Periodismo y literatura (I)
Creo que es importante partir de un hecho central. El hombre necesita comunicarse; necesita expresarse mediante la palabra escrita, verbal, o gestual. A ese esfuerzo de comunicación pertenecen tanto el periodismo como la literatura. Es decir, el esfuerzo comunicacional raigalmente es el mismo. La diferencia está en que, repitiendo la distinción clásica de Aristóteles en la "Retórica", periodismo como la historia, refiere lo real, lo verosímil, lo verídico; en tanto que la literatura, el teatro, la poesía, expresan lo posible: la realidad tal cual pudo suceder. Esto nos permite vislumbrar cómo ambos momentos corresponden al mismo intento del hombre de expresarse, de relacionarse con sus semejantes dentro de la estructura social. Nada más natural, nada más legítimo, nada más lícito que periodismo y literatura estén hermanados aún cuando se desenvuelven en cauces autónomos paralelos.
En los últimos tiempos se puede apreciar un esfuerzo mancomunado de convergencia de las líneas paralelas. Bien porque el periodismo puede aportar instrumental técnico a la narrativa; como también la ficción narrativa puede, asimismo, aportar un lenguaje o una manera o estilo de observar la realidad. Existen distintas maneras cómo periodismo y literatura pueden hermanarse. En primer término tenemos la fase estilística. Es un lugar común decir que el mejor aprendizaje que puede tener un escritor es el periodismo. El periodista vive de expresarse y tiene que hacerlo diariamente, a hora fija, de suerte que el hábito de escribir puede consolidarse profesionalmente. Asimismo el manejo del lenguaje. Cuando un reportero inicia sus deberes periodísticos, inicia también una larga tratativa, una aventura lingüística que va de menos a más. Un periodista puede empezar de reportero de calle y ascender a editorialista, posición en la que se requiere una mayor destreza estilística, mayor dominio del idioma, y también un conocimiento maduro y sofisticado de la sintaxis y de los secretos de la expresión de masas.
Ernest Hemingway recordó muchas veces que su más riguroso maestro de estilo, el más implacable maestro en el arte de escribir, fue Pete Wellington, jefe de redacción del diario Toronto Star de Canadá. Se editó un libro en español que recoge las crónicas periodísticas del primer Hemingway, titulado "En Toronto". De allí puede apreciarse que lo que teorizamos es real y uno queda asombrado por las comprobaciones. Por ejemplo, hay una crónica de Hemingway sobre la crianza del salmón; de la aventura que significa para el pescador lograr pescar un nervioso salmón de importante peso que nada contra la corriente de los riachuelos canadienses. Allí veo el embrión del cuento o novela corta "El viejo y el mar"; inclusive la concepción del trabajo de la pesca como la imagen de la batalla del hombre en el medio ambiente físico.
Tenemos otro ejemplo de cómo el periodismo puede fertilizar la creatividad de un escritor. El caso de Graham Greene, gran novelista inglés, quien a finales de los años treinta viajó por México para escribir reportajes sobre las persecuciones de que fueron víctimas muchos católicos bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas. Los católicos tomaron una acción militante y hasta de guerra contra el gobierno fuertemente anticlerical en un movimiento llamado los cristeros. Graham Greene fue enviado especial de un diario inglés y escribió, entre otras crónicas, la historia de un sacerdote que había llevado una vida algo desordenada y aún disoluta, y estaba huyendo por la frontera de Guatemala cuando alguien le pidió que retornara al lado mexicano de la frontera para brindarle los auxilios divinos a una persona. El sacerdote sintió esto como el llamado de Dios. Pues bien, esa es la historia de su gran novela "El poder y la gloria".
En América Latina se podría mencionar innumerables casos de la fusión periodismo- literatura. Mario Vargas Llosa, a quien conozco desde que teníamos quince años y hacíamos nuestras primeras armas como periodista. Eramos reporteros policiales en la Lima bohemia de los años cincuenta. El trabajaba en el diario "La Crónica"; era jovencito y le decían " el conejo" por sus dientes. Yo estaba en "La Prensa". Había una gran rivalidad en las redacciones de ambos diarios, pero éramos amigos, nos veíamos en la universidad de San Marcos de Lima. Como periodista, Mario observó aspectos policiales de la dictadura del general Manuel A. Odría. Muy jóvenes nos vimos obligados a conocer presos políticos, policías infiltrados como estudiantes para delatar conspiraciones, familias angustiadas por llevar la comida a los parientes presos. Eran épocas en que ser preso político o exilado en el Perú constituía una tragedia porque la víctima dejaba a su familia a la intemperie; la esposa era objeto de acoso sexual por las autoridades. Todo un conjunto de miserias de orden ético. Estas desventuras morales reaparecen en la novela "Conversaciones en la Catedral", escrita por un ex reportero peruano,.
He citado, también, la situación de Gabriel García Márquez, quien hizo un viaje famoso al Chocó, una región selvática, enviado por el diario "EL Espectador". Pues en el puñado de crónicas sobre el Chocó y su gente está el germen de Macondo. Esos poblados abandonados casi cubiertos de moho vegetal; que la selva está devorando poco a poco, esa gente macilenta que vive en perpetua lucha contra la selva, pero que tiene una visión mágica de la vida. También se filtra la experiencia periodística en "El general no tiene quien le escriba". Estos materiales reporteriles le sirvieron extraordinariamente a García Márquez para, a partir de ese humus de historia y fantasía, construir un cosmos novelístico. El ha dicho que la historia del célebre cuento "Los funerales de la Mama Grande" parte de la leyenda que conoció en las ciénagas del Chocó de una mujer medio vidente, medio bruja, inmensamente anciana, que leía el porvenir. Podríamos hablar seguido 24 horas o más señalando otros casos de liga temática de periodismo y literatura: las Memorias de un condenado a muerte de Dostoiewsi, parten de vivencias políticas personales. Charles Dickens, como reportero del Daily Mirror recorrió las calles de los suburbios de Londres donde corrían los Oliver Twist entre charcos pestilentes; Stephen Crane, novelista norteamericano viajó por México, recogiendo impresiones transmutadas en literatura.
En los últimos tiempos se puede apreciar un esfuerzo mancomunado de convergencia de las líneas paralelas. Bien porque el periodismo puede aportar instrumental técnico a la narrativa; como también la ficción narrativa puede, asimismo, aportar un lenguaje o una manera o estilo de observar la realidad. Existen distintas maneras cómo periodismo y literatura pueden hermanarse. En primer término tenemos la fase estilística. Es un lugar común decir que el mejor aprendizaje que puede tener un escritor es el periodismo. El periodista vive de expresarse y tiene que hacerlo diariamente, a hora fija, de suerte que el hábito de escribir puede consolidarse profesionalmente. Asimismo el manejo del lenguaje. Cuando un reportero inicia sus deberes periodísticos, inicia también una larga tratativa, una aventura lingüística que va de menos a más. Un periodista puede empezar de reportero de calle y ascender a editorialista, posición en la que se requiere una mayor destreza estilística, mayor dominio del idioma, y también un conocimiento maduro y sofisticado de la sintaxis y de los secretos de la expresión de masas.
Ernest Hemingway recordó muchas veces que su más riguroso maestro de estilo, el más implacable maestro en el arte de escribir, fue Pete Wellington, jefe de redacción del diario Toronto Star de Canadá. Se editó un libro en español que recoge las crónicas periodísticas del primer Hemingway, titulado "En Toronto". De allí puede apreciarse que lo que teorizamos es real y uno queda asombrado por las comprobaciones. Por ejemplo, hay una crónica de Hemingway sobre la crianza del salmón; de la aventura que significa para el pescador lograr pescar un nervioso salmón de importante peso que nada contra la corriente de los riachuelos canadienses. Allí veo el embrión del cuento o novela corta "El viejo y el mar"; inclusive la concepción del trabajo de la pesca como la imagen de la batalla del hombre en el medio ambiente físico.
Tenemos otro ejemplo de cómo el periodismo puede fertilizar la creatividad de un escritor. El caso de Graham Greene, gran novelista inglés, quien a finales de los años treinta viajó por México para escribir reportajes sobre las persecuciones de que fueron víctimas muchos católicos bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas. Los católicos tomaron una acción militante y hasta de guerra contra el gobierno fuertemente anticlerical en un movimiento llamado los cristeros. Graham Greene fue enviado especial de un diario inglés y escribió, entre otras crónicas, la historia de un sacerdote que había llevado una vida algo desordenada y aún disoluta, y estaba huyendo por la frontera de Guatemala cuando alguien le pidió que retornara al lado mexicano de la frontera para brindarle los auxilios divinos a una persona. El sacerdote sintió esto como el llamado de Dios. Pues bien, esa es la historia de su gran novela "El poder y la gloria".
En América Latina se podría mencionar innumerables casos de la fusión periodismo- literatura. Mario Vargas Llosa, a quien conozco desde que teníamos quince años y hacíamos nuestras primeras armas como periodista. Eramos reporteros policiales en la Lima bohemia de los años cincuenta. El trabajaba en el diario "La Crónica"; era jovencito y le decían " el conejo" por sus dientes. Yo estaba en "La Prensa". Había una gran rivalidad en las redacciones de ambos diarios, pero éramos amigos, nos veíamos en la universidad de San Marcos de Lima. Como periodista, Mario observó aspectos policiales de la dictadura del general Manuel A. Odría. Muy jóvenes nos vimos obligados a conocer presos políticos, policías infiltrados como estudiantes para delatar conspiraciones, familias angustiadas por llevar la comida a los parientes presos. Eran épocas en que ser preso político o exilado en el Perú constituía una tragedia porque la víctima dejaba a su familia a la intemperie; la esposa era objeto de acoso sexual por las autoridades. Todo un conjunto de miserias de orden ético. Estas desventuras morales reaparecen en la novela "Conversaciones en la Catedral", escrita por un ex reportero peruano,.
He citado, también, la situación de Gabriel García Márquez, quien hizo un viaje famoso al Chocó, una región selvática, enviado por el diario "EL Espectador". Pues en el puñado de crónicas sobre el Chocó y su gente está el germen de Macondo. Esos poblados abandonados casi cubiertos de moho vegetal; que la selva está devorando poco a poco, esa gente macilenta que vive en perpetua lucha contra la selva, pero que tiene una visión mágica de la vida. También se filtra la experiencia periodística en "El general no tiene quien le escriba". Estos materiales reporteriles le sirvieron extraordinariamente a García Márquez para, a partir de ese humus de historia y fantasía, construir un cosmos novelístico. El ha dicho que la historia del célebre cuento "Los funerales de la Mama Grande" parte de la leyenda que conoció en las ciénagas del Chocó de una mujer medio vidente, medio bruja, inmensamente anciana, que leía el porvenir. Podríamos hablar seguido 24 horas o más señalando otros casos de liga temática de periodismo y literatura: las Memorias de un condenado a muerte de Dostoiewsi, parten de vivencias políticas personales. Charles Dickens, como reportero del Daily Mirror recorrió las calles de los suburbios de Londres donde corrían los Oliver Twist entre charcos pestilentes; Stephen Crane, novelista norteamericano viajó por México, recogiendo impresiones transmutadas en literatura.