Pensando en los niños
De la época de la niñez y adolescencia de los hijos, nos inundan innumerables recuerdos, que rodean la más valiosa aventura a la que los padres nos hemos lanzado, sin ningún tipo de título o de experiencia, con resultados inesperados de alegría, ilusiones, angustias o preocupaciones.
Lo que éstos hicieron ya es cuestión del pasado, eran niños graciosos, amables, malcriados, terribles o mal portados, que transmitían alegría y alboroto en sus juegos, el afán por las piñatas, los globos o los dulces, por las bicicletas y patinetas o los lego, en donde la tranquilidad o la falta de energía escaseaba y la mente daba vuelta a su imaginación, para sorprendernos con sus expresiones, respuestas y preguntas.
Hace veinte años y más, no se hablaba frecuentemente en nuestro país de los derechos de la niñez, aunque existía la Declaración de los Derechos del Niño desde 1959 y hoy, analizando esos documentos, nos preguntamos si lo enseñado a nuestros hijos ha aportado elementos positivos a su personalidad y hacia el comportamiento con las demás personas.
Hemos sido observadores apasionados del crecimiento y desarrollo de nuestros hijos y, a la vez, hemos manifestado constantemente interés por la promoción de los derechos de la niñez, mucho antes de la aprobación de la Convención de los Derechos del Niño, en 1989.
Ya han pasado más de diez años desde que se aprobó la Convención, y los niños de ayer son jóvenes y mañana serán adultos, y ciertamente esa niñez para muchos ha pasado, sin darse cuenta, tan rápidamente como una película del cine o de TV, para encontrarnos con la dura realidad de que, por lo menos, los derechos básicos de la niñez y de la adolescencia (derecho a la vida, la salud, la libertad de expresión; derecho de pensamiento y de religión; derecho a amor y comprensión, a no ser maltratado; derecho a la educación, a la alimentación, etc.), no están siendo respetados.
En esta línea, sostienen algunos que las dificultades y obstáculos no se encuentran en la falta de leyes ni de documentos internacionales, sino más bien en que el Estado y la sociedad deben mostrar un profundo interés por respetar y proteger a la niñez y adolescencia sin egoísmo, y con amor, reconociendo que no son "meros objetos", sino sujetos de derechos y obligaciones.
Es enorme la contribución que ha hecho la Convención de los Derechos de la Niñez de 1989, pero simplemente no ha sido suficiente, pues es necesario seguir recorriendo el camino en pro de los Derechos de la Niñez y de la Adolescencia, y reiterar con mucho entusiasmo que los niños tienen derecho a vivir, a crecer sanos y a una buena salud; a la seguridad social, a vestir, a la alimentación, crecer en un ambiente de felicidad, amor y comprensión; el derecho a ir a la escuela, a no ser sometido a castigos vergonzosos y a tratos humillantes; derecho a jugar, descansar, a conservar mis raíces culturales; derecho a ser protegidos contra la discriminación, a conservar el nombre y nacionalidad, a que se respete su vida privada y reputación, a no ser separados de su familia, a ser protegido contra la explotación económica y trabajos peligrosos, a ser protegido contra el secuestro, trata o venta de niños, contra el abuso sexual, a no ser encerrado ilegalmente, entre otros. Y, finalmente, expresarle a la niñez que también tienen deberes en el hogar, en la escuela, y con respecto a sus padres y hacia las demás personas.
Lo que éstos hicieron ya es cuestión del pasado, eran niños graciosos, amables, malcriados, terribles o mal portados, que transmitían alegría y alboroto en sus juegos, el afán por las piñatas, los globos o los dulces, por las bicicletas y patinetas o los lego, en donde la tranquilidad o la falta de energía escaseaba y la mente daba vuelta a su imaginación, para sorprendernos con sus expresiones, respuestas y preguntas.
Hace veinte años y más, no se hablaba frecuentemente en nuestro país de los derechos de la niñez, aunque existía la Declaración de los Derechos del Niño desde 1959 y hoy, analizando esos documentos, nos preguntamos si lo enseñado a nuestros hijos ha aportado elementos positivos a su personalidad y hacia el comportamiento con las demás personas.
Hemos sido observadores apasionados del crecimiento y desarrollo de nuestros hijos y, a la vez, hemos manifestado constantemente interés por la promoción de los derechos de la niñez, mucho antes de la aprobación de la Convención de los Derechos del Niño, en 1989.
Ya han pasado más de diez años desde que se aprobó la Convención, y los niños de ayer son jóvenes y mañana serán adultos, y ciertamente esa niñez para muchos ha pasado, sin darse cuenta, tan rápidamente como una película del cine o de TV, para encontrarnos con la dura realidad de que, por lo menos, los derechos básicos de la niñez y de la adolescencia (derecho a la vida, la salud, la libertad de expresión; derecho de pensamiento y de religión; derecho a amor y comprensión, a no ser maltratado; derecho a la educación, a la alimentación, etc.), no están siendo respetados.
En esta línea, sostienen algunos que las dificultades y obstáculos no se encuentran en la falta de leyes ni de documentos internacionales, sino más bien en que el Estado y la sociedad deben mostrar un profundo interés por respetar y proteger a la niñez y adolescencia sin egoísmo, y con amor, reconociendo que no son "meros objetos", sino sujetos de derechos y obligaciones.
Es enorme la contribución que ha hecho la Convención de los Derechos de la Niñez de 1989, pero simplemente no ha sido suficiente, pues es necesario seguir recorriendo el camino en pro de los Derechos de la Niñez y de la Adolescencia, y reiterar con mucho entusiasmo que los niños tienen derecho a vivir, a crecer sanos y a una buena salud; a la seguridad social, a vestir, a la alimentación, crecer en un ambiente de felicidad, amor y comprensión; el derecho a ir a la escuela, a no ser sometido a castigos vergonzosos y a tratos humillantes; derecho a jugar, descansar, a conservar mis raíces culturales; derecho a ser protegidos contra la discriminación, a conservar el nombre y nacionalidad, a que se respete su vida privada y reputación, a no ser separados de su familia, a ser protegido contra la explotación económica y trabajos peligrosos, a ser protegido contra el secuestro, trata o venta de niños, contra el abuso sexual, a no ser encerrado ilegalmente, entre otros. Y, finalmente, expresarle a la niñez que también tienen deberes en el hogar, en la escuela, y con respecto a sus padres y hacia las demás personas.