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Podemos caminar hacia el parlamentarismo político


Somos un país con una estructura democrática del poder y con una concepción presidencialista del mismo, en el que el Órgano Ejecutivo no solamente tiene preeminencia sobre el Legislativo, sino que al Presidente y al Vicepresidente de la República se les elige desde una plataforma política separada electoralmente, a la que sirve para elegir a los señores diputados de la Asamblea Nacional.
En cambio, en un país con una estructura democrática del poder, y con una concepción parlamentaria del mismo, solamente se va a las urnas para elegir a los legisladores o diputados, y son los parlamentarios quienes, del seno del parlamento escogen al Primer Ministro y a los Ministros de Estado que lo acompañarán en su gobierno. En estos casos, los políticos designados para gobernar, no son más que parlamentarios designados especialmente para ejercer funciones ejecutivas.
No pretendemos que nuestro país, con una amplia trayectoria presidencialista, se convierta de la noche a la mañana en una democracia parlamentaria.
El régimen presidencialista es parte de nuestra cultura política, como es parte de nuestro folklore el tamborito, o el sancocho parte de nuestra cultura culinaria. No tendría ningún sentido proponer ni pregonar por tan drástico cambio, por lo demás, ajeno a nuestra cultura política.
No obstante, existen algunos elementos del sistema parlamentario que pudieran ser adoptados por nuestro sistema presidencialista, para mitigar lo que muchos reconocemos como el ejercicio de un presidencialismo exacerbado.
A partir de esta premisa, debemos dividir el análisis en lo que teóricamente sería recomendable de lo que podemos, hasta ahora, conseguir en la práctica. Y lo hago, para que se entienda, que si queremos adelantar a mediano plazo una reforma constitucional más profunda -el presidente Torrijos ya cumplió con la suya en el 2004-, la misma sólo se puede concebir no bajo el prisma de lo que teóricamente nos conviene, sino de lo que en la praxis podríamos alcanzar.
Así, en la teoría, no resulta difícil diagnosticar el exacerbado presidencialismo, como producto de la ausencia de un mayor y equilibrado balance de pesos y contrapesos que deben ejercer entre sí los Órganos Ejecutivo y Legislativo, y sobre todo, el Órgano Legislativo sobre la labor ejecutiva de la Administración Pública.
Muchos creen, equivocadamente, que la única tarea de los legisladores de la República, es la de producir leyes. A lo sumo leyes buenas, que surjan de su propia iniciativa, o de la iniciativa de los otros Órganos del Estado.
Nos olvidamos que la otra gran labor que tienen los legisladores es la de fiscalizar las tareas que realiza el Órgano Ejecutivo. Y nuestros legisladores, de gobierno y oposición, suelen conformarse con las tareas simplistas de crear leyes y atender a sus comunidades, tareas estas últimas que con el adelanto de la descentralización política, deberán ser acometidas única y exclusivamente por los representantes de corregimiento y los alcaldes.
Por lo tanto, si no tenemos legisladores conscientes de que una de sus funciones principales es la de fiscalizar las labores del Órgano Ejecutivo, que ni siquiera hacen uso de las prerrogativas que ya consagra el texto constitucional en ese sentido, ¿qué utilidad podría tener la de aumentar este cúmulo de facultades fiscalizadoras, si no las utilizarán o la mal utilizarán? Es por eso que he sostenido, aunque suene a letanía, que ninguna reforma constitucional más profunda que la que tenemos, que aumente la capacidad fiscalizadora del Órgano Legislativo sobre el Órgano Ejecutivo será exitosa, si el sistema no decanta primero mejores padres de la patria.
Una visión diferente, podría crear irresponsablemente el caldo de cultivo para la intromisión de la anarquía y el caos en la política panameña. Mientras tanto, lo único que nos queda es conformarnos con un Órgano Ejecutivo, que tenga plena consciencia de la seriedad de sus responsabilidades, para que encamine al país por los mejores caminos, de acuerdo con su programa de gobierno, y debemos seguir pidiéndole a los ciudadanos panameños que voten por los mejores hombres y los más capacitados para la conducción de la nave del Estado.
No hay salida fácil a este dilema constitucional. En el punto en el que estamos, primero debemos mejorar lo que estamos destilando como hombre político antes de pretender dar saltos cualitativos en el sistema constitucional.
Gustavo Renald: "Considero que la falta de trabajo es uno de los factores que tiene que ver con la indigencia en las calles. Y es que aunque el gobierno continúe creando instituciones para albergarlos, ellos seguirán proliferando. Esa situación incrementa los índices de pobreza en el país".
Leticia Escudero: "Pienso que el aumento de indigentes en las calles se debe a la desintegración familiar. Cada día el nucleo familiar se debilita más, por lo que muchos recurren a los vicios como la droga y el alcohol con el objetivo de solucionar sus problemas, pero lo que hacen es perjudicarse".
Idenia Guerra: "Considero que la desintegración familiar es una de las principales causas por las que el número de indigentes ha aumentado. Por otro lado, muchas personas que deciden deambular en las calles tienen problemas económicos y la depresión los lleva a terminar así".
Liliana Reyes: "Pienso que el desempleo obliga a muchas personas a deambular por las calles. Debido a las pésimas condiciones económicas por las que atraviesan, no les queda otra opción que convertirse en indigentes. Ellos no tienen el apoyo de sus familiares y necesitan ayuda para solucionar sus problemas".
Claudio Saldaña: "La desintegración familiar es una de las causas por las que el número de indigentes ha aumentado en las calles de la ciudad. Muchos no le prestan ayuda a sus familiares y por esa razón ellos se dirigen a las calles de la ciudad y se convierten en indigentes.

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