Penúltimo noviembre del milenio
La cercanía de un nuevo milenio y la fecha que hoy celebramos es propicia ocasión para meditar sobre el proyecto de nación que queremos para el próximo año.
La retirada de las bases norteamericanas de nuestro territorio nos da la oportunidad de consolidar la independencia patria, que nació mediatizada aquel inolvidable 3 de noviembre de 1903, bajo el manto protector de los acorazados estadounidenses.
El tratado del Canal fue el precio que hubo que pagar por la independencia. Mas no se hubo secado la tinta de su firma, cuando se hicieron sentir las primeras denuncias panameñas contra sus leoninos términos. Fue una lucha ardua y sin descanso, en la que se sucedieron todas las generaciones de panameños hasta nuestros días.
El pecado original, si lo hubo, fue purgado con creces. La noble sangre de nuestros jóvenes y elementos populares, se derramó muchas veces. Hubo que soportar un sinfín de intervenciones, injusticias y humillaciones, hasta que poco a poco fue apareciendo la luz en el horizonte.
La incansable presión istmeña fructificó en sucesivas revisiones de los tratados y en acuerdos conexos. El servicio postal, el policial y el ejercicio del comercio por los estadounidenses fue circunscrito al área canalera, de modo que no compitiera con sus similares panameños. Hubo un momento en que un gobernador zoneíta declaró abierta la Zona del Canal a las inversiones extranjeras, cual si se tratara de un estado más de la Unión Americana. Afortunadamente, nuestros gobernantes y hábiles diplomáticos sortearon el problema pese a los funestos precedentes de Texas y California.
El tratado de 1936, bajo la presidencia del doctor Harmodio Arias, eliminó el derecho de intervención norteamericana en cualquier parte del territorio nacional. Y los tratados Torrijos Carter de 1977 derogaron el convenio de 1903, estipulando la total reversión a Panamá del Canal y las áreas revertidas, en un proceso gradual que culmina al mediodía del 31 de octubre del año próximo.
Ahora libres del tutelaje norteamericano, nos toca redefinir como país nuestro destino histórico, todavía marcado por la geografía ístmica. Panamá, como se dice, es mucho más que un Canal.
Ciertamente, estamos por la Providencia bañados por dos mares, en la encrucijada del comercio entre los diversos océanos y continentes. Ellos continuarán marcando el paso de nuestro porvenir mediato. Solo que en adelante, libres de consideraciones estratégico-militares, sacaremos pleno y propio provecho económico a esas condiciones inigualables.
Sin menoscabar, y más bien reafirmando las verdaderas raíces de nuestra nacionalidad, firmemente enclavadas en las entrañas de la campiña interiorana, haremos de nuestra cintura geográfica un emporio naviero, comercial y de servicios que, al mismo tiempo que constituya puente del mundo, sea la clave del progreso definitivo del país, y de los nacionales y extranjeros que contribuyen con su esfuerzo tesonero a engrandecer esta Patria.
La retirada de las bases norteamericanas de nuestro territorio nos da la oportunidad de consolidar la independencia patria, que nació mediatizada aquel inolvidable 3 de noviembre de 1903, bajo el manto protector de los acorazados estadounidenses.
El tratado del Canal fue el precio que hubo que pagar por la independencia. Mas no se hubo secado la tinta de su firma, cuando se hicieron sentir las primeras denuncias panameñas contra sus leoninos términos. Fue una lucha ardua y sin descanso, en la que se sucedieron todas las generaciones de panameños hasta nuestros días.
El pecado original, si lo hubo, fue purgado con creces. La noble sangre de nuestros jóvenes y elementos populares, se derramó muchas veces. Hubo que soportar un sinfín de intervenciones, injusticias y humillaciones, hasta que poco a poco fue apareciendo la luz en el horizonte.
La incansable presión istmeña fructificó en sucesivas revisiones de los tratados y en acuerdos conexos. El servicio postal, el policial y el ejercicio del comercio por los estadounidenses fue circunscrito al área canalera, de modo que no compitiera con sus similares panameños. Hubo un momento en que un gobernador zoneíta declaró abierta la Zona del Canal a las inversiones extranjeras, cual si se tratara de un estado más de la Unión Americana. Afortunadamente, nuestros gobernantes y hábiles diplomáticos sortearon el problema pese a los funestos precedentes de Texas y California.
El tratado de 1936, bajo la presidencia del doctor Harmodio Arias, eliminó el derecho de intervención norteamericana en cualquier parte del territorio nacional. Y los tratados Torrijos Carter de 1977 derogaron el convenio de 1903, estipulando la total reversión a Panamá del Canal y las áreas revertidas, en un proceso gradual que culmina al mediodía del 31 de octubre del año próximo.
Ahora libres del tutelaje norteamericano, nos toca redefinir como país nuestro destino histórico, todavía marcado por la geografía ístmica. Panamá, como se dice, es mucho más que un Canal.
Ciertamente, estamos por la Providencia bañados por dos mares, en la encrucijada del comercio entre los diversos océanos y continentes. Ellos continuarán marcando el paso de nuestro porvenir mediato. Solo que en adelante, libres de consideraciones estratégico-militares, sacaremos pleno y propio provecho económico a esas condiciones inigualables.
Sin menoscabar, y más bien reafirmando las verdaderas raíces de nuestra nacionalidad, firmemente enclavadas en las entrañas de la campiña interiorana, haremos de nuestra cintura geográfica un emporio naviero, comercial y de servicios que, al mismo tiempo que constituya puente del mundo, sea la clave del progreso definitivo del país, y de los nacionales y extranjeros que contribuyen con su esfuerzo tesonero a engrandecer esta Patria.