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Perú: mucha droga y pocos derechos de propiedad


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Colaborador

Iquitos, Perú (AIPE)- En la misma rivera del Amazonas donde unas semanas más tarde fui invitado a dictar varias conferencias, derrumbaron la avioneta con los misioneros, donde murió Verónica Bowers y su niñita Charity.
Vine a hablarle a los misioneros, pastores y demás líderes civiles acerca de la economía de mercado y su estructura legal y moral, como solución a la pobreza de la región. La corrupción aquí está a la vista y se invita a todo el mundo a participar en ella. Un pastor evangélico me comentó que el soborno es el pan de cada día.
La policía lo paró recientemente, sin razón aparente, procediéndole a hacer una serie de preguntas sin sentido. Me dijo que la policía impone multas y de inmediato asoma la posibilidad de un arreglo. El arreglo de una multa de 42 dólares es una coima de unos 80 centavos. El pastor culpa a la desesperación de la gente por la pobreza, pero la ambición desmedida de políticos y burócratas, además de pesadas regulaciones, son parte importante del problema.
Cuando unos tienen poder sobre otros, esto los coloca en posición de exigir coimas. Se trata de una situación que el escritor peruano Hernando de Soto conoce muy bien. En su nuevo libro, "El misterio del capital", él argumenta que la pobreza de la región no es el resultado del capitalismo salvaje del mundo desarrollado, sino la falta de oportunidades y falta de acceso a capital del mundo subdesarrollado.
Las economías latinoamericanas tienden a tener una doble estructura. Los ricos y los bien conectados gozan de incentivos y tienen acceso al capital, mientras que los pobres languidecen en el sector informal. El exceso de regulaciones y la ausencia de derechos de propiedad impiden la movilidad social.
En una cena en su casa con varios empresarios, de Soto nos contaba que los cerebros detrás del negocio de las drogas en el Perú son colombianos. Los campesinos en la selva están, simplemente, tratando de sobrevivir, cosechando coca en tierras que no les pertenecen.
Preguntó a los presentes por qué no estaban metidos en el negocio de las drogas, el cual tiene un margen de ganancia de 2.000% entre la selva amazónica y las calles de Nueva York. El mismo se contestó, diciendo que la gente del mundo desarrollado tiene otras oportunidades y demasiado que perder, dos condiciones que no son aplicables a los peruanos pobres. Si se le dan las mismas oportunidades e incentivos, esos campesinos podrían cultivar palmito, con lo cual ganarían más.
En mi conferencia en Iquitos pregunté si habían conocido a la pareja de misioneros de la avioneta Cessna derribada. Muchos me dijeron que sí. Seguramente que de no haber ocurrido la tragedia, habrían asistido a mis conferencias.
Al día siguiente, crucé el río para ver los restos de la avioneta. El mecánico que le daba mantenimiento al Cessna salió a ver quiénes llegaban. Le dije que yo era un sacerdote católico, que venía acompañado de un colega protestante y que ambos queríamos rezar. Nos mostró los agujeros de las balas en las hélices y en el fuselaje. Fue un milagro que el piloto, con el avión en llamas, pudiese aterrizar.
Viendo los retorcidos y renegridos restos de la avioneta, le di gracias a Dios por los misioneros que dejan las comodidades y seguridad de sus hogares para venir a distribuir alimentos, medicinas y la palabra de Dios a estos miserables caseríos. Y le pedí al Señor que mostrara a nuestros gobernantes una mejor manera, menos violenta, de lidiar con el narcotráfico.
Necesitamos políticas que atraigan y promuevan la buena voluntad de la gente, reconociendo sus problemas
cotidianos. Vemos el resultado de la guerra contra las drogas en la prolongación de la pobreza en el Perú y
en la pérdida de las vidas de Verónica y su hijita. Ya es hora de hacer las cosas de manera diferente, tomando
en cuenta la situación de los latinoamericanos.
(c)* Sacerdote católico y presidente del Instituto Acton para el Estudio de la Religión y la Libertad. Este artículo fue originalmente publicado en inglés por Investor"s Business Daily. www.aipenet.com


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