default

Perfeccionismo, legalismo y moral


Me pregunto si notamos las tantas veces que se usa el perfeccionismo, el detallismo o el leguleyismo para conseguir lo que se quiere, para hacer algo o para hacer nada. Yo lo observo quizás porque soy tan poco perfecto, detallista o leguleyo. Para infortunio de Panamá esta actitud comodín sucede a cada rato. Tal es el caso del nepotismo. Ahora todo el mundo saca a relucir cuanta definición existe del nepotismo. Sin embargo, lo medular es si la acción de marras es ética o moral.
Poco interesa la verborrea de las definiciones. Hay que corregir con base en la ética y la moral. Pero no, esta verborragia parece que continuará per secula. Otro ejemplo. En los últimos meses destaca la adoración que sienten por el legalismo los legisladores que no quieren despojarse de la inmunidad en defensa de la presunción de inocencia y de que se sigan los procedimientos legales al pie de la letra para después, dizque voluntariamente, levantarse la inmunidad.
Me pregunto si los legisladores de marras se han puesto a pensar que su actitud choca estrepitosamente con el querer, la opinión, la percepción ("esquiusmi") de las grandes mayorías -de todas las corrientes- que anhelan que se afronte de una vez por todas la corrupción rampante, galopante, que viene de arrastre de larga data. Pero ahora es que la propia clase política abrió la boca, metió la pata, y no sabe cómo tragarse el dinosaurio sin eructarlo.
Como no hagan lo que dicta la moral y las buenas costumbres -que nada tienen que ver con el leguleyismo- no es difícil presagiarle un futuro terrible a nuestro querido Panamá. Igual sucede entre los periodistas profesionales, principalmente los sindicalizados. Llenos de motivo, aparentemente quieren que una patente de corso sirva para borrar de la tinta de imprenta los nombres de los "paracaidistas" herejes que se las tiran de periodistas. Lo que a mí me parece que debe interesarles antes que todo es que exista una genuina libertad de expresión.
Aclaro, llevo unos once años de estar escribiendo mi opinión en un par de periódicos, pero en ningún momento, ni antes, ni ahora, ni nunca, me creería periodista. Simplemente no tengo la idoneidad. No obstante, no voy a entrar en minucias. En esta ocasión me conviene desplegar mi total ausencia de perfección y detallismo.
Dentro de mi ignorancia, la cual desafortunadamente he hecho evidente en mis escritos, igual pienso acerca de toda la habladuría -no digo charlatanería- que ocurre hace tiempo con relación a la necesidad de reformar o promulgar una nueva constitución.
Con el perdón de los eruditos en la materia, prefiero el método más práctico para lograr este objetivo: Una comisión de notables que consultaría con Raimundo y todo el mundo para redactar una nueva Carta Magna que sería sometida, en un tiempo perentorio, digamos, seis meses máximo, a un referéndum. No creo que ni el más legalista, o leguleyo, o perfeccionista, dejaría de admitir que sería la forma más expedita y cabal en la cual participarían todos los sectores de opinión.
Debo admitir que como todas las sugerencias, ésta necesitaría de la voluntad del Ejecutivo primero, y "last but not least", de los partidos políticos que "controlan" a los legisladores a que aludimos -sin ánimo de deshonrarlos- en el tercer párrafo de este escrito.
Me imagino que los miembros del Poder Judicial también deberían sumarse. Lo que me parecería futil sería una discusión bizantina acerca de si los de la Comisión de Notables son "rabis" o si fueron a Harvard. En breve, muchos rabis han aportado constructivamente al desarrollo del país. Por supuesto que espero que los "no-rabis" participen lucidamente.
En fin, todos los panameños debemos participar en la necesarísima corrección de rumbos en el país. Todos los panameños debemos rectificar. Esto no es sólo función chavista. De no hacerlo, parémonos a escudriñar en todo lo posible la clase de mare magnum que hemos creado en nuestro terruño. ¿Necesito repetir que Panamá es inmortal?

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América