Pedro Correa y el hombre de la barca
Conocí al bardo Pedro Correa Vásquez (1955-1996) cuando fungía como profesor viajero en el Centro Regional Universitario de Azuero. Para mí, resultó ser un individuo enigmático, por el nimbo arcano que fulguraba en torno a su persona. Sin embargo, con el paso irreversible del tiempo, llegué a convertirme en su discípulo en el curso de Poesía Hispanoamericana, del Programa de Maestría en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Panamá.
Como un gran número de personas, hasta ese entonces, no sabía justipreciar la placidez de una composición poética, por lo que, en un poema, más que descubrir el encanto a través de la fonética, de la semántica o de la armonía, tropezaba con un misterio intrincado, que la mayor parte de las veces me impulsó a menospreciar el género.
No obstante, advertí en Correa (en el lírico y en el crítico) la vocación de enseñar, porque aunque fue poeta y crítico de arte, de las dos cosas, pienso que desempeñó mejor la función de maestro, porque como él mismo diría: No es fácil que muchos lleguen a comprender por qué el cielo es azul.
Su poesía fue la herramienta, si se puede llamar así, que le permitió al poeta vaticinar su futuro, en diversos poemas; por ejemplo, ya para 1975, lograba augurar su ciclo vital en el poema Eternidad: "Dos siglos/o tres/con cuatro/de vida/me conformo/¿por qué ser yo la excepción (cuando cristo y marx/siguen viviendo?". Es evidente que el yo lírico pretende que su poesía trascienda, tal y como se irradiaron las reflexiones de Cristo y de Marx, a quienes minimiza mediante el uso de las minúsculas. Sin embargo, es más transparentemente aterrador, el primer poema de La Canción del Pordiosero: "Y fue vano el grito de dolor/ que lanzó en medio del Desierto,/ Su alma era un depósito de oscuros recuerdos./ Su calma, sólo una forma de fingir./ Miró a todas partes:/ nadie acudía a salvarlo./ Una inmensa ola, nacida en el infierno, lo arrastraba y ya no sentía dolor./ Mejor era el placer de saberse ido,/ borrado de la faz de la Tierra./ Y, en medio del abismo que esperaba a su angustia,/ pensó:/ si la flor hubiera sido eterna.../ Y luego todo cesó." Resulta inobjetable el hecho de que el poeta cumplió a carta cabal con su papel de vate al adivinar con detalles su propia muerte.
Del maestro Correa aprendí que no debe recordarse a nadie con lástima, sobre todo, ante la presencia de la muerte. Por ello creo que es mejor hablar de "El Príncipe" Pedro Correa, tal y como lo bautizó el poeta cubano Jesús Coss Cause.
Los comentarios sobre su poesía han llenado páginas enteras, que se han dispersado a todas partes. Sin embargo, quiero recordar, en este segundo aniversario de su deceso, al maestro, al intérprete y al creador, pues Pedro Correa fue un maestro que nos dejó una filosofía de la vida, donde lo humano y las cosas humanas tienen valor perenne, a pesar de las arremetidas que una deshumanización inflexible le imprimen como sello a nuestra sociedad; un preceptor, que enseñó a sus discípulos que es propicio soñar, que es virtuoso crear: que es bueno pensar que el mundo todavía es bueno.
El fin docente de Pedro Correa despedazó las paredes de las aulas universitarias y se extendió a través de la creación de su propio mundo, el cosmos de las quimeras y de los versos para mitigar en los hombres esa sed permanente de gregarismo, pues él era plenamente consciente de que el hombre vive solo en medio de millones de semejantes: "Hay un destino que es por siempre sabio:/ legendario es el Calvario y el rosario y el amor."
Es en este aspecto, es decir, en la fe, donde el héroe lírico le encuentra sentido a la vida: En la imitación de aquel Nazareno, que hace dos milenios demostró tranquilidad, por su fe, en una barca, en medio de la tempestad, cuando todos sus acompañantes temieron. En este sentido, podemos concluir que la poesía de Pedro Correa es un altruista canto de esperanza, cuyas notas redentoras se entonan en medio de un género humano que vive víctima de sus propias angustias.
Como un gran número de personas, hasta ese entonces, no sabía justipreciar la placidez de una composición poética, por lo que, en un poema, más que descubrir el encanto a través de la fonética, de la semántica o de la armonía, tropezaba con un misterio intrincado, que la mayor parte de las veces me impulsó a menospreciar el género.
No obstante, advertí en Correa (en el lírico y en el crítico) la vocación de enseñar, porque aunque fue poeta y crítico de arte, de las dos cosas, pienso que desempeñó mejor la función de maestro, porque como él mismo diría: No es fácil que muchos lleguen a comprender por qué el cielo es azul.
Su poesía fue la herramienta, si se puede llamar así, que le permitió al poeta vaticinar su futuro, en diversos poemas; por ejemplo, ya para 1975, lograba augurar su ciclo vital en el poema Eternidad: "Dos siglos/o tres/con cuatro/de vida/me conformo/¿por qué ser yo la excepción (cuando cristo y marx/siguen viviendo?". Es evidente que el yo lírico pretende que su poesía trascienda, tal y como se irradiaron las reflexiones de Cristo y de Marx, a quienes minimiza mediante el uso de las minúsculas. Sin embargo, es más transparentemente aterrador, el primer poema de La Canción del Pordiosero: "Y fue vano el grito de dolor/ que lanzó en medio del Desierto,/ Su alma era un depósito de oscuros recuerdos./ Su calma, sólo una forma de fingir./ Miró a todas partes:/ nadie acudía a salvarlo./ Una inmensa ola, nacida en el infierno, lo arrastraba y ya no sentía dolor./ Mejor era el placer de saberse ido,/ borrado de la faz de la Tierra./ Y, en medio del abismo que esperaba a su angustia,/ pensó:/ si la flor hubiera sido eterna.../ Y luego todo cesó." Resulta inobjetable el hecho de que el poeta cumplió a carta cabal con su papel de vate al adivinar con detalles su propia muerte.
Del maestro Correa aprendí que no debe recordarse a nadie con lástima, sobre todo, ante la presencia de la muerte. Por ello creo que es mejor hablar de "El Príncipe" Pedro Correa, tal y como lo bautizó el poeta cubano Jesús Coss Cause.
Los comentarios sobre su poesía han llenado páginas enteras, que se han dispersado a todas partes. Sin embargo, quiero recordar, en este segundo aniversario de su deceso, al maestro, al intérprete y al creador, pues Pedro Correa fue un maestro que nos dejó una filosofía de la vida, donde lo humano y las cosas humanas tienen valor perenne, a pesar de las arremetidas que una deshumanización inflexible le imprimen como sello a nuestra sociedad; un preceptor, que enseñó a sus discípulos que es propicio soñar, que es virtuoso crear: que es bueno pensar que el mundo todavía es bueno.
El fin docente de Pedro Correa despedazó las paredes de las aulas universitarias y se extendió a través de la creación de su propio mundo, el cosmos de las quimeras y de los versos para mitigar en los hombres esa sed permanente de gregarismo, pues él era plenamente consciente de que el hombre vive solo en medio de millones de semejantes: "Hay un destino que es por siempre sabio:/ legendario es el Calvario y el rosario y el amor."
Es en este aspecto, es decir, en la fe, donde el héroe lírico le encuentra sentido a la vida: En la imitación de aquel Nazareno, que hace dos milenios demostró tranquilidad, por su fe, en una barca, en medio de la tempestad, cuando todos sus acompañantes temieron. En este sentido, podemos concluir que la poesía de Pedro Correa es un altruista canto de esperanza, cuyas notas redentoras se entonan en medio de un género humano que vive víctima de sus propias angustias.