Pobres, pobres y más pobres
Pareciera, sin dudarlo, que nuestros países están sometidos a un criollismo político que echa sus raíces en el pasado que relata nuestra propia historia, el cual está plagado de errores, equívocos, confrontaciones estériles, humillaciones, actos propios de corrupción, desatinos en las políticas de Estado, etc., y que da cuenta, en nuestros tiempos, de que aún seguimos inmersos en las viejas rencillas o pugnas políticas del ayer no superado. Todo esto, sintomatología propia de naciones inmaduras, de gobernantes núbiles, de pueblos todavía irredentos de justicia y de bienestar común, de superación de las condiciones infrahumanas de las cuales da expreso testimonio la pobreza rampante de millones y millones de congéneres latinoamericanos.
Una pausada o detenida mirada a Latinoamérica produce un cierto síndrome de tristeza, conmoción, aflicción, casi de postración mental que raya con la impotencia ante un escenario atiborrado de escándalos por doquier: huelgas, paros, cierres de calles y de importantes vías de transporte y cortes de las comunicaciones; pestes, desastres; manifestaciones populares que buscan reivindicar, muchas de ellas, decoro para los pobres, trabajo para los desempleados, dignidad para los presos, paz para las comunidades, seguridad para nuestros hombres y mujeres, en fin.
¿Apocalipsis en Latinoamérica? ¡Claro que sí! Todo lo cual contrasta con la opulencia y riqueza de unos pocos que concentran mucho poder económico y que terminan, la mayoría de ellos, dictaminando las políticas de los gobiernos conforme a sus propios intereses de clase, de grupos o empresariales. No pocos presidentes terminan siendo una especie de arlequines en manos de estos dueños de la opulencia sin límites, que se entregan al servicio de los tradicionales monos gordos deviniendo en auténticos sátrapas del poder económico con la agravante de que "creen pertenecer a esos grupos o sectores de poder". Esta es una penosa y muy triste realidad que victimiza a los extensos cordones de pobreza en nuestra irredenta América, dado que se gobierna para unos cuantos en desmedro de los muchos.
De todo lo anterior dan fe las contiendas y los amplios debates electorales -¿son realmente debates puros y reales?- que generan opinión por doquier -cualquier opinión-. Por ello, se impone la jerarquización de una cultura política de adecentamiento en la cosa pública; de dignización de los actores reales de la política que pondere, prima facie, los valores humanos como nortes inherentes a toda actividad electoral.
Los partidos de oposición como los de gobierno deben evaluar que la política no es el arte de mentir o de hacer promesas falsas o ilusas, utópicas, sino de concreciones que se pongan al servicio del pueblo. Una sociedad que aspire a un mínimo de perfección debe considerar que la igualdad impone una regla de oro: "Cumplir con lo que se promete". Esta regla la rige la moral y la ética política, ninguna ley la prescribe.