Pérdidas irreparables
Me encontraba lejos de Washington ese caluroso 11 de septiembre de 2001 en que cayeron las Torres Gemelas en Nueva York como parte del horrendo atentado terrorista que acabó con el sueño estadounidense de ser una nación invulnerable, protegida por la majestad de dos grandes océanos. Estaba yo en Helsinki, la capital de la remota Finlandia, tratando de enlazar mis impresiones sobre ese maravilloso país con temas que podrían interesar a los lectores panameños, consciente de que las naciones nórdicas gozan de un mundo de igualdad y justicia en los que no se podía imaginar los arrebatos de inestabilidad y corrupción que afligen a otras latitudes.
Efectivamente, los sucesos en Nueva York, Washington y Pennsylvania ese día causaron una especial conmoción en Europa. Lo que más emocionó fue que, oyéndome hablar en inglés con mi esposa, Wendy, la gente en las anchas avenidas de la capital finlandesa se nos acercaba para expresar su pésame por los más de 3,000 muertos que en ese momento fueron las cifras oficiales del siniestro, así como por el luto que ya se cernía sobre el pueblo de Estados Unidos (EU).
La noticia del atentado nos llegó cuando estábamos sentados en la oficina del director de Ondine, una compañía finlandesa de discos clásicos que tiene la virtud de seguir grabando nuevas obras a diferencia de las grandes compañías de EU, Gran Bretaña y Alemania que alegan que el público ha dejado de comprar discos de música clásica. Me parecía que eso era noticia que además subrayaba el enorme desarrollo musical que goza Finlandia. Ibamos acompañados por Ritta Frick, la directora de turismo del gobierno finlandés en Nueva York.
De repente sonó su celular y ella, palideciendo, tartamudeó horrorizada "un ataque a la Casa Blanca y Pentágono en llamas". Pensamos al inicio que se trataba de una broma pesada hasta que el director de Ondine se acercó a su computadora, la que de inmediato recogió la imagen de las Torres Gemelas en llamas. De allí nos precipitamos de regreso al Hotel Kamp, donde nos quedamos pegados al televisor el resto de la noche. Fue en esa triste experiencia, oyendo la emoción con que los comentaristas trataron de inyectar algún sentido a ese horrendo atentado. Uno que otro profetizaba una victoria para el terrorismo mundial. Otros se atenían a los hechos inmediatos, dejando la teoría para los sociólogos del futuro.
Pero en Finlandia empecé a darme cuenta de que, comparado con la historia europea, EU estaba a punto de perder esa inocencia que habíamos perdido con la partida de este mundo de John F. Kennedy, Martin Luther King y Robert Kennedy. En los años que sobrevendrían retornaría yo una y otra vez a esos eventos, cuando escribía para The New York Times y, junto con mis colegas, tuvimos la sensación de que, por lo menos en el bureau de Washington, sufrimos una pérdida irreparable no sólo de tres personajes históricos claves, sino de la casi eufórica esperanza que inyectaron al proceso político.
Así resultó en esa primera oportunidad: el homicidio de esos hombres de paz tuvo como respuesta no sólo una serie de frenéticas insurrecciones de los negros estadounidenses, los pobres de EU vengando a su líder muerto, sino una pérdida de confianza en el tan aclamado proceso político de EU.
En el hotel esperaban periodistas con preguntas que tendría yo que responder, no ya en la especulación teórica, sino en el trágico reto de la historia que nunca fue tan benigna para los europeos como para los estadounidenses. Sorprendió, no muy positivamente, cuando el presidente George W. Bush y su equipo, en vez de utilizar el shock que acababa de experimentar su pueblo como un puenta a las trágicas experiencias históricas del Viejo Mundo, adoptaron una actitud de cómo si EU se había convertido en la primera y única gran víctima del terrorismo a nivel mundial.
Esa visión que tenía Bush del papel de EU, fue elaborada por él y muchos asesores suyos, todos veteranos del gobierno de Ronald Reagan, de Bush padre, no hubiera comulgado con la idea no de Martin Luther King, el héroe de Clinton, sino de Friedrich Hayek, el conservador economista alemán.
Efectivamente, los sucesos en Nueva York, Washington y Pennsylvania ese día causaron una especial conmoción en Europa. Lo que más emocionó fue que, oyéndome hablar en inglés con mi esposa, Wendy, la gente en las anchas avenidas de la capital finlandesa se nos acercaba para expresar su pésame por los más de 3,000 muertos que en ese momento fueron las cifras oficiales del siniestro, así como por el luto que ya se cernía sobre el pueblo de Estados Unidos (EU).
La noticia del atentado nos llegó cuando estábamos sentados en la oficina del director de Ondine, una compañía finlandesa de discos clásicos que tiene la virtud de seguir grabando nuevas obras a diferencia de las grandes compañías de EU, Gran Bretaña y Alemania que alegan que el público ha dejado de comprar discos de música clásica. Me parecía que eso era noticia que además subrayaba el enorme desarrollo musical que goza Finlandia. Ibamos acompañados por Ritta Frick, la directora de turismo del gobierno finlandés en Nueva York.
De repente sonó su celular y ella, palideciendo, tartamudeó horrorizada "un ataque a la Casa Blanca y Pentágono en llamas". Pensamos al inicio que se trataba de una broma pesada hasta que el director de Ondine se acercó a su computadora, la que de inmediato recogió la imagen de las Torres Gemelas en llamas. De allí nos precipitamos de regreso al Hotel Kamp, donde nos quedamos pegados al televisor el resto de la noche. Fue en esa triste experiencia, oyendo la emoción con que los comentaristas trataron de inyectar algún sentido a ese horrendo atentado. Uno que otro profetizaba una victoria para el terrorismo mundial. Otros se atenían a los hechos inmediatos, dejando la teoría para los sociólogos del futuro.
Pero en Finlandia empecé a darme cuenta de que, comparado con la historia europea, EU estaba a punto de perder esa inocencia que habíamos perdido con la partida de este mundo de John F. Kennedy, Martin Luther King y Robert Kennedy. En los años que sobrevendrían retornaría yo una y otra vez a esos eventos, cuando escribía para The New York Times y, junto con mis colegas, tuvimos la sensación de que, por lo menos en el bureau de Washington, sufrimos una pérdida irreparable no sólo de tres personajes históricos claves, sino de la casi eufórica esperanza que inyectaron al proceso político.
Así resultó en esa primera oportunidad: el homicidio de esos hombres de paz tuvo como respuesta no sólo una serie de frenéticas insurrecciones de los negros estadounidenses, los pobres de EU vengando a su líder muerto, sino una pérdida de confianza en el tan aclamado proceso político de EU.
En el hotel esperaban periodistas con preguntas que tendría yo que responder, no ya en la especulación teórica, sino en el trágico reto de la historia que nunca fue tan benigna para los europeos como para los estadounidenses. Sorprendió, no muy positivamente, cuando el presidente George W. Bush y su equipo, en vez de utilizar el shock que acababa de experimentar su pueblo como un puenta a las trágicas experiencias históricas del Viejo Mundo, adoptaron una actitud de cómo si EU se había convertido en la primera y única gran víctima del terrorismo a nivel mundial.
Esa visión que tenía Bush del papel de EU, fue elaborada por él y muchos asesores suyos, todos veteranos del gobierno de Ronald Reagan, de Bush padre, no hubiera comulgado con la idea no de Martin Luther King, el héroe de Clinton, sino de Friedrich Hayek, el conservador economista alemán.