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Peligrosa política de albañal


Cada tipo de delincuente tiene sus características. Las habilidades de un ratero no son las mismas que las de un sicario, ni tampoco las de un estafador. Las destrezas de este tipo de malhechor son las de su capacidad para mentir y engañar a los incautos. El personaje que últimamente algunos periódicos y televisoras elevaron a la categoría de sumo cuestionador de la política del país es, precisamente eso, un charlatán que está preso por estafar a millares de colombianos y de panameños.

Los medios que lo convirtieron en el gran calificador moral de la presente contienda electoral pertenecen a distintas empresas pero tienen dos cosas en común: 1) favorecen al mismo candidato; y 2) se han mostrado dispuestos a degradar el ambiente cívico del país sometiéndolo a ese género de práctica política y periodística, que denigra a sus adversarios sin proponer nada constructivo a favor del desarrollo nacional.

La exaltación de ese estafador, y la conversión de su charlatanería en una supuesta fuente de información retrata y pone a la vista dos cosas: 1) la desvergüenza de dicho delincuente; y 2) la falta de escrúpulos de quienes manejan una de las campañas electorales y a dichos medios de comunicación para sus propósitos políticos, en detrimento del prestigio y el mejoramiento de la patria de todos los panameños.

Desde la primera etapa de estas elecciones, se han destacado quienes practican un estilo político de albañal. Siendo incapaces de exponer una visión de país y de proponer el correspondiente conjunto de programas y propuestas, optan por blandir una costosa publicidad dirigida a enlodar la imagen de sus contrincantes. No son buenos por lo que proponen, sino notorios por su empeño en denigrar y desprestigiar.

Ese estilo político de albañal está dejando víctimas. No a la candidata así atacada, sino a la calidad del ambiente cívico panameño y de la formación política de la juventud. La democracia que nuestro país venía construyendo anteriormente se caracterizó por discutir las opciones de un proyecto de desarrollo nacional con equidad social. Pero ahora, bajo el influjo de ese estilo de albañal y de los mercenarios de la pluma disfrazados de investigadores, se rebaja al país a debatir la credibilidad de un estafador.

La patria está en peligro. En los últimos años Panamá alcanzó un alto nivel de prestigio internacional debido a los logros de su política económica y de su lucha contra el desempleo y la pobreza. Sería imperdonable que dichos inescrupulosos destruyan el buen nombre del país. Especialmente ahora, cuando el mundo está amenazado por una gran crisis económica, que es cuando la fuerza del proyecto nacional, la autoestima de la nación y la calidad de la democracia son más necesarios.

101 años de Panamá América

 
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