Patria en seres concretos
El mes de noviembre, mes de la patria y es también el mes de los difuntos, aunque por fuerza de los hechos, les dedicamos a los difuntos los primeros días del mes. Para la liturgia de la iglesia católica, todo el mes es para considerar esos seres queridos. Conjugando estas dos ideas, y teniendo presente el fin de curso escolar, a mis manos llegó una memoria del Colegio de la Salle de 1944-45, en una de cuyas páginas me topé con la foto del entonces bachiller Gonzalo Sosa García, fallecido recientemente, y a continuación el texto del discurso que pronunció como representante de su grupo 43-44 despidiéndose de sus compañeros y expresando sus sentimientos sobre el futuro. "Un grupo más de lasallistas se aleja esta noche del alero hospitalario de esta Alma Mater... Tocamos el fin de la primera etapa de nuestra vida y nos vamos alegres y seguros de nuestro porvenir, que vislumbramos pletórico de risueñas esperanzas. No ignoramos que somos jóvenes y que la inexperiencia es como nuestra sombra; pero a nuestra edad, quién puede decir otra cosa y a quién no ve su porvenir matizados de ilusiones ¿Con todo nos vamos a tientas? Conocemos la ruta iluminado por los faros lasallistas y siguiendo su luz triunfaremos.
Si echamos una mirada hacia el pasado, parece increíble que seamos los niños que hace diez años acudimos inocentes a libar el néctar de la ciencia y a recibir la fructífera semilla que expertos sembrados habían de esparcir, a manos llenas, para que germinara lozana en nuestras almas bien dispuestas. Cuán lejos veíamos este día... y sin embargo, pasó el primer sustico que tuvimos al entrar en un medio tan distinto del hogar paterno y pasaron los años de primaria y de secundaria que parecían interminables, y con ellos, se fueron las alegres fiestas escolares y todas aquellas travesuras y naderías que amenizan la vida estudiantil, también se fueron las bullangueras manifestaciones del apuesto batallón comandado por bizarros oficiales y que tan ruidosos triunfos cosechó en las pacíficas batallas conmemorando, las gloriosas efemérides nacionales. Y ahora, debemos separarnos. Con todo, el dolor de la partida se amortigua al saber que nuestros profesores nomás aguardan siempre con los brazos abiertos y que tenemos en nuestra querida Alma Mater, una madre cariñosa, dispuesta siempre a aconsejarnos cuando le pidamos ayuda.
Ahora, en que el mundo está envuelto en un caos de miseria y de maldad, y en que el rugir los cañones apaga los clamores de aquellos que sufren y lloran, en que el dolor de una madre, por la desdichada suerte de sus hijos, resulta cortado de repente por la hoz de la misma muerte, ahora más que nunca, podremos aplicar las sabias enseñanzas que nos inculcaron las santas huestes de San Juan Bautista (de la Salle). Si en el prsente abunda la maldad, es menester hacer que desaparezca y es necesario hombres, verdaderos, hombres que sepan luchar por los ideales de paz y de justicia. Estos verdaderos hombres tienen que ser formados, en una base de moral católica, porque de lo contrario, lo probable es que no resistan los embates de la lucha en esta vida, sin desfallecer, y que sean víctimas del ensañamiento de los hombres que están al servicio del mal.
Compañeros: Sigamos el faro del deber que nos mostró nuestro La Salle para que podamos triunfar en nuestra vida. Probemos que no toda la juventud de hoy está perdida, que todavía hay quienes comprenden el ideal de la juventud que es generosidad y heroísmo y no abyección y sensualismo. Por eso, queridos compañeros, nunca mejor ocasión que la presente para agradecer a nuestros padres el habernos colocado en este Colegio. Hoy se sienten recompensados y orgullosos de nuestros triunfos que son también de ellos.
Renuevo otra vez las gracias a nuestros estimados profesores y me atrevo a asegurar que los bachilleres del 44 no frustraremos las esperanzas en nosotros fincadas y que sabremos ser fieles a nuestro lema. Virtud y Ciencia".
El que pronunció tan sentidas palabras falleció el 28 de octubre pasado. Tuve la dicha de ser testigo de que en el ámbito de su fe católica, la educación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas quedó gratificada, ya que en este caso lo que se sembró en aquellas vetustas aulas de la calle tercera del Casco Viejo, se sembró para siempre.
Pocas veces en la vida encontramos que lo que discursea en una ocasión protocolar como es la de las despedidas colegiales que todas son iguales son leves diferencias, se trate de vivir en la rutina de la vida. Confieso que en mi experiencia como ministro de los sacramentos, pocas por no decir casi nunca, había acompañado a un moribundo que con sus limitadas energías, voluntaria y espontáneamente se erigiera de lecho y se prosternara en el piso de rodillas a musitar sus oraciones aprendidas en la escuela con una sinceridad pasmosa. Cada uno tiene derecho a hacer sus apreciaciones, para mí fue extraordinario por su participación activa en todo lo que el ritual en sus salmodias y rezos suplica al Señor.
No se trata de paregíniro ni de elogios fúnebres, ya que todo eso se hizo a su tiempo, sino de en este mes de la patria, incluir en la Galería de Panameños Ilustres de Hoy que a su profesionalismo médico unieron la devoción cristiana.
Un día ante toda una concurrencia como joven aventajado estudiante externo sus sentimientos e ideas cargados de una visión idealista, como todo bachiller, aludiendo a situaciones de guerra y violencia y a otras condiciones deletéreas del ambiente de la década del 40 hoy, vemos cómo a través de sus expresiones, vivimos realidades similares para las cuales solo nos quedan los remedios iguales de la fe y la esperanza aprendidos en las aulas con pedagogos, misioneros del Evangelio de Cristo.
Si echamos una mirada hacia el pasado, parece increíble que seamos los niños que hace diez años acudimos inocentes a libar el néctar de la ciencia y a recibir la fructífera semilla que expertos sembrados habían de esparcir, a manos llenas, para que germinara lozana en nuestras almas bien dispuestas. Cuán lejos veíamos este día... y sin embargo, pasó el primer sustico que tuvimos al entrar en un medio tan distinto del hogar paterno y pasaron los años de primaria y de secundaria que parecían interminables, y con ellos, se fueron las alegres fiestas escolares y todas aquellas travesuras y naderías que amenizan la vida estudiantil, también se fueron las bullangueras manifestaciones del apuesto batallón comandado por bizarros oficiales y que tan ruidosos triunfos cosechó en las pacíficas batallas conmemorando, las gloriosas efemérides nacionales. Y ahora, debemos separarnos. Con todo, el dolor de la partida se amortigua al saber que nuestros profesores nomás aguardan siempre con los brazos abiertos y que tenemos en nuestra querida Alma Mater, una madre cariñosa, dispuesta siempre a aconsejarnos cuando le pidamos ayuda.
Ahora, en que el mundo está envuelto en un caos de miseria y de maldad, y en que el rugir los cañones apaga los clamores de aquellos que sufren y lloran, en que el dolor de una madre, por la desdichada suerte de sus hijos, resulta cortado de repente por la hoz de la misma muerte, ahora más que nunca, podremos aplicar las sabias enseñanzas que nos inculcaron las santas huestes de San Juan Bautista (de la Salle). Si en el prsente abunda la maldad, es menester hacer que desaparezca y es necesario hombres, verdaderos, hombres que sepan luchar por los ideales de paz y de justicia. Estos verdaderos hombres tienen que ser formados, en una base de moral católica, porque de lo contrario, lo probable es que no resistan los embates de la lucha en esta vida, sin desfallecer, y que sean víctimas del ensañamiento de los hombres que están al servicio del mal.
Compañeros: Sigamos el faro del deber que nos mostró nuestro La Salle para que podamos triunfar en nuestra vida. Probemos que no toda la juventud de hoy está perdida, que todavía hay quienes comprenden el ideal de la juventud que es generosidad y heroísmo y no abyección y sensualismo. Por eso, queridos compañeros, nunca mejor ocasión que la presente para agradecer a nuestros padres el habernos colocado en este Colegio. Hoy se sienten recompensados y orgullosos de nuestros triunfos que son también de ellos.
Renuevo otra vez las gracias a nuestros estimados profesores y me atrevo a asegurar que los bachilleres del 44 no frustraremos las esperanzas en nosotros fincadas y que sabremos ser fieles a nuestro lema. Virtud y Ciencia".
El que pronunció tan sentidas palabras falleció el 28 de octubre pasado. Tuve la dicha de ser testigo de que en el ámbito de su fe católica, la educación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas quedó gratificada, ya que en este caso lo que se sembró en aquellas vetustas aulas de la calle tercera del Casco Viejo, se sembró para siempre.
Pocas veces en la vida encontramos que lo que discursea en una ocasión protocolar como es la de las despedidas colegiales que todas son iguales son leves diferencias, se trate de vivir en la rutina de la vida. Confieso que en mi experiencia como ministro de los sacramentos, pocas por no decir casi nunca, había acompañado a un moribundo que con sus limitadas energías, voluntaria y espontáneamente se erigiera de lecho y se prosternara en el piso de rodillas a musitar sus oraciones aprendidas en la escuela con una sinceridad pasmosa. Cada uno tiene derecho a hacer sus apreciaciones, para mí fue extraordinario por su participación activa en todo lo que el ritual en sus salmodias y rezos suplica al Señor.
No se trata de paregíniro ni de elogios fúnebres, ya que todo eso se hizo a su tiempo, sino de en este mes de la patria, incluir en la Galería de Panameños Ilustres de Hoy que a su profesionalismo médico unieron la devoción cristiana.
Un día ante toda una concurrencia como joven aventajado estudiante externo sus sentimientos e ideas cargados de una visión idealista, como todo bachiller, aludiendo a situaciones de guerra y violencia y a otras condiciones deletéreas del ambiente de la década del 40 hoy, vemos cómo a través de sus expresiones, vivimos realidades similares para las cuales solo nos quedan los remedios iguales de la fe y la esperanza aprendidos en las aulas con pedagogos, misioneros del Evangelio de Cristo.