Pasar la pelota
En un grupo que conversaba durante un programa en RCM TV, sobre la corrupción, participaba Don Guillermo Endara, a quien a lo largo de estos años le he ido endilgando algún adjetivo, diferente según las circunstancias; convertido hoy en fustigador de los que según él, arnulfista de tuerca y tornillo, han traicionado la doctrina del partido, ahora lo llamo Don Guillermo El Crítico. Pues bien. En su intervención, para responder a la legisladora Gloria Young, quien expresaba su desacuerdo con los medios "que sólo mostraban lo negativo" (elemental, mi querido Watson), le contestó Don Guillermo con muy buen tino, que si al día vuelan 100 aviones y todos llegaban a su destino como era lo esperado, esa no era noticia; pero que si uno de esos aviones se accidentaba, entonces nacía una noticia, mala, pero noticia. De igual forma funcionan los medios de prensa con relación al comportamiento del gobierno. Que trabajen bien es lo que se espera de ellos, para eso fueron elegidos. Que una escuela fue reparada, que un puente, rehabilitado; que una indígena enferma fue llevada al hospital en el helicóptero presidencial, si bien se publican, no son noticias. Un notición, en cambio, es un helicóptero misterioso, cuyo(s) dueño(s) no hablan ni lo reclaman, que se hunde en el mar y que si algo raro le sucedió a los flotadores, y que si venía de Punta Mala, etc. Guste o no, así es el mundo de la noticia y la información.
En los diarios, los últimos escándalos en el sector diplomático - después de apaciguado el de las Filipinas cuya investigación me recuerda la adivinanza: "agua pasó por aquí, cate que no la vi" (¿qué será, será aguacate?) - se mueven entre Filipinas, Vietnam, Haití y Ecuador. De por sí son noticias jugosas, porque en todas aparece el factor corrupción, lo que a muchos les parecerá lo más relevante del maloliente asunto. A mí, en cambio, lo que me ha parecido más preocupante del caso del Cónsul en Guayaquil no son las acusaciones sobre el otorgamiento y cobro de las visas; de ser ciertas, pues cambio y fuera con el Cónsul, se eleva el caso ante las autoridades pertinentes y que la ley siga su curso. Lo que me ha dejado perpleja, patidifusa, confundida y atónita es que el titular de Relaciones Exteriores, José Miguel Alemán, le haya pasado la pelota a la presidenta Moscoso "para que sea la mandataria quien decida si destituye o no a Reyes". Como dicen los que andan al día con Betty la Fea: "perdóname, pero discúlpame"... Un diplomático amigo me informó que si bien es potestad de los presidentes nombrar y destituir, el ministro tiene autoridad para separar, investigar y ordenar destituciones (especialmente si se trata de un caso como éste) las que, por supuesto, tendría que firmar la presidenta como mero formulismo; por eso se me hace harto indigesto que el ministro le pase el resultado de las investigaciones a la presidenta, así como así, sin que antes haya ordenado la inmediata separación del diplomático, si es que se le probó culpa. Me parece extraordinariamente impropio pues deja entrever, con su actuación, que está ejerciendo a medias su autoridad y su jerarquía como superior del cónsul. Y si la señora Moscoso, por razones de amistad o de compromisos partidistas, decidiera que el cónsul, a pesar de ser culpable no será destituido, sino trasladado, o "dejemos eso así que aquí no ha pasado nada y que vuelva a su consulado", ¿cómo quedaría el ministro?: pintado en la pared. ¡Hasta dónde hemos llegado, Virgen del Carmen! ¿No es ésta una patética prueba de que la mala marcha del gobierno reside, en gran parte, en que los ministros no están ejerciendo a fondo su autoridad? ¿Y no sería más grave enterarme de que es precisamente la Presidenta quien desea ejercer tal grado de control? Admito que de procedimientos de esta naturaleza no conozco, pero el sentido común y el sentido de lo correcto me indican que yo, en el pellejo del ministro Alemán, hubiera llegado con la destitución en firme, solamente para ser ratificada por la Presidenta.
Con frecuencia me siento obligada a aclarar, al referirme a ellos en mis escritos, que no conozco personalmente; tal vez se deba a que no frecuento círculos políticos ni de poder, cosa que simplifica enormemente mi plácida vida, sin imponerme presiones, lo que me ofrece mucho tiempo libre para disfrutar de una jubilación bien ganada que me permite dedicar más tiempo a la lectura, los amigos, la familia, las caminatas, al programa de radio "Viva la Tarde" y a los sencillos placeres de la vida. Lo que quiero decir es que escribo sin el interés de hacer daño ni de ganar nada y no espero otra recompensa que la aprobación de mi conciencia. Escribo para expresar los sentimientos que salpican mi vida cotidiana: admiración, respeto, amor, rechazo, asombro, tristeza, solidaridad, vergüenza, decepción, etc. Y volviendo al punto de partida de este escrito: un cónsul en aprietos y un ministro pasa-pelota se han convertido en noticias. Decepcionantes, además.
En los diarios, los últimos escándalos en el sector diplomático - después de apaciguado el de las Filipinas cuya investigación me recuerda la adivinanza: "agua pasó por aquí, cate que no la vi" (¿qué será, será aguacate?) - se mueven entre Filipinas, Vietnam, Haití y Ecuador. De por sí son noticias jugosas, porque en todas aparece el factor corrupción, lo que a muchos les parecerá lo más relevante del maloliente asunto. A mí, en cambio, lo que me ha parecido más preocupante del caso del Cónsul en Guayaquil no son las acusaciones sobre el otorgamiento y cobro de las visas; de ser ciertas, pues cambio y fuera con el Cónsul, se eleva el caso ante las autoridades pertinentes y que la ley siga su curso. Lo que me ha dejado perpleja, patidifusa, confundida y atónita es que el titular de Relaciones Exteriores, José Miguel Alemán, le haya pasado la pelota a la presidenta Moscoso "para que sea la mandataria quien decida si destituye o no a Reyes". Como dicen los que andan al día con Betty la Fea: "perdóname, pero discúlpame"... Un diplomático amigo me informó que si bien es potestad de los presidentes nombrar y destituir, el ministro tiene autoridad para separar, investigar y ordenar destituciones (especialmente si se trata de un caso como éste) las que, por supuesto, tendría que firmar la presidenta como mero formulismo; por eso se me hace harto indigesto que el ministro le pase el resultado de las investigaciones a la presidenta, así como así, sin que antes haya ordenado la inmediata separación del diplomático, si es que se le probó culpa. Me parece extraordinariamente impropio pues deja entrever, con su actuación, que está ejerciendo a medias su autoridad y su jerarquía como superior del cónsul. Y si la señora Moscoso, por razones de amistad o de compromisos partidistas, decidiera que el cónsul, a pesar de ser culpable no será destituido, sino trasladado, o "dejemos eso así que aquí no ha pasado nada y que vuelva a su consulado", ¿cómo quedaría el ministro?: pintado en la pared. ¡Hasta dónde hemos llegado, Virgen del Carmen! ¿No es ésta una patética prueba de que la mala marcha del gobierno reside, en gran parte, en que los ministros no están ejerciendo a fondo su autoridad? ¿Y no sería más grave enterarme de que es precisamente la Presidenta quien desea ejercer tal grado de control? Admito que de procedimientos de esta naturaleza no conozco, pero el sentido común y el sentido de lo correcto me indican que yo, en el pellejo del ministro Alemán, hubiera llegado con la destitución en firme, solamente para ser ratificada por la Presidenta.
Con frecuencia me siento obligada a aclarar, al referirme a ellos en mis escritos, que no conozco personalmente; tal vez se deba a que no frecuento círculos políticos ni de poder, cosa que simplifica enormemente mi plácida vida, sin imponerme presiones, lo que me ofrece mucho tiempo libre para disfrutar de una jubilación bien ganada que me permite dedicar más tiempo a la lectura, los amigos, la familia, las caminatas, al programa de radio "Viva la Tarde" y a los sencillos placeres de la vida. Lo que quiero decir es que escribo sin el interés de hacer daño ni de ganar nada y no espero otra recompensa que la aprobación de mi conciencia. Escribo para expresar los sentimientos que salpican mi vida cotidiana: admiración, respeto, amor, rechazo, asombro, tristeza, solidaridad, vergüenza, decepción, etc. Y volviendo al punto de partida de este escrito: un cónsul en aprietos y un ministro pasa-pelota se han convertido en noticias. Decepcionantes, además.