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Pasarán las ... elecciones


Hace buen número de años (los que distancian los iniciales de la primaria, del octogenarismo), entonábamos una alegre cantata escolar: "pasarán los buenos días, pasarán las vacaciones", etc. Hoy hemos recordado borrosamente esa canción tierna, pensando desde ahora que "pasarán...las elecciones", porque nada nuevo está en el panorama hacia el 2004, flanqueado por el primer centenario de la República.
Ya comienzan a prepararse las "fuerzas" que se autocalifican de políticas, ya hablan de preparativos para el gran espectáculo eleccionario próximo. Los medios de comunicación tratan, como siempre, de "estar al día", haciéndole eco a tales preparaciones, y se inicia así ese grandioso acontecimiento. Fijándose en el asunto con cierto cuidado, no encontramos nada nuevo como atractivo final. Los probables candidatos comienzan su mal disimulada movilización. Al más alto nivel, por ahora hay dos. Uno "fijo", perdidoso en 1999 y que por haber formado parte de los derrotados del llanto, ha preservado con su cúpula la hegemonía parcial que tuvo, y esta vez, "nadie se la quita", conforme a ellos mismos. En los otros andurriales, existe un precandidato, sin partido, que visiblemente se afana por tocar a la puerta partidista que le pueda cantar el "sésamo ábrete", aunque él también tiene experiencia en la derrota. A lo mejor surjan otros... iguales.
La masa votante está curada de espantos y las circunstancias económicas amenazantes en la actualidad la refuerzan en su creencia de que, momentáneamente, mira los toros desde la barrera. Al final, doblará el cabo de buena esperanza y se presentará a las urnas, porque una de las fruiciones más gratas al paladar panameño es "el votar para presidente, legislador y alcalde". Hasta allí alcanza nuestra democracia. Lo que acontece, dicho en clave sociológica, es que la sociedad panameña, como cuerpo o estructura, no ha generado fuerzas sociales internas de rectificación, que le permitan superar sus propias lacras, desviaciones y problemas.
Pero en esta ocasión, el cubo del cotarro electoral ha llegado al derrame. Leamos los medios periodísticos, ya que es más difícil recordar los televisivos, publicados desde comienzos de este año (el CEMIS) hasta los días de hoy (pinchazos y cédulas brujas), para reafirmarnos en que las cosas siguen siempre "piores", como decían los del otro lado del Canal. En un tono más serio, el cielo económico de Panamá se encuentra saturado de grandes nubarrones, y la tierra que pisamos es una ciénega de ultrajantes lodazales.
No obstante dichas dolorosas circunstancias, no nos preocupa la profundidad de los graves problemas que viene confrontando, sin soluciones de ninguna clase, una nave del Estado que ni va ni viene hacia nortes algunos, salvo su hundimiento; ni nos preocupan las señales de desintegración progresiva que están minando la vida colectiva nacional, porque nuestra atención la dirigen los corifeos de una falsificada y nula democracia, al nadir de las próximas elecciones. No nos queremos dar cuenta de que esas elecciones cuatrienales o quinquenales no han pasado de ser más que el método utilizado para que las fracciones de la Oligarquía nacional, que hasta fines de los años treinta era principalmente aristocrática y que después de la Segunda Guerra Mundial ya iba camino de transmitirse en una Oligarquía plutocrática, se disputen eleccionariamente, con toda clase de artimañas, el poder político, seguros de que sólo cambiarán los términos personales de la jerarquía gubernativa.
Antes del largo interregno de la dictadura policíaca (1968-1989) y después del mismo, las condiciones políticas, económicas y sociales del país marchan hacia un desastre de cuya gravedad creciente no queremos percatarnos, como si fuésemos avestruces, enterrando la cabeza en las arenas, para no ver el simún que nos sepultará, queramos o no.
Estamos llegando a las puertas de unas elecciones más, sin que haya ninguna otra opción ni alternativa que se presente como medianamente distinta a la anomia, al nirvana, a la ataraxia, en que se ha venido paralizando lamentablemente e inconscientemente la Nación. Y todo ello por una ceguera absurda que ha invadido progresivamente a todos los sectores de nuestro país, y que se está perfilando, poco a poco, como el final de un naufragio en una playa desierta, sin posibilidad alguna de que encontremos siquiera un camino, una senda, cualesquiera sean ellos.
Si algunos grupos de nuestra sociedad no advierten que va llegando el momento de decir basta, si esos grupos honestos y de visual no se reúnen para acordar un plan de rectificaciones nacionales verdaderas, no falsas ni demagógicas, la clase de República que somos todavía, la clase de sociedad que somos aún, si diluirán en una nada sin salidas, sin llegadas, sin principio y sin fin. Simplemente, pasarán las elecciones y nada positivo, ni de rectificación, traerán. Algunos irán al poder, como siempre, pues se trata de "los mismos, con las mismas", según certero refrán.

101 años de Panamá América

 
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