelerado empobrecimiento de la población.
La degradación en las prácticas políticas y la bancarrota moral demandaban el inicio de un proceso para recuperar el sentido de Nación. Torrijos recibió un país al margen de la legalidad y en el que la tolerancia ciudadana muestra todavía una orientación negativa hacia las normas que regulan el comportamiento responsable en una sociedad. Códigos, leyes, obediencia, acatamiento, deliberación son términos impregnados del rechazo mayotirario.
No ha sido tarea fácil poner las bases para rescatar la rectitud ética y la ética de la responsabilidad. Tampoco ha sido fácil hacer llegar a la conciencia colectiva lo que está en juego en este momento de la vida nacional. Esa situación puede contrastarse con la resistencia de sectores que, en forma abierta o encubierta, tratan de descarrilar las posibilidades de convocar al país bajo una consigna salvadora que marque la diferencia entre la Patria vieja y la Patria nueva.
Ese proyecto político es en esencia un compromiso, un programa que delinea no solamente un destino, sino la ruta y el camino a seguir. Es como un tren, con un punto de partida y uno de llegada. En el momento de la partida no estaban todos los que son y a la llegada no serán todos los que están actualmente. Por eso los cambios en el equipo de gobierno en el que no puede permitirse la existencia de agendas personales o de grupos que no estén alineados con el gran proyecto nacional.
Pasar de la Patria vieja a la Patria nueva es no desechar los buenos propósitos de la campaña electoral en nombre del pragmatismo. Eso significaría renunciar a los principios y quebrantaría la conciencia colectiva abandonándola en manos de degeneradas especulaciones políticas. Sacrificar la ideología por el clientelismo, como promueven algunos críticos del PRD, dejaría sin basamento sólido las acciones del gobierno, hipotecándolas en pactos espurios o silencios cómplices en aras de una falsa gobernabilidad.
El pasar de la Patria vieja a la Patria nueva reclama un compromiso para asumir responsabilidades a fin de que no continúe reproduciéndose la explotación del sector empresarial contra los trabajadores y rescatar a la clase media condenada al continuo empobrecimiento. Es sembrar una nueva esperanza con la práctica de políticas económicas distintas que favorezcan a los sectores marginados y privilegien la honestidad y la transparencia como principios fundamentales del ejercicio del poder.
Pasar de la Patria vieja a la Patria nueva es trazar una visión estratégica, no como alumbramiento de un plan o de un texto revelador, sino como una construcción política y social que articule nuevas formas de gestión del poder. Hay que ir más allá del viejo criterio de que la política es el arte de lo posible y dejar de gobernar aceptando las limitaciones que tratan de imponer los poderes fácticos. Esos que actúan, en forma explícita o solapada, en la trastienda del Estado y no promueven intereses nacionales sino su insaciable voracidad por acumular riqueza. Es recuperar la capacidad del Estado para arbitrar entre los distintos factores de poder y articular procesos de conciliación de intereses.
Pasar de la Patria vieja a la Patria nueva es enrumbar hacia el éxito que vendrá en lugar de buscar culpables del fracaso de los años que pasaron. La convocatoria es para concebir una visión de progreso futuro. Hay que superar el estado mental negativo y cultivar una moral de ganadores. No hay que dividirse impidiendo la convergencia, sino sumar para empujar la emergencia de un gran proyecto nacional que reuna a los panameños en pos de una consigna salvadora. El proyecto sugestivo de vida en común, es lo que da el perfil de las naciones triunfadoras.
No basta con formular la necesidad de un proyecto. Hay que forjarlo. Hay que delinear esbozos en dirección del futuro, en lo que va a venir. La mezquindad de esos sectores que, en forma abierta o encubierta, tratan de descarrilar el proyecto nacional de Torrijos, bien sea por cálculo o torpeza, están regateando el estímulo que necesita Panamá para entrar en una dinámica de éxito en la que nada lo detendrá.
Pasar de la Patria vieja a la Patria nueva es sacudirse el estigma de que Panamá es solamente una isla de piratas, donde no hay espacio para la honestidad y el liderazgo responsable y donde solo se propaga lo que provoca negativismo y una visión pesimista como factor de desbandada social. Es recuperar el sentido de cohesión comunitaria, del fin de la política como medio civilizado para alcanzar objetivos de mejoría colectiva, bien común, justicia social, legalidad, responsabilidad, respeto y vigencia de los derechos fundamentales de una sociedad.
La degradación en las prácticas políticas y la bancarrota moral demandaban el inicio de un proceso para recuperar el sentido de Nación. Torrijos recibió un país al margen de la legalidad y en el que la tolerancia ciudadana muestra todavía una orientación negativa hacia las normas que regulan el comportamiento responsable en una sociedad. Códigos, leyes, obediencia, acatamiento, deliberación son términos impregnados del rechazo mayotirario.
No ha sido tarea fácil poner las bases para rescatar la rectitud ética y la ética de la responsabilidad. Tampoco ha sido fácil hacer llegar a la conciencia colectiva lo que está en juego en este momento de la vida nacional. Esa situación puede contrastarse con la resistencia de sectores que, en forma abierta o encubierta, tratan de descarrilar las posibilidades de convocar al país bajo una consigna salvadora que marque la diferencia entre la Patria vieja y la Patria nueva.
Ese proyecto político es en esencia un compromiso, un programa que delinea no solamente un destino, sino la ruta y el camino a seguir. Es como un tren, con un punto de partida y uno de llegada. En el momento de la partida no estaban todos los que son y a la llegada no serán todos los que están actualmente. Por eso los cambios en el equipo de gobierno en el que no puede permitirse la existencia de agendas personales o de grupos que no estén alineados con el gran proyecto nacional.
Pasar de la Patria vieja a la Patria nueva es no desechar los buenos propósitos de la campaña electoral en nombre del pragmatismo. Eso significaría renunciar a los principios y quebrantaría la conciencia colectiva abandonándola en manos de degeneradas especulaciones políticas. Sacrificar la ideología por el clientelismo, como promueven algunos críticos del PRD, dejaría sin basamento sólido las acciones del gobierno, hipotecándolas en pactos espurios o silencios cómplices en aras de una falsa gobernabilidad.
El pasar de la Patria vieja a la Patria nueva reclama un compromiso para asumir responsabilidades a fin de que no continúe reproduciéndose la explotación del sector empresarial contra los trabajadores y rescatar a la clase media condenada al continuo empobrecimiento. Es sembrar una nueva esperanza con la práctica de políticas económicas distintas que favorezcan a los sectores marginados y privilegien la honestidad y la transparencia como principios fundamentales del ejercicio del poder.
Pasar de la Patria vieja a la Patria nueva es trazar una visión estratégica, no como alumbramiento de un plan o de un texto revelador, sino como una construcción política y social que articule nuevas formas de gestión del poder. Hay que ir más allá del viejo criterio de que la política es el arte de lo posible y dejar de gobernar aceptando las limitaciones que tratan de imponer los poderes fácticos. Esos que actúan, en forma explícita o solapada, en la trastienda del Estado y no promueven intereses nacionales sino su insaciable voracidad por acumular riqueza. Es recuperar la capacidad del Estado para arbitrar entre los distintos factores de poder y articular procesos de conciliación de intereses.
Pasar de la Patria vieja a la Patria nueva es enrumbar hacia el éxito que vendrá en lugar de buscar culpables del fracaso de los años que pasaron. La convocatoria es para concebir una visión de progreso futuro. Hay que superar el estado mental negativo y cultivar una moral de ganadores. No hay que dividirse impidiendo la convergencia, sino sumar para empujar la emergencia de un gran proyecto nacional que reuna a los panameños en pos de una consigna salvadora. El proyecto sugestivo de vida en común, es lo que da el perfil de las naciones triunfadoras.
No basta con formular la necesidad de un proyecto. Hay que forjarlo. Hay que delinear esbozos en dirección del futuro, en lo que va a venir. La mezquindad de esos sectores que, en forma abierta o encubierta, tratan de descarrilar el proyecto nacional de Torrijos, bien sea por cálculo o torpeza, están regateando el estímulo que necesita Panamá para entrar en una dinámica de éxito en la que nada lo detendrá.
Pasar de la Patria vieja a la Patria nueva es sacudirse el estigma de que Panamá es solamente una isla de piratas, donde no hay espacio para la honestidad y el liderazgo responsable y donde solo se propaga lo que provoca negativismo y una visión pesimista como factor de desbandada social. Es recuperar el sentido de cohesión comunitaria, del fin de la política como medio civilizado para alcanzar objetivos de mejoría colectiva, bien común, justicia social, legalidad, responsabilidad, respeto y vigencia de los derechos fundamentales de una sociedad.