Plebiscito: il fait de nous des cons
EL ESTADO moderno nació en América y su fundamento político ha sido la democracia laica, es decir, el sometimiento del gobierno a la opinión y a la voluntad única del pueblo por medio de sus representantes (elección) o por propia iniciativa expresada en forma espontánea (manifestación pública) o consultada (plebiscito)
Desde la caída del imperio británico (1947) y del nacimiento -después de Hiroshima y Nagasaky (1945)- de la primera potencia nuclear a la implosión de la Unión Soviética (1991), el mundo experimentó un reconocido progreso científico y tecnológico, así como -en términos absolutos- un mayor bienestar económico. En cambio, la influencia nihilista de Nieztche y el auge del psicoanálisis desnudaron al hombre moderno de las últimas prendas que le impedían conocer las profundidades de su intimidad. La razón había dominado el panorama de los últimos cuatro siglos. Había llegado la hora del principio del placer, del instinto y de la imaginación.
Fue en la revoltosa Francia donde se gestó el Estado posmoderno. Contrario a la historia de las confrontaciones ideológicas tradicionales, la gesta de la primavera del 68 a pesar de los intentos iniciales de Sartre no se fundamentó en tratados filosóficos, estos fueron su consecuencia, no su origen. Su constitución política fue escrita en los graffiti que alumbraron las fachadas de París con el genio candoroso de una juventud rebelde, incomprendida y cansada de vivir en los arrabales de un pseudo bienestar socialmente injusto. Hastiados también de la hipocresía burócrata comunista y debilitado el pensamiento socialista tradicional, la juventud francesa denunció en la calles, a punta de aerosol, el porqué de su aparente sin razón. Recordemos algunos de sus lemas: Prohibido prohibir. La imaginación al poder. Todo es posible. El aburrimiento es contrarrevolucionario. No le pongas parches, la estructura está podrida. Soy marxista de la tendencia Groucho. Seamos realistas: exijamos lo imposible. Plébiscite: qu´on dise oui, qu´on dise non, il fait de nous des cons (Plebiscito: votar no o votar sí, nos hace pendejos).
Cualquier semejanza con la situación actual de Francia y de aquí no es mera casualidad, está determinada por el sometimiento del pensamiento político a las fuerzas económicas. En tiempos del primer imperio británico y de la revolución rusa, se utilizaban las armas y el oro para imponer una teoría o un sistema con el objetivo de sostener o expandir la hegemonía liberal o socialista. Hoy se utiliza la política y el poderío militar para sostener el imperio económico de megaempresas cuya influencia va más allá de las virtuales fronteras convencionales. Con su anunciada reunión de hoy, China le da igual importancia a USA que a Microsoft.
El antiguo Estado Nación moderno va siendo sustituido por la Administración del Estado en una confederación virtual de países o de regiones, sometidas a tratados comerciales que privilegian la subsistencia del más fuerte en detrimento del más débil. De tal modo que en nombre de la flexibilidad laboral se pretende legitimar una esclavitud que ya creíamos abolida, pero que existe en la maquila de inmigrantes diseminados a lo largo y ancho del planeta, incluso dentro de nuestros propios países. No aceptar esta realidad sería ser cómplice de la propaganda neoliberal fundamentalista y de sus gobiernos en la constante y tenaz desinformación ciudadana sostenida por los medios de comunicación social pertenecientes, en su mayoría, a corporaciones empresariales asociadas al sistema. Nos salva la existencia, aunque escasa, de periodistas y periódicos que todavía conservan una línea editorial libre, nacional y solidaria, comprometida con la justicia social y el progreso integral de la sociedad.
La nuestra es una sociedad multicultural y plurirracial con todo lo extraordinariamente valioso o contraproducente que ello tenga. En el Estado posmoderno el poder no se ejecuta, se diluye limitándose a delegar sus funciones en comisiones inoperantes. Las decisiones mínimas -como las de resolver la anarquía del tránsito y del transporte público o la de impedir la asunción de un funcionario escogido pero no electo- no se pueden solucionar, ipso facto, en los brazos inoperantes de la burocracia gubernamental y se termina por caer en el hecho consumado de la abulia ciudadana irresponsable. El vacío de autoridad y la "resbaladera ejecutiva", lo llena un poder legislativo conformado por partidarios políticos cuyo solo mérito ha sido, en su mayoría, colaborar en las campañas electorales y no por méritos propios. Se legisla sin experiencia jurídica ni seriedad ciudadana. Los imberbes mandan con los mismos criterios que los estudiantes del 68. Toda nuestra política criolla, como la relación del Canal de Panamá con la República, se hace bajo los términos constitucionales de una autoridad bicéfala, supeditando el Estado-Nación a la Empresa y a los caprichos de los ideólogos que promueven relaciones económicas impuestas coercitivamente desde el exterior para satisfacer necesidades propias bajo tratados comerciales darvinianos. Tales teorías mantienen a los ingenuos a la deriva y a los suspicaces, metódicamente desinformados bajo argucias, estadísticas e índices sacados de la galera de un Gran Mago Universal.
En la política posmoderna estos hechos palpables y visibles no tienen importancia alguna porque lo que vale no es la realidad sino las infinitas interpretaciones que de esos hechos se tengan o se fabriquen. Así el relativismo político de partidos desprestigiados nos somete, una vez más, a elegir contra reloj, entre un sí y un no de algo tan importante y trascendente en la vida de la nación como es el futuro del Canal de Panamá, sin conocer -a la fecha de escribir esto- sus razones, objetivos, beneficios o perjuicios de una obra eminentemente técnica pero que en realidad está incrustada en el inconsciente colectivo de la panameñidad. Es de esperar que estas importantísimas influencias psicológicas se hayan tomado en cuenta porque en el plebiscito no votarán sólo los ingenieros, los economistas y los abogados sino gente que fue educada cuando todavía el canal era bandera y piedra de sacrificio de numerosas generaciones, muchas de las cuales todavía recuerdan a sus mártires y muy probablemente se decidan por razones que la razón no entiende y terminen votando con el corazón puesto en la historia.
Desde la caída del imperio británico (1947) y del nacimiento -después de Hiroshima y Nagasaky (1945)- de la primera potencia nuclear a la implosión de la Unión Soviética (1991), el mundo experimentó un reconocido progreso científico y tecnológico, así como -en términos absolutos- un mayor bienestar económico. En cambio, la influencia nihilista de Nieztche y el auge del psicoanálisis desnudaron al hombre moderno de las últimas prendas que le impedían conocer las profundidades de su intimidad. La razón había dominado el panorama de los últimos cuatro siglos. Había llegado la hora del principio del placer, del instinto y de la imaginación.
Fue en la revoltosa Francia donde se gestó el Estado posmoderno. Contrario a la historia de las confrontaciones ideológicas tradicionales, la gesta de la primavera del 68 a pesar de los intentos iniciales de Sartre no se fundamentó en tratados filosóficos, estos fueron su consecuencia, no su origen. Su constitución política fue escrita en los graffiti que alumbraron las fachadas de París con el genio candoroso de una juventud rebelde, incomprendida y cansada de vivir en los arrabales de un pseudo bienestar socialmente injusto. Hastiados también de la hipocresía burócrata comunista y debilitado el pensamiento socialista tradicional, la juventud francesa denunció en la calles, a punta de aerosol, el porqué de su aparente sin razón. Recordemos algunos de sus lemas: Prohibido prohibir. La imaginación al poder. Todo es posible. El aburrimiento es contrarrevolucionario. No le pongas parches, la estructura está podrida. Soy marxista de la tendencia Groucho. Seamos realistas: exijamos lo imposible. Plébiscite: qu´on dise oui, qu´on dise non, il fait de nous des cons (Plebiscito: votar no o votar sí, nos hace pendejos).
Cualquier semejanza con la situación actual de Francia y de aquí no es mera casualidad, está determinada por el sometimiento del pensamiento político a las fuerzas económicas. En tiempos del primer imperio británico y de la revolución rusa, se utilizaban las armas y el oro para imponer una teoría o un sistema con el objetivo de sostener o expandir la hegemonía liberal o socialista. Hoy se utiliza la política y el poderío militar para sostener el imperio económico de megaempresas cuya influencia va más allá de las virtuales fronteras convencionales. Con su anunciada reunión de hoy, China le da igual importancia a USA que a Microsoft.
El antiguo Estado Nación moderno va siendo sustituido por la Administración del Estado en una confederación virtual de países o de regiones, sometidas a tratados comerciales que privilegian la subsistencia del más fuerte en detrimento del más débil. De tal modo que en nombre de la flexibilidad laboral se pretende legitimar una esclavitud que ya creíamos abolida, pero que existe en la maquila de inmigrantes diseminados a lo largo y ancho del planeta, incluso dentro de nuestros propios países. No aceptar esta realidad sería ser cómplice de la propaganda neoliberal fundamentalista y de sus gobiernos en la constante y tenaz desinformación ciudadana sostenida por los medios de comunicación social pertenecientes, en su mayoría, a corporaciones empresariales asociadas al sistema. Nos salva la existencia, aunque escasa, de periodistas y periódicos que todavía conservan una línea editorial libre, nacional y solidaria, comprometida con la justicia social y el progreso integral de la sociedad.
La nuestra es una sociedad multicultural y plurirracial con todo lo extraordinariamente valioso o contraproducente que ello tenga. En el Estado posmoderno el poder no se ejecuta, se diluye limitándose a delegar sus funciones en comisiones inoperantes. Las decisiones mínimas -como las de resolver la anarquía del tránsito y del transporte público o la de impedir la asunción de un funcionario escogido pero no electo- no se pueden solucionar, ipso facto, en los brazos inoperantes de la burocracia gubernamental y se termina por caer en el hecho consumado de la abulia ciudadana irresponsable. El vacío de autoridad y la "resbaladera ejecutiva", lo llena un poder legislativo conformado por partidarios políticos cuyo solo mérito ha sido, en su mayoría, colaborar en las campañas electorales y no por méritos propios. Se legisla sin experiencia jurídica ni seriedad ciudadana. Los imberbes mandan con los mismos criterios que los estudiantes del 68. Toda nuestra política criolla, como la relación del Canal de Panamá con la República, se hace bajo los términos constitucionales de una autoridad bicéfala, supeditando el Estado-Nación a la Empresa y a los caprichos de los ideólogos que promueven relaciones económicas impuestas coercitivamente desde el exterior para satisfacer necesidades propias bajo tratados comerciales darvinianos. Tales teorías mantienen a los ingenuos a la deriva y a los suspicaces, metódicamente desinformados bajo argucias, estadísticas e índices sacados de la galera de un Gran Mago Universal.
En la política posmoderna estos hechos palpables y visibles no tienen importancia alguna porque lo que vale no es la realidad sino las infinitas interpretaciones que de esos hechos se tengan o se fabriquen. Así el relativismo político de partidos desprestigiados nos somete, una vez más, a elegir contra reloj, entre un sí y un no de algo tan importante y trascendente en la vida de la nación como es el futuro del Canal de Panamá, sin conocer -a la fecha de escribir esto- sus razones, objetivos, beneficios o perjuicios de una obra eminentemente técnica pero que en realidad está incrustada en el inconsciente colectivo de la panameñidad. Es de esperar que estas importantísimas influencias psicológicas se hayan tomado en cuenta porque en el plebiscito no votarán sólo los ingenieros, los economistas y los abogados sino gente que fue educada cuando todavía el canal era bandera y piedra de sacrificio de numerosas generaciones, muchas de las cuales todavía recuerdan a sus mártires y muy probablemente se decidan por razones que la razón no entiende y terminen votando con el corazón puesto en la historia.