Perdiendo la capital
Nunca fue una ciudad bella, pero se volvió insegura . Empezó por ser copada por un férreo anillo de pobreza que se adueñó de cerros circunvecinos, sin que ninguno de los gobiernos oligárquicos que se alternaban en el poder se ocupara de ellos, salvo en los pocos meses previos a elecciones. Ahora son una fábrica de delincuentes que asfixia y hace miserable la vida en Caracas, Venezuela.
Algo parecido pasa en Panamá, pero al menos nuestros gobiernos están haciendo algo por los barrios populares periféricos; aunque no lo suficiente. Hay dinero de sobra, pero hace falta determinación e inteligencia para desinflar esos bolsones de pobreza.
Otra señal aparecida en Caracas fue la proliferación de vendedores en los semáforos. Empezaron, como aquí, amigables y, de a poco, se tornaron agresivos, y de allí en asaltantes. Inmigrantes venezolanos advierten que debemos detenerlos ahora que se puede y no están organizados; de lo contrario, se extenderán por doquier y se convertirán en botín político de los partidos y, cuando eso ocurra, la inseguridad será total. Los mismos inmigrantes también observan que nos estamos llenando de motociclistas. Los ven como una plaga en crecimiento que hará más intransitable nuestra capital. Lo descrito por ellos es pesadilla, a tal punto que terminan advirtiendo: "Cuando sintamos que la inseguridad en Panamá llegue a ser un cuarto de la de Caracas, nos marcharemos a otro país".