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Pobre precarista


Nunca fue tan vivo el recuerdo de la dictadura militar de 21 años que padecimos, cuando vimos las imágenes de la televisión en momentos en que la Policía Nacional (control de multitudes), desalojaba a los precaristas de Cerro Castillo en Burunga, Arraiján, negando la democracia de la cual tanto se habla. Niños, mujeres, hombres y ancianos fueron acorralados de manera brutal por bombas lacrimógenas y por tractores que desmantelaban con sadismo las míseras chozas construidas con cartones por panameños a quienes no se les ha dado respuesta dentro de un sistema de gobierno que ha olvidado sus promesas con los más pobres; a compatriotas que se sienten obligados a ocupar las tantas tierras sin uso en manos de poderosos terratenientes que han venido retardando, con su influencia, la tan indispensable reforma agraria inspirada en los verdaderos problemas del agro panameño; a humildes hijos de este país que, como "judíos errantes", caminan a lo largo y ancho del territorio nacional, buscando oportunidades para su incorporación a la vida socioeconómica y educativa, pero no encuentran el apoyo de las instituciones gubernamentales.
Y es que en el horizonte de la patria siempre surge la figura del humilde hombre del campo golpeado por la naturaleza y por la indolencia de gobernantes que jamás han tenido el menor interés en el desarrollo de planes que ayuden, de manera integral, a la campiña interiorana a salir de la extrema pobreza, de la ignorancia, de las enfermedades. Estos pobres campesinos e indígenas solamente son recordados durante las elecciones para que aporten su voto. Estos precaristas que invaden día tras día la tierra que otros no usan por desidia, son los campesinos de toda la república, que emigran de sus campos, porque en ellos no hay el menor estímulo para trabajar la agricultura. Es el drama de la familia rural campesina e indígena que ha optado por emigrar a lugares cercanos a la ciudad capital en busca de mejores perspectivas de vida y, de esa manera, nuestros campos y comunidades se van quedando solos, sin brazos que las haga producir, porque no hay incentivos, tierra, ayuda técnica, caminos de penetración y el equipo indispensable para alcanzar las verdaderas metas que se requieren en materia agrícola.
Este problema de precarismo en el país debe resolverse con programas de gobierno que miren hacia el interior con respuestas a una mejor salud, educación, tierras para el cultivo, caminos, etc. El gran recurso humano y natural de la campiña, exige que la acción del Estado llegue hasta ella a fin de que los hombres y mujeres del campo puedan incorporarse a la civilización y progreso que registra la nación.
No quisiéramos contemplar una vez más a la Policía Nacional acorralando con bombas lacrimógenas a humildes hijos del pueblo que luchan por una vida mejor; no quisiéramos ver más a tractores que, con verdadera brutalidad, destruyen los sueños de quienes hubieran preferido el diálogo, la comprensión y la justicia para el logro de soluciones dignas de una democracia. El gobierno tiene el compromiso insoslayable de acabar con el precarismo y en esa difícil empresa, deben estar involucrados los funcionarios que, dentro de las instituciones, prometieron a la presidenta Moscoso lealtad, eficiencia, honestidad y colaboración para hacer una realidad el programa de gobierno ofrecido a todos.

101 años de Panamá América

 
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