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¿Podrá China revitalizar la democracia mexicana?


Los historiadores mexicanos escribirán que su país avanzó económicamente por golpes de suerte y políticamente tras inesperadas convulsiones. El gran golpe de suerte mexicano en el siglo XX fue el petróleo; así alcanzó hace 90 años el segundo puesto como productor petrolero. El petróleo le ha permitido a México obtener financiamiento en los mercados de capital y actualmente aporta un tercio de los ingresos del gobierno.
Las dos convulsiones que moldearon la historia política mexicana en el siglo XX fueron la revolución de 1910 a 1916 y el colapso del comunismo en 1989. La revolución fue seguida por años de conflictos políticos que le abonaron el terreno al surgimiento de un partido único, el PRI, a fines de los años 20. Bajo el PRI, México desarrolló una economía mercantilista caracterizada por el proteccionismo, la nacionalización de industrias claves y escasa participación en el comercio internacional. Las políticas económicas de México cambiaron radicalmente durante los años 80 debido a la crisis de la deuda y el colapso del comunismo.
Poco después de asumir la presidencia en 1989, Carlos Salinas de Gortari comenzó a atraer capital extranjero. Viajó a Japón y asistió a la conferencia de Davos en 1990 para anunciar la apertura mexicana. Pero en Davos se dio cuenta que los inversionistas estaban más interesados en los países ex comunistas de Europa oriental que en América Latina y, entonces, decidió jugárselas con el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC).
El TLC le abrió las puertas a la transformación mexicana, tanto económica como política. Las exportaciones pasaron de apenas 15% del PIB en 1985 a casi 30% el año pasado. La inversión extranjera se disparó de unos 2,000 millones de dólares anuales a 14,000 millones.
Como resultado de la apertura económica, México ha logrado una apertura política. El PRI perdió el control legislativo en 1997 por primera vez desde los años 20 y el PAN ganó las elecciones presidenciales en el año 2000.
El problema es que México es hoy más difícil de gobernar y no se han profundizado las reformas económicas necesarias para convertirlo en un país más competitivo, capaz de enfrentar la globalización.
La nueva convulsión que puede lograr terminar con la paralización legislativa mexicana es el surgimiento de China como potencia comercial. Hay mucho temor en México que la China los desplace como segundo socio comercial de Estados Unidos. Por eso mismo, México fue el último país en aprobar el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio.
Los temores mexicanos son reales. Las maquiladoras han perdido más de 200,000 puestos de trabajo desde el año 2000, principalmente porque las empresas se han mudado al Asia. El costo de la mano de obra mexicana es de tres a cuatro veces la china. La electricidad mexicana cuesta el doble debido a la ineficiencia de esas empresas estatales. México depende de la exportación de bienes cíclicos tradicionales, como autos y televisores, mientras que firmas de Taiwán están expandiendo rápidamente las exportaciones chinas de alta tecnología. Las inversiones extranjeras en China son de 55,000 millones de dólares anuales.
Las empresas extranjeras en China controlan más de la mitad de las exportaciones, comparado con 30% en México y muchas firmas multinacionales ahora consideran a China no sólo por su importante mercado interno sino como una muy atractiva base manufacturera para la exportación.
La gran interrogante es si el reto chino jugará el mismo papel en México que jugó la reunión de Davos de 1990. Entonces el presidente Salinas pudo promover el TLC unilateralmente porque el PRI tenía total dominio político. Lograr consenso político es mucho más difícil hoy en México. El PAN, PRI y PRD tendrían que ponerse de acuerdo para privatizar la electricidad, para la reforma fiscal y para desregular y flexibilizar las leyes laborales de manera de poder reducir los costos de producción. Si no lo hacen, seguiremos viendo la pérdida de empleos industriales en México.
Es irónico que un país no democrático como China pueda jugar un papel clave en revivir las instituciones democráticas de México. Pero así es como funciona la globalización: la liberación económica impone una liberación política.
* Economista.
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